Está con la celeste

El rumor estalló como un panal de abejas, a pesar de que solo debió haber durado segundos. La caminata de Sebastián Abreu al punto penal parecía en cámara lenta. “Ese hijo de puta la va a picar”, escuché a mi lado y ahí comprendí el miedo que abrigaba a todos los de polera celeste que sostenían su bandera con el puño a la altura de la boca para ahogar la angustia. En pocos instantes se definiría qué país pasaba a semifinales de Sudáfrica 2010 y todos los que observábamos el partido desde afuera del bar estábamos a miles de kilómetros lejos de casa.

Hace más de tres horas todos los bares de Barcelona están repletos y yo ya estoy cansada de caminar para encontrar alguno con espacio o con la decencia de tener las cortinas abiertas para ver el partido desde afuera. No soy la única, algunos uruguayos corren por todos lados apuntando hacia un lado y otro, esperando encontrar un pedazo de suelo patrio. “¡Que para ese lado está todo lleno, che!” grita uno. “Dejate de hinchas las bolas y corre”, le responde el que está cuadras más adelante. Me gustaría decirle que su amigo tiene razón: todo está repleto. Pero desisto y decido ir a la Rambla, quizás por ahí alguna cortina sigue abierta.

A paso rápido, sé que me voy acercando a mi destino por una columna que se ve a los lejos: el monumento a Colón. Y si bien la desesperación solo ha aumentado, el viajero que sale por primera vez de su país tiene una cruz: no dejar pasar nada. Sé que mi obligación como turista-quién-sabe-cuándo-volveré me exige poner atención, a darle una vuelta completa que, estoy segura, me hará perder el primer tiempo y la posibilidad de encontrar un bar que pueda recibir a esta chilena.

El monumento se divide en tres partes: la base, conformada por varios leones; luego un pedestal con episodios de la vida de Colón y el descubrimiento, y por último la columna de 54 metros que se corona con el susodicho arriba de un globo terráqueo, con el brazo extendido apuntando el horizonte. Imponente es decir poco. Pero más allá de la altura y su emplazamiento en una de las esquinas más importantes de Barcelona, no pude dejar pasar dos estatuas cuyo denominador común era un indígena arrodillado. No agradecido, sino sumiso. No hay resistencia, solo humillación.

Subo por la Rambla, ahora sí, emputecida. Colón me hizo perder hasta los descuentos y las cortinas cerradas son un patrón que parece no ceder ni un centímetro al ojo ajeno. Hasta que escucho como un murmullo, algo que solamente un latinoamericano puede reconocer con facilidad: “Soy celeste”. Se siente el papel picado. Nacional con Peñarol. Uruguayos.

El bar estaba atestado. Todos los charrúas de Barcelona deben estar ahí o por lo menos un porcentaje importante. No sé cómo, pero la cortina está abierta, a tope, arriba. Como si se pronosticara un carnaval. De la tele apenas se escucha un zumbido que ni el relator consigue aplacar. Las bubuzelas, lo peor de Sudáfrica 2010

“Disculpa, pero cómo va el partido” le pregunto al chico de al lado que el calor le ha secado la pintura de la cara. Un estuco que le inmovilizó la angustia. “UnoabajocongoldeMuntariperoahoramatamosURUGUAYNOMÁS”. Algunos hinchas le responden pegándose en el pecho. Saco una cerveza caliente de la mochila y se la ofrezco. “Está caliente”, le digo. “No, para nada, los negros son rebuena gente”. Ni me doy el tiempo para explicarle que hablaba de la cerveza que se tragó en dos tiempos. Se llama Sebastián y hace 3 años que vive en Barcelona. “Toda la gente joven se va de Uruguay. No hay mucho qué hacer. Acá te podés pasear en bolas en medio de la noche y nadie te jode. Tienen otra mentalidad”, me explica. Trabaja garzoneando por ahí cerca y le dijo su jefe que estaba enfermo. “¡Debe estar hasta el orto!”.

Se reanuda el partido y el gol de Forlán se grita con el pulmón en la garganta. Un tiro libre de perfecta ejecución a pesar de la jabulani, a pesar de la presión. Salto con todos y grito que también soy celeste y que Uruguay no más, aunque llevo una polera roja y no soy uruguaya. Sebastián salta y grita. La piel se le agrieta de tanto que abrió la boca. Pero cuando pasa la exaltación lo escucho decir: “la puta que lo parió” mientras tratar de sostener la pintura que le está rompiendo la cara.

Cuando se termina el segundo tiempo, el alargue se siente como tal: la extensión de una agonía. El miedo, al igual que la felicidad, se contagia fácilmente, y si antes estaba nerviosa, ahora siento los límites del cuerpo sosteniendo la histeria. Los primeros quince terminan con el marcador intacto y todo apunta que el segundo tiempo del alargue será igual. Y el fantasma de los penales y la historia se asoman como una sombra. El reloj avanza lento y con apenas 1 minuto restante, un cabezazo de Adiyah deja el mundo en suspenso. Pero no acabamos de ahogar un grito para pasar a la euforia. Suárez. Luis Alberto Suárez. Luchito. El pistolero. El conejo. Con la camiseta que no le pesa y las manos que no le tiemblan, impide un gol. ¡IMPIDE UN GOL! Nos abrazamos a pesar de la tarjeta roja y la expulsión. Suárez que sale desconsolado y acá que todos quisiéramos decirle que lo bancamos. “Se agotan sus camisetas de aquí a mañana”, advierte uno. Y el penal errado es una fiesta que se celebra por adelantado. Algunos se tiran al suelo de no poder creerlo. Penales.

Si el preinfarto existía en cada uno de los que nos encontrábamos afuera del bar, el accidente cerebrovascular venía. El palpitar al borde del colpaso multisistémico. Para soltar nervios, Seba comienza a gritar: “MUSLERA, MUSLERA”. Pero pocos lo siguen. Forlán anota. Gyan anota. Victorino anota. Appiah anota. Scotti anota. Hasta entonces el público se divide entre los mesurados, que de brazos cruzados concentran la mirada en la televisión sin importar el resultando, y los eufóricos, que de puños y brazo flectado celebran en segundos lo que han celebrado años. Pero cuando Mensah falla. Cuando Muslera le ataja el penal, todos somos eufóricos. Y cuando Pereira falla, todos somos mesurados. Ahora le toca a Adiyiah y nadie habla. Pero Muslera, con la punta de sus guantes, tapa la pelota.

Este es el último y nos vamos. Este es el último y que se sepa.

Comienzan las súplicas: POR FAVOR, POR FAVOR.

Aparecen los dioses personales: “che, abuela, ayudanos”, “dale, pá, un empujoncito” y cada uno le reza a quien quiere.

El Loco Abreu tiene la insana costumbre de picar penales. Gesto de gente que es blanco o negro, de amigos o enemigos. Quien pica un penal está dispuesto a la gloria y también a la humillación. Abreu lo hizo cada vez que pudo en Nacional, en la semifinal de la Copa América y, sin ningún respeto, todo apuntaba a que lo volvería hacer. Seba no podía más: “Que no la pique”. Otro más extremo y mirando al cielo: “Loquito, por favor te pido, por mi madre y mis hermanos, no la piques”. Muchos ya no quieren ni ver y se tapan la cara. Mirar, pero con la camiseta y la bandera por sobre los ojos, porque quizás así dolerá menos.

Y bueno, la picó.

¡La picó y fue gol! Y fue carnaval, y fue Uruguay y la celeste.

Se celebró hasta las 6 de la mañana en el Monumento a Colón. Todos encima, con banderas, con cervezas y una que otra bocina a lo lejos. Habría que verle la cara al descubridor mirando desde arriba cómo estos indígenas que sometió le saltaban encima cantando: “SOY CELESTE”.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

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