Ese titulo es para siempre tuyo, Claudio

Hace siete meses esta imagen recorría el mundo. Era el cuento de novela que a todos nos fascinó: Leicester, un club pequeño y sin grandes logros deportivos, conseguía gambetear el destino de lo obvio consagrándose campeón de la Premier League inglesa. Dejaban en el camino a colosos presupuestarios como Manchester United, Manchester City, Arsenal y Chelsea. Todo inició como una racha, bajo el escepticismo altanero de quien predice la corriente: estos se caen, era la frase repetida y propagada. Las fechas se sumaban y aún cuando el trayecto del modesto conjunto de Londres no amainaba y perduraba la sorpresa, la sonrisa desconfiada seguía presente, porque así parecemos estar cómodos, bajo el liviano sesgo de la normalidad. Que ocurra lo que tenga que ocurrir; y eso, casi siempre, es lo presumible. La aburrida inercia del poder, que en el fútbol don dinero, como en todo, hace bailar a los mejores.

Pero Leicester se rebelaba sin mote de artista, para nada, lo hacía desde el duro esfuerzo de un plan riguroso, pasito a pasito, sin cerrar los ojos, quemándose la piel. Y así, de pronto, nombres como Vardy, Mahrez o Kasper Schmeichel pasaban de la última página del diario a configurar la portada. No era un equipo champagne pero sabía lo que debía hacer y el sistema subyugaba la estética al resultado, claro que con tal eficiencia, madurez e intensidad que aún tosco conmovía. A veces la belleza es simple pasión.

El compromiso llegó a tal que el «ellos corren por mí, yo corro por ellos» se transformaba en practica cotidiana. La cabeza detrás de aquello fue el italiano Claudio Ranieri, quien se presentaba delante de este proyecto con la misión de no descender y lavar, también, su depreciada imagen tras su paso por la banca en la selección griega. Un hecho que capturó la atención, y que además fue determinante para conseguir el titulo, fue la elaboración de pizzas en clave analoga para conseguir el objetivo. Primero partió con el clásico «tú me das, yo te doy», el trueque de siempre. Ranieri invitaba las pizzas si el equipo dejaba el arco en cero. Un detalle, pero que subrayaba intenciones. Los muchachos lo entendieron. El siguiente paso fue que los mismos jugadores hicieran esas pizzas, «come tu trabajo», fue el siguiente mensaje. Leicester no sólo terminaría con la valla menos batida, también campeón con dos fechas de anticipación. Y el planeta entero se rendía frente a una hazaña que para el fútbol moderno se observaba como imposible. Sí, Leicester nos emborrachó a todos en su fiesta.

Los meses pasaron, comenzó una nueva temporada, y los resultados ya no fueron los mismos, más bien, volvieron al eslabón de toda la vida. Aún cuando históricamente clasificaron a octavos de final de Champions League y como primeros de su grupo. Sin embargo, el burlón fenotipo del éxito, el miedo a volver ser y la inmediatez contemporánea han llevado a los dueños del club a despedir al técnico que generó el camino del único logro del equipo en su historia. Claro, no hubo confianza, pero tampoco afecto, mal que mal ellos no son hinchas, son vulgares dueños, y la gratitud sólo cabe si la chequera sigue creciendo. Te quiero hasta que me das, lamentablemente no sólo el fútbol se encama de esa manera.

Con el despido de Ranieri recordamos que los cuentos son breves, aunque cuando pasen los años en el recuerdo estará Claudio y no el maldito hijo de puta que le dijo «muchas gracias, hasta luego». Claudio, ese titulo es para siempre tuyo. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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