Es Roger, es Rafa

En ellos no está oculto el deseo, al contrario, está expuesto; no hay miedos, no hay complejos. Y así, descubiertos, avanzan irrefrenables, nunca conformes con lo ya vivido, siempre expectantes; el orgullo, también la identidad.
Si algo los distingue, es esa incontenible ambición que se entrelaza con la pasión y que se rebela al tiempo, ese que pretende dar paso a nuevas leyendas, pero que no sostiene su rutina al paso de ambos; porque la historia es escrita por personas y son estas las que determinan, finalmente, los susurros del viento perpetuo.
Por un lado está Roger Federer, un número 1 que va de piel y que se le ve al paso, porque el caminar de un hombre delata su frontera. El Suizo es estética pura; domina la técnica y agresivamente impone la velocidad del juego; ataca y ataca, nunca a lo bruto, más bien decorando la aceleración inesperada y agraciando los movimientos con el sano estilo de la versatilidad.
Por el otro lado está Rafa Nadal, un número 1 que transmite electricidad y que parece convencido a no aflojar, a la batalla en cada pelota, como si fuese la última, como si se tratase de algo más que de tenis. La perplejidad del público delante de cada corrida, tras cada defensa, en cada bola devuelta desde un ángulo ridículo. Y desafía, insolente, lo que venga por delante; con la mirada violenta, con el pulso acelerado, con la muñeca atenta, bien afilada.
El de Basilea cuenta con 17 Grand Slams, más que ningún otro jugador nunca; el de Mallorca tiene 14, 9 de ellos en Roland Garros; no hay dudas que en la arcilla, ofreció una paliza inigualable.
El frente a frente lo domina Rafa, es que en la espinuda siempre ha tenido una marcha más y al físico le pone una cabeza dura siempre alerta, más contra ese rival al que ha debido superar para aminorar ser sólo llamado una sombra. Pero lo de Nadal frente a Federer no es sólo una cosa mental en el partido clave, también hay mucho de estrategia y ahí esa zurda pesada lastimando con el bote alto el revés del helvético ha sido un caramelo que siempre le pagó.
Por eso es que Roger está con ganas, sobretodo si es que han pasado más de 600 días sin que se vean las caras en una cancha de tenis. Porque las carreras de ambos no se explican sin el otro y el genio sabe que tiene una deuda en la materia y saldarla es parte de ese terminante carácter que impulsa su dominio.
Sin embargo, la realidad es que Federer no necesita pagar nada, porque ya lustró los recovecos del estilismo y depuró con natural armonía la agresividad con el encanto. Pero esa figura de la otra mitad le desata las llamas, porque nunca se rinde, atrae la irremontable y obtiene, en esa defensa instintiva, el contenido de lo sorprendente.
Aunque bueno, ya todo lo que digo es un tanto relativo, porque esos años en que ambos se repartían el mundo de la raqueta ya no es tal; es que son todas esas horas las que aún están impregnadas en mi presente, porque los recuerdos conviven con el ahora y también lo dictan. Jornadas épicas que incluso hoy siguen paralizando las agujas del reloj de este deporte y erizando las memorias de los fanáticos que nunca olvidan.
Y decir que Federer y Nadal han resumido el tenis en sus encuentros, no es exagerado; como tampoco decir que lo han elevado a algo mejor de lo que era.
Hoy Djokovic parece ser un muro insuperable, pero estos dos van a persistir, porque eso los constituye y no es tan sólo un animo de testarudos, es también la reserva infinita de su dedicación, porque cada día es una nueva oportunidad y el trabajo de cada entrenamiento así lo aclara; y la sudan, como recientes novatos, en un afán que conquista y que remece el aplauso.
Federer con 34 años sigue desafiando; este año estuvo cerca en Wimbledon y en el US Open, e insistirá, porque no le cabe otra, nació para ganar y ama al tenis tanto que le da rienda suelta, improvisa delicadezas e inventa nuevas jugadas; nunca quieto, nunca conforme; siempre creativo, todavía más ofensivo.
Nadal rebusca la manera de reinventarse tras las lesiones; y es que a diferencia de Roger, su físico es el elemento indispensable de su éxito y ha comenzado a fallar, desvistiendo su protagonismo en el circuito. También su posición en la cancha está más retrasada y su derecha inestable. Pero es Rafa, un caudal de actitud y estático no se va quedar, por supuesto que no. Debió lidiar con el mejor de todos los tiempos y mal no le ha ido. Si alguien es capaz de modificar lo que parece sentenciado, ese es el español.
Comienza el clásico y la baba es miel, porque lo juegan a gritos, a las líneas y con garra. La cancha de Basilea está llena y la final es una gala.
Federer pega primero y saca provecho de cada intervención del segundo saque de su rival; pero Nadal, quien parece estar una cuerda más baja, saca el pecho, silencia los ánimos y recuerda su mejor yo, porque siempre tiene algo qué decir en esta clase de juegos y desatar el contragolpe, un arma con la que respira; pero es el momento de Roger, su saque está al servicio, presiona en la malla con esa volea sublime y finalmente, con un tenis magnifico, se lleva el partido 63 57 63.
El publico de Basilea les devuelve una ovación, porque cada punto fue un detalle, el deleite estuvo y se registró en cada suspiro, como también en el delicioso sonido de esos paleteos que encerraban calidad y hambre.
Nadal diría: “Espero poder jugar más finales contigo en el futuro”. Y en esa frase vamos todos, haciéndole un slice al tiempo, en la ilusión que ellos mismos crearon.
Es que siguen con hambre, dan lo mismo los años y los títulos, están hambrientos y van por más, o por menos, pero van; porque ellos le susurran al viento, porque es Roger y es Rafa. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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