Esa mendocina, ya de un viejo enero

Me acerqué con la vieja excusa de un cigarro, yo ni siquiera fumaba. ‘Camel special light’ y a toser. Su acento trasandino, reconozco, me intimidó.

La volví a ver luego de varios días tras el papelón con el humo, ella jugaba paletas. No sé bien cómo lo hice, pero logré llamar su atención, tal vez porque sé hacer reír. Los besos mejoraron con los días.

Me resultaba sencillo hablar con ella, tal vez porque le gustaba Boca Juniors y se apasionaba tanto como yo por la pelota. En una oportunidad se atrevió a decirme, ‘Salas es buenísimo, querido, pero es gallina y esos no tienen corazón’. Le respondí como si yo fuese Araujo, ‘Salas es shileno, bájate de la nube’. Aunque la verdad, hablamos más tiempo de música, del valor de las palabras, la rutina de los días, ‘Betty la fea’, y nuestros sueños.

Hasta ahí, todo estaba retraído en mi, y con ella, quizás, aprendí a conversar. Me hacía callar y cuando no lo lograba, tapaba mis labios con los suyos y junto con mis ojos se cerraban los miedos.

Le intrigaba que mi escuela fuera pagada, más bien, lo encontraba ridículo. A mi me intrigaba ver que había debajo de su falda, y me gané un par de cachetadas. Siempre hay que intentarlo, es mejor pasar por caliente que por pavo.

Papas fritas con kétchup, grosso de sandía y manos que sudaban fácil, inexpertas y emocionadas; mientras la costanera nos abrazaba en su coqueta y eterna expresión.

Cantamos a Calamaro, Charly y Cerati; me confesó que sintió algo con Violeta Parra. Amó a Neruda luego de conocer su casa de Isla Negra, lo que aproveché de buena forma copiando algunos versos en sus oídos mientras devoraba su cuello, instintivamente, arrojado por la sangre.

Nos embriagamos con cerveza y sentenció que sería una gran arquitecta. También me dijo ‘te quiero’ y que algun día, estaba convencida, leería algo mío. ‘Mi chileno especial’, decía, y me rodeaba con sus brazos delgados, sus preguntas complejas y unos ojos que pasaban de verdes a amarillos según el color del ambiente. Reposaba mi cabeza en sus piernas y descansaba, fingiendo detener el tiempo.

Los días se tragaron rápido mis ilusiones y llegó el momento de la despedida. Me dejó una hoja con la letra de ‘Fuji’ de Spinetta, el olor de su perfume y un dibujo que sólo sus ojos podrían interpretar. Yo le hice una carta, mi primera carta, y le di mi camiseta de fútbol con la que jugaba por el colegio. La número 7.

Nos despedimos en un muelle de algarrobo, la besé infinitamente y le pegué algunas lagrimas en sus mejillas. Me dijo que soñara con un nuevo encuentro y que debíamos ir a la bombonera. Tomé mi tabla de body y no voltee, nunca más la volví a ver.

Temblaba, no por lo fría del agua o el oleaje que sacó su fuerza esa mañana, temblaba porque era la primera vez que los latidos movían así mi cuerpo, por esa mendocina, ya de un viejo enero. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 385 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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