En el estadio

Nos vimos por primera vez en una reunión, de inmediato supe que la quería en mi cama. Usé artimañas, algunas nobles mentiras y la audacia que debe emplear un hombre convencido.Nuestra primera cita fue en un viejo bar de providencia, ni siquiera pude besarla y la cuenta salió carísima. Dudé y tardé bastante tiempo en entusiasmarme de nuevo, pero la descarada subió una foto de perfil que lustró todos mis arrebatos y como dicta el manual, le tiré un whatsapp. Vimos una película de Allen y tras unas cuantas malas intervenciones, le cerré la boca. Al principio lento, pero cada vez más rápido, y la agitación, con su especial coro, hizo lo demás.

Nos habituamos rápidamente y en pocos días ya no nos sudaban las manos al caminar. Clavó su cepillo de dientes en mi casa y de ahí, ya me regañaba con confianza e incluso me regaló un par de calcetines. Todavía no me sentía del todo seguro y no hace mucho había visto un documental que mostraba como la realización de actividades extremas enganchaba y generaba mayor interés entre las personas. Cosas raras de la química cerebral. La llevé a Fantasilandia. A regañadientes la subí a todas las montañas rusas, barcos piratas y cosas por el estilo que encontré. Básico, en tono testosterona. Ella, en modo estrógeno, en vez de enamorada, terminaría con vértigo, asustada y odiándome. ‘Maldito documental’ fue mi conclusión y volvimos a rutinas más obvias.

Un buen día, jugaba el equipo que aprendí a querer por mi padre, la tarde invitaba y no teníamos mucho más que hacer. ‘Pero si lo dan en la tele’ atacó velozmente, pero le expliqué, con cara de culo, que el fútbol no es un programa de televisión. Costó, pero terminaría por aceptar.

El caminar rítmico de la muchachada; las canciones readaptadas que nos dicen que todo es parte de lo mismo; los colores que se multiplican y resumen; la tensión, la adrenalina, la ansiedad de la victoria y el apego por las costumbres que hemos determinado como partes de nuestra identidad. Un sándwich callejero, el gorrito y la bandera; un rostro vivaz y feliz, comprometido con el presente y el destino del juego. Garabatos que se multiplicaban, el aire atento, niños que replican hábitos y la cultura que se extiende.

Recorrió el paisaje, se recostó sobre él y simplemente se dejó llevar.

Su rostro se contrajo ante una buena ‘chuleta’ y se disolvió con el gol ajeno; sacó el mejor improperio tras la ocasión desperdiciada, me abrazó con el empate y murmuró un ‘te amo’ en el 2-1. ‘Arbitro, la hora’ y su corazón que vibraba.

El pitazo final, un beso apurado y seco, luego una carcajada y la mirada avergonzada de quien ha descubierto por casualidad la sensación del desahogo, el aprecio por los movimientos indeterminados y, en definitiva, una nueva pasión.Fue nuestra mejor noche y la promesa de regresar en otra oportunidad.

Se había enamorado, no de mi, de la pasión extrema que genera el fútbol. Conoció la experiencia de la cancha.

Con el tiempo, quiso que comiera cosas sin sal y que tomara coca cola light. Obviamente la cosa llegó hasta ahí, aunque nos seguimos viendo, domingo por medio, en el estadio. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*