El viejo Patrick y la mujer que nunca olvidó

Dicen que nació sin llorar, el mismo día que Estados Unidos lanzaba la bomba atómica en Hiroshima. A los seis meses ya caminaba y con tan sólo cinco años cometió su primer robo consciente: una Coca Cola tibia, del almacén de don Lucho. Se crío en las viejas calles de la comuna de independencia, cerquita del Hipódromo, viéndose jinete algún día, ganando un clásico importante. También iba al Santa Laura a mirar el fútbol, junto a su tío Marco, o «el tío bueno» como le llamaba; fue en esas jornadas en que se hizo hincha del Audax Italiano y confirmó que su puesto era el arco al ver las tapadas de Daniel Chirinos. Su papá murió joven, cuando él todavía estaba en la panza, en una riña callejera que nunca se aclaró. Su vieja fue quien puso el pecho y la olla, rebuscándoselas por todos lados, con las manos partidas. Pero de chico fue una persona inquieta, creyente en su independencia y de su futuro; a los nueve años comenzó a limpiar pesebreras, pasear a los potrillos y llevarlos a la arena. Dejó el colegio, apenas sí sabía leer, restar y sumar, sin embargo, eso no era relevante en ese minuto, lo importante era tener un par de monedas con las que ayudar en la casa, y otras para ir caminar al paseo Ahumada y comprarse algo, cualquier cosa. Fue en esos paseos que descubrió el terno, la corbata y el perfume.

Su nombre es Patricio, pero la piel blanca y el cabello amarillo lo llevaron a convertirse en el gringo del barrio, fue así como en un acto de originalidad típica chilena quedó como Patrick. Todos lo conocían y le gritaban, era imposible no reconocerlo, y quizás ese magnetismo provocó en él sentirse alguien especial. Se tragó burlas, pero a los combos las calmó y fue cimentando un carácter decidido, aplastante, sin comas ni puntos suspensivos.

Lamentablemente para Patrick, creció más de la cuenta y la posibilidad de ser jinete profesional tuvo que desecharla a los catorce años. Pensó en ser arquero, su otro gran sueño, pero las pichangas del barrio consignaban que su talento era más bien romper delanteros que ser ágil. Su tío Marco se lo hizo saber apenas escuchó el balbuceo con la incipiente intención: «Por el bien de la humanidad, piensa en otra cosa». Pero nuestro héroe no se desmoronó, sabía que había muchas maneras de ganarse la vida, tanto honesta como deshonestamente. Él era un tipo de la calle, lo primero era no pasar ni frío ni hambre, después la moral. Además para Patrick el único valor al que se sentía realmente comprometido era ver la sonrisa de su vieja, el resto era resto.

No pasó mucho tiempo para que Patrick fuese el líder de una banda de delincuentes, «Los rápidos» se hicieron llamar, y no dejaron quiosco del centro ni boutique de Providencia sin visitar. Patrick con diecisiete años tenía zapatos de cuero, usaba Montgomery y comía chacareros. Iba al hipódromo, ya sin olor a caca de caballo, ahora de traje y perfume. Incluso compró entradas para el mundial de Chile ’62, llevando a su mamá y al tío Marco. Patrick comenzaba a vivir a lo grande, sin cuestionarse, dejando de lado la supervivencia, secuestrándose al vicio de los pequeños lujos. Y las señoritas lo miraban, porque aunque se niegue, el garbo arrogante seduce. Fue ahí, por esa época, que su existencia fue marcada para siempre.

Era una tarde de domingo y el tío Marco cumplía cincuenta años, cifra importante que merecía una celebración a la altura. El tío Marco hace rato que estaba en sequía goleadora, es que cuando la mala racha te pilla… así que Patrick orquestó una fiesta en casa de uno de los muchachos de la banda, llenándola de vino, champaña y mujeres. Al ritmo de los Ramblers, la cosa se encendió y el Tío Marco se sacó las ganas con una morena que nunca más en su vida iba a ver. Patrick, orgulloso, se fumaba un puro e iba de un lado a otro, satisfecho contemplando todo a su alrededor. En el fulgor del alcohol, aparecían garabatos, agarrones y bailes, en permanente clímax. Parecía que todo iba bien, pero de pronto el sonido de unos fuertes golpes a la puerta trabó la armonía. Era Bruno, el marido minero de la morena que estaba con el tío Marco. «La vieja sapa de la esquina» murmuro uno de los comensales de la fiesta, y tras eso, se depuso la música y apareció la respiración tensa que precede todo quilombo.

La morena fue fondeada en una de las piezas, mientras el tío Marco estaba exhausto y apagado de tele en una cama. El rubio líder de la banda abrió la puerta con semblante sereno, muy diferente a quien tenía frente suyo, que venía por sangre. Y no llegó solo, era un grupo de hombres dispuestos a reivindicar el honor de su amigo. Patrick comprendió que la situación estaba delicada y que a los puños la cosa iba a terminar mal; y él, que tenía aprecio por su cara, no estaba dispuesto a recibir. Sacó una pistola descargada, que jamás había usado, y le apuntó al pecho sin temblar, luego con aire desafiante, dijo: «O se tranquilizan, o no la cuentan». El grupo de hombres comenzó a retroceder, salvo Bruno, que seguía agitado, como si nada le importara. «Quiero a mi mujer» dijo el esposo, apenas abriendo la boca, mordiendo el aire con la vista. Patrick comprendió que el tipo no retrocedería, pero también que la morena no volvería a tener dientes y le negó el paso, apuntándole ahora en la garganta. Tal vez fue un minuto, pero pareció media hora. Se fueron, pero prometiendo volver.

Patrick tomó a la morena y partieron. Ella tiritaba, asustada, comprendiendo que el mundo en el que vivía había desaparecido para siempre. Aunque fue sólo un rato, porque ya llevaba una vida de mierda junto a Bruno, tampoco tenía hijos y quizás este era el momento de escapar. No era una prostituta por necesidad, lo hacía por propia autoflagelación, fue la manera que encontró para brutalizar su normalidad. De pronto, liberada de los miedos, suavizó su aspecto, relajó sus pómulos, soltó sus hombros y confirmó que el destino le había gambeteado la fortuna. Patrick se sintió atraído, sumamente atraído, y conversaron. Se llamaba Paula, tenía veinte años y familia en Talca. Él quería seguir conversando, luego abrazarla y escapar juntos, pero no lo hizo. Llegaron al terminal de buses, ella llevaba dinero, pero él se lo quitó y lo rompió, fue quizás su gran gesto de amor. Luego le pasó el suyo, que tampoco estaba limpio, pero ella no lo sabía. Se despidieron sin mayor ceremonia, de forma fría. Nunca más se volvieron a ver.

Patrick creció, tuvo tres hijos, se hizo viejo y sigue siendo un refinado delincuente. A veces va al Hipódromo, también al Santa Laura, y por supuesto lleva perfume en el cuello. Todos los domingos le lleva flores al cementerio a su vieja y al tío Marco. Y diariamente se acuerda de Paula, esa prostituta de la que secretamente se enamoró, por unos minutos, por toda la vida. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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