Eso de hacer trampa

Arturo Vidal, como de costumbre, se descolgó y avanzó hacia el área contraria, fue en esa zona donde recibió el pase, uno de sus rivales corre apurado a interceptarlo y se barre, al mismo tiempo el chileno engancha hacia adentro tratando de sortear el escollo, sin embargo, el volante cae, parece que hubo un roce, el arbitro cobra penal. La caída de Vidal se vio natural, causada por el contacto con el defensor, pero tras las diferentes repeticiones de la jugada, es claro que Arturo se tiró un piscinazo. No fue cualquier piscinazo, fue en una semifinal, con el partido todavía abierto (ganaba Bayern Múnich 1-0). Muller, desde los 11 metros, la mandó a guardar. La sensación de injusticia queda en el aire, prende el debate, una vez más Vidal al paredón. Desde Europa, como siempre con esa jactancia de moralina superior que la historia nos dice que es sumamente hipócrita, lo despedazan a él, y a todo Sudamérica, porque ese trabajo sucio se asegura que es propio de estos lados del globo. “El Rey” Arturo sonríe, festeja el paso de su equipo a la final, y ante la consulta, responde tranquilo: “Son cosas del fútbol, cosas de la cancha”. Robben pasa a su lado, lo mira de reojo, él también tiene el discurso del ‘fair play’, pero carece de argumentos para enjuiciarle nada, el holandés es un simulador nato, lo aprendió en la calle, así que tras un breve rubor personal, lo abraza y sigue para adelante.

Por supuesto que la jugada tiene vicio y no entra en ese escalofriante concepto, “ejemplo para los niños”. Reconozco que no celebré el gol, ni me subordiné a una risotada por la ‘viveza’ del crack, pero tampoco me alarmó, ni tengo piedra que lanzar. Observo el fútbol como retrato más que como paradigma, y además, también he hecho trampa y he sacado ventaja en momentos tensos, aplicando el potrero y las diagonales; en el fútbol, pero por sobre todo fuera de él.

Recuerdo que cuando la vi, me enamoré. Ella llegó por la amiga de una prima y bla bla bla. Nos tomábamos una piscola en la playa, contrariando la ley. Tenía el pelo tomado por un pañuelo, algunas pecas y hablaba de Pink Floyd. Ese día me había tragado todos los goles habidos en la pichanga de la tarde, así que bajo el viejo adagio, “Mala suerte en el juego, buena suerte en el amor”, entré con toda la confianza de las estrellas. Partí pésimo, me las quise dar de gracioso y para no caer en el clisé de regalarle la Luna, le regalé la bandera de EE.UU que estaba en la Luna. Una talla fome, pero para quitar las barreras. Me miró con ojos inexpresivos y siguió en la de ella. Pero perseveré y no me moví de ahí. A veces metía la cuchara, daba una opinión sobre algo, pero lo cierto es que no me estaba dando chance alguna. De repente, sin darme cuenta, la conversación comenzó a ser de OVNIS. No tuve que analizar demasiado para darme cuenta que el tema le interesaba. Y claro que lo hice, me inventé una historia de platillos voladores. No tenía idea si me estaba creyendo lo de la luz rara en el cielo que se movía a distintas direcciones y sólo cuando ‘nosotros’ caminábamos (evidentemente puse a Juanjo, quien estaba sentado al lado mío, de cómplice y testigo. Un rodillazo bastó para que me jugara de enganche), pero desde ahí me comenzó a prestar atención. Estaba haciendo trampa, pero qué más daba.

Me fui acercando de a poco, hasta que terminé pegadito a ella. Con los minutos todo se hizo fluido, desaparecí mi vaso para tomar del de ella, fui por veinte minutos confeso seguidor de la comida orgánica y claro que sí, le empecé a tirar bromas, y se reía. Todo iba bien, cada segundo que pasaba era mejor, hasta hablamos un rato de tenis. Sin embargo, llegó el momento de las preguntas personales. Partimos por los gustos, luego las rutinas, el saber si estaba soltera -clave- y así, lo típico. En esa dinámica, Juanjo que ya estaba postre y sin hielo, le preguntó la edad, y ella soltó que tenía 21. Yo tenía 19, así que no sentí otra opción más que hacer trampa y tener 21 años. No quise arriesgarme. Nuevamente otro engaño. La noche fue la noche y al igual que Arturo, el arbitro me cobró el penal.

Pero esto de la trampa va y viene; yo me terminé enganchando, no obstante, la muchacha pololeaba. Sí, ella también había hecho trampa. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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