Empate radial

06 September 2003 at the Monumental stadium in Buenos Aires, Argentina, during the South American qualifying round for the FIFA World Cup Germany 2006. Argentina and Chile draw 2-2. AFP PHOTO/Gaspar ORTIZ (Photo credit should read GASPAR ORTIZ/AFP/Getty Images)

No era mi primera visita, aunque tampoco llevaba muchas. La María vivía con sus padres, quienes de entrada me habían rayado la cancha: todo tenía un horario, el domingo familiar era sagrado, y ¡nada de andarse dando besos delante de nosotros!, enfatizó la mamá al conocernos, quien, además, me pidió por favor que me quitare un piercing que llevaba en la ceja. Esto último, definitivamente, fue lo más violento. Nunca le hice caso, pero conversarle a la señora y que con cara de asco me estuviese mirando el arito no era algo demasiado agradable. Pero qué iba a hacer, cuando el amor llega, te come. Y esa flaca y pálida trigueña me dominaba el tiempo.

Su familia era una bastante conservadora, de frases sin matices: “las cosas son como son”, solía decir el padre cuando algún tema se ponía en debate. Y yo, lo único que pedía era que no me preguntaran nada a mí, ¡¡no, a mí no!! Y siempre me preguntaban, y siempre quedaba la cagá. Tampoco iba a mentirme. La María, en el medio, era quien más sufría de la escena. Por eso mismo trataba de evitar ir muy seguido a la casa familiar. Pololeábamos en la calle, aguantando el deseo hasta que explotara en la última fila de un cine, ojalá en una película cero rating y bajo presupuesto en horario matiné. O en mi casa, que casi siempre estaba solo. O caminando, muchas largas caminatas, que podían terminar en algún viejo bar con un wurlitzer y Pink Floyd, o una plaza, o simplemente continuar caminando. El plan era sencillo pero completo: verse y quererse un rato. Amor juvenil.

El sábado 6 de septiembre de 2003, Chile debutaba frente a Argentina en el largo y rocoso camino sudamericano para llegar al mundial de Alemania 2006. El caldo del último proceso, que terminó con Chile cómodo en el último lugar de la tabla, todavía seguía presente. La imagen de la Roja estaba completamente depreciada. Para colmo, el “nuevo” camino iniciaba en Buenos Aires, frente al fantasma de toda la vida. La albiceleste, todavía viviendo el trance del inesperado desenlace de su participación en la última Copa del mundo, habiendo quedado eliminados en primera ronda después de llegar como claros favoritos, lastimaba en ruido insoportable a todo el país trasandino. La selección chilena dirigida por Juvenal Olmos pintaba como la presa perfecta para comenzar a lavar el orgullo herido. La expectativa de la hinchada local empezaba desde un mínimo arrogantemente despiadado, pero en línea con el linaje de su vanidad pelotera: jugar bien y golear. El cuestionado Marcelo Bielsa, en paralelo, también necesitaba de un nuevo aire que refrescara su propia confianza y lo hacía en su estilo, disponiendo de un equipo vorazmente ofensivo, con Andrés D’ Alessandro y Pablo Aimar como perlas del buen juego río platense. El contexto para la Roja era bravísimo.

Igualmente, pese al amplio favoritismo argentino y a la inobjetable diferencia de calidad entre un plantel y otro, esa semana volvía el fútbol, y con él, su gran aliado, la ilusión del hincha. De todas las formas posibles pensé en el partido; nos boleteaban harto, es cierto, ¡es que por un lado pasaba Zanetti, por el otro el Kily González, en el área Crespo, desde atrás el manejo de Verón! … ¡Ufff! Pero, también ganábamos, su cueazo, me imaginaba, y a reventarla con el puntete y qué tanto. Desde las noticias nos abrumaban con la diferencia de salarios, el historial y las declaraciones de Juvenal. ¿Cómo chucha no bajonearse? Sin embargo, también informaban que más de 3 mil chilenos estarían en el monumental de River. ¡Puta los hueones fieles! Chile aún lastimado tras su peor actuación en la historia, y los aviones igual se llenaban. Y veía eso y ganábamos 3-2, jugando hasta bien. En mi cuaderno estaba el inicio de la clase, en el medio el 11 de Chile, y abajito el dibujo de un arco, una pelota en la malla y escrito en mayúsculas “¡GOOOOOL CONCHETUMADRE!”. Es así la cosa. La María a veces decía que estaba un poco loco, y se cagaba de la risa.

El jueves 4 de septiembre, el tío nosecuánto de la María, después de una vida llena de hueveo, farra y falsas promesas de amor, estiraba la pata. Ella no lo conoció mucho, y claro, era un vividor a contramano de las costumbres de su hogar, pero al funeral no se podía dejar de ir. El funeral iba a ser el día sábado, el mismo día del partido. Tragedia. La casa del Pancho estaba lista y dispuesta pa’ un glorioso asado de vidrio mirando el partido, y pasase lo que pasase, después se corría la mesa y empezaba el baile. Espectacular. Mas, nada, tocaba apañar. Y con almuerzo en la casa, me confirmó la María.

Después del funeral, que contó con discursos memorables, y que corroboraron que quien había muerto lo hizo joven pero pleno, llegamos rajados a la casa de la María a almorzar y también, por supuesto, a ver el partido. Pero la tele no prendía, ni tampoco el horno, ni nada: un poste cayó por ahí cerca ¡¡y se cortó la luz!! ¡¡Justo el día del partido!! No lo podía creer. Y el padre de familia, hasta ahí un tipo serio y poco demostrativo, tampoco. ¡Ese sí que se salió de madre! ¡¡¡Lo puteó todo!!! Desde la compañía la respuesta fue la misma varias veces: “Ya mandamos a un equipo a solucionar el problema”. ¡Las bolas, que van a venir esos hueones, si todo el mundo está viendo el partido a esta hora!, se quejaba a boca abierto el viejo de la María.

Y efectivamente, el encuentro ya había comenzado. La desesperación nos tenía sin respuestas, y cada minuto que pasaba era más y más angustiante. Hasta que la jefa del hogar iluminó nuestras testosteronas: ¿y si lo escuchan por la radio del auto?, y lo formuló en pregunta solo por cortesía. ¡Obvio, pos! Cómo tan idiotas, ahí estaba la respuesta. No le dijimos nada y los dos nos corrimos hecho un cuete al auto.

Conchasumadre que se sufre escuchando un partido por la radio. ¡Ohhh, cuánta adrenalina! Y como no se ve nada, no hay control, uno se entrega al relato. Y el hijo de puta de la radio hasta para un lateral en mitad de cancha le ponía aguja al acento. Y lo que más se repitió todo el encuentro: ¡¡¡NOS SALVAMOS!!! ¡¡¡NOS SAL VA MOS!!! Terrible, el corazón se nos salía. No había que tener demasiada imaginación para saber que nos estaban dando un baile. Al ratito dos pepas argentinas que nos tiraron al piso. Junto con la voz dramática del relator que se preguntaba hasta cuándo íbamos a dejar de sufir y hacer las cosas bien en el fútbol chileno, y le pedía a Dios, y también al diablo. Un crack. Y viviendo ese rato de fútbol caché que el viejo de la María era un fanático de la pelota. Y nos pusimos a conversar, y me contó sus historias de estadio, y a través de eso, algunos pasajes de su vida. No nos fuimos del auto, a pesar de que la cosa en el segundo tiempo pintaba para goleada, pero no se trataba de cálculos, sino de pertenencia.

En el segundo tiempo, impensadamente, el equipo chileno destapó su vergüenza deportiva, y cayó un gol, ¡GOLAZO DEL MIROSEVIC!, venía desde la radio, y nosotros nos desahogamos tan fuerte que los vidrios se movieron. Y el empate del “Choro” Navia, no, eso fue la locura: bocinazos que no paraban, y el relator de radio que no frenaba en analogías, y emocionaba. También un empujón del Kike Acuña a Aimar que se bendijo con aprobación. Y volvió la luz, de repente. Pero nosotros nos quedamos en el auto, escuchando los ceachí entremedio de un estadio mudo, sufriendo hasta el final. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 361 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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1 comentario en Empate radial

  1. Yo creo que todos alucinamos con ese partido y el revés que significo para Argentina. Un amigo estaba en buenos aires en la casa del suegro que era argentino cuando vio el partido, me contaba que durante el 2-0 el bullying era tremendo y el típico chilenito, luego del 2-2, cuento corto luego de varios saltos y risa en la casa del suegro, se tuvo que ir jajajaja

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