Ese triunfo olvidado

Fue un día antes que Marcelo Salas se robara el flash mundial en Wembley; fue un 10 de Febrero de 1998, también en Inglaterra -aunque en Birmingham-, en el estadio del West Bromwich Albion. Tanto la selección local como la Chilena se preparaban para junio, mes que daría comienzo al mundial de Francia 98. Ninguno quería dejar nada al azar y se pactaron dos partidos: uno que contemplara a los planteles titulares y otro que sería animado por futbolistas de proyección y aspirantes a los últimos cupos de la nómina final. Como dice la nomenclatura acostumbrada, un equipo ‘A’ y otro equipo ‘B’; dos veces Chile, dos veces Inglaterra.

Un buen público, cerca de 20 mil personas en las tribunas. Todos con la expectativa de un triunfo inglés y el sabor especial de ver a los futuros cracks desenvolverse.

Este partido, especial en sí, se torna casi mítico por un hecho impensado para un 2017 de drones y cámaras por todos lados: desde este lado del charco registro audiovisual no hay -salvo un miserable vídeo en YouTube de 23 segundos que no satisface ni al menos talentoso de los amantes-. Pero sí sobreviven ciertos relatos, y de tanto en tanto, aparece el dato, que pasea como anécdota, entre copas y risas, y sacadas de vuelta de pasillo. Claro que es mucho más que eso. Porque por más ‘B’ que fuera el encuentro, al frente había un equipo que jugaba con una camiseta con historia, campeón del mundo y en casa. Además, con material: Parlour, Lampard y Heskey, por citar tres nombres. De Chile, por su parte, lo que más se subrayaba era el reencuentro de una dupla que despertaba -y despierta- viva y grata nostalgia: Sebastián Rozental y Manuel Neira, los dos chiquillos que la embocaron en el histórico tercer lugar mundial del Sub 17 de Japón, en 1993. Y si bien Salas y Zamorano no se tocaban, la otrora dupla de las calcetineras llenaba el interés.

El 11 de Chile fue el siguiente: Carlos Tejas en el arco; luego una línea de 4 sin demasiada proyección: Juan Luis González, Ricardo Rojas, Luis Fuentes y Raúl Muñoz; en el medio, tres que se pusieron el overol: Jorge Gómez, Roberto Cartes y Marcelo Peña. Un poco más adelante, un joven Milovan Mirosevic; arriba, Neira y Rozental. En el banco, Gustavo Huerta. Desde la tribuna don Nelson monitoreando con un sanguchito y, se rumorea, un schop de medio tiempo.

Las crónicas de la época hablan de un peloteo de lo lindo en el arco chileno; un equipo nervioso, que poco se conocía, además de visita, algo que por esos años para Chile era fatal. La Roja en casa: un equipo sumamente respetable y agresivo. De visita: tímido, aguantando y a ver qué pasaba. Pero más allá de las formas, las que se ligaban con un paralelismo brutal sobre la sociedad que éramos (y que de cierta forma aún seguimos siendo), esta tierra siempre ha sacado cabros güenos pa’ la pelota. Es que nos podrán cagar desde todos lados, y el silencio habitual no es una expresión demasiado rebelde en este tipo de casos, pero en la cuneta, la cancha de tierra, la plaza y también en la pije de pasto, jugar con la pelota brota natural, y ahí gritamos.

Jugar es jugar, ¡qué hueá más entretenida! Ser niño y hombre, siempre; o niña y mujer, con las canillas duras y rapíditas. Y a veces, basta que un jugador se ilumine para que salve la plata y tire del carro, más allá del esfuerzo colectivo y los ripios del sistema, como fue ese día, en que no uno, sino dos jugadores se vistieron de héroes: Carlos Tejas y Manuel Neira.

Según cuentan las crónicas de la época, lo de Tejas rondó lo sublime. Así lo retrata el mismo Neira en una conversación que tuvo con el golero una vez acabado el partido y que la emblemática revista don balón registra en sus páginas. Para hacerla corta, Neira le tiró un elogio de manjar con chocolate: «No es por agrandarte, Carlos, pero algunas atajadas tuyas me recordaron al Cóndor Rojas», le dijo sin arrugue. ¡Al Cóndor! El piropo era elevado, era evocar el recuerdo de un arquero que marcó la custodia y admiración de toda una época del fútbol chileno, por más que a su vez también enterrara otra y a sí mismo. El Cóndor que aún villano seguía siendo héroe en el recuerdo del arco. Y así parece que fue: Tejas lo atajó todo, sobrevolando como un cóndor el cielo inglés e impactando a todos quienes estuvieron ese noche en esa cancha. Aunque él mismo puso paños fríos con un chilenismo maravilloso: «No le ponga tanto caldo a la olla, Manolito». Pero es cierto, sus voladas mantuvieron vivo al equipo.

Chile realizaría 4 cambios para el segundo tiempo, ingresaron: Paolo Vivar, el gran Fernando Cornejo, Rodrigo Valenzuela y Reinaldo Navia. La selección se fue acomodando con los minutos y el juego, se dice, comenzó a fluir -o algo así-. Era un posible cupo para ir al mundial, así que había que mojarla, correr, sacarse el susto. Y Así fue: del peloteo y no salir de zona propia, a un tramite más equilibrado, alternando llegadas, haciéndola correr por el piso.

Y fu en ese sudor ya más calmado de toque y mirada cara a cara, que aparece el otro gran protagonista, Manuel Neira. Siempre se le tildó de la ‘eterna promesa’, pero de que hizo goles, hizo goles, porque cintura tenía y definir era lo suyo. Esa noche Neira sería.

El fútbol tiene un desarrollo, es movimiento, estrategia y tácticas, pero su alma son los goles; y en esa expectativa vibra el juego, y en su escasez la devoción del hincha y el rol esencial de los delanteros. Neira clavó dos veces: a los 71 en la oportunista, cazando un rebote al olfato eterno de un 9 de área, y luego a los 82 con un jugadón que así describe Tejas en la continuación del dialogo entre ambos una vez acabó el encuentro: «¡En el segundo gol los ingleses cayeron como palitroques! ¡¡Estuviste grande, Manuel!!». Es que Inglaterra propuso la potencia y el despliegue físico, pero les faltó la cachaña, el barrio sudaca y «manolete» la puso, gambeteando como en el pasaje. Manuel Neira esa noche no jugó como promesa, sacó la veta instintiva que brinda la calle, el recreo y el hoyito patá. En un estadio visitante, al otro lado del charco, en pleno silencio, se escuchó a Neira quien se vistió de güeno pa’ la pelota y lo gritó con todo, estremeciendo a la cuadra entera, por más que los años y la ausencia de grandes registros rodeen de polvo aquel viejo y glorioso sonido de gol.

Sobre el final, el moreno Heskey puso el descuento, sin embargo, la cazuela ya estaba saladita y el tinto justo pal’ salú. Chile 2-1 y dejaba el apronte para un mañana todavía más inmenso. No obstante, aquel 10 de febrero de 1998, en Birmingham, Tejas, que luego vivió más ligado al exceso y la pendencia adentro de la cancha, aquella noche y para el testimonio de su nostalgia y quienes vengan, voló como un cóndor; y Neira, que vivió buenas y no tantas, aún tiene el desgarro de esa la celebración que fue portada en todos lados.

Don Nelson, satisfecho y con el mondadiente en la mano, sacó el bic y escribió el nombres de ambas figuras en una servilleta. No se borrarían, porque los llevó al mundial de Francia, se lo habían ganado en ese triunfo olvidado. ‪#‎BB‬

neira

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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