El viejo héroe que quiso ser chileno: Jorge Robledo

“Ese jugador, Robledo, ¿de dónde es?”, pregunta, mostrando el curioso apellido aparecido en un periódico, el embajador de Chile a uno de esos asesores que suelen nunca saber nada pero afirman y estimulan el instinto de su jefe. La mañana en Londres está llena de nubes, con la lluvia acechando como tantas veces, junto al té que sabe dulce y tibio, igual que ayer. Pero en la cabeza del funcionario chileno la rutina ya no es la misma, la idea toma fuerza, no obstante, no quiere aventurarse tanto más. El asesor llega con el encargo que horas antes le pidió: el número telefónico del club de fútbol Newcastle. Al finalizar la llamada exclama un chilenismo de siempre: ¡¡vamos, mierda!! Lo celebra como un gol, mal que mal, eso es lo que busca. Toma su sombrero, el abrigo y camina a paso rápido, pues no hay tiempo que perder, el viaje a Newcastle es largo y hay un crack esperando. La reunión con el cónsul portugués puede esperar; el embajador Bianchi será político, pero antes tiene alma, tiene fútbol.

George Robledo espera con impaciencia al embajador de un país que le transpira los recuerdos que no tiene, pero que ha imaginado toda su vida, como si en esa construcción estuviera el lenguaje ausente de su identidad. Da lo mismo que no hable castellano, esa hilacha al sur del mundo que ha visto en los mapas es su punto de origen, y el desierto salitrero un olor que sigue acompañando su cuerpo. Ya han pasado 19 años desde aquel barco que zarpó de Iquique; su vida, su acento, sus modos son británicos. Su madre también. Y se tragó y vivió la segunda guerra mundial como un inglés, con bombardeos y conocidos que nunca volvieron. Sin embargo, la primera pelota de trapo la pateó allá en esa esquina del mundo, una que le regaló ese padre que bajó del barco a comprar cigarros y no regresó. Esa figura fantasmal que todavía persigue, y que ingenuamente ha encontrado siempre mientras juega.

Se ven, se saludan y el acuerdo es inmediato. El embajador velozmente vuelve con la misión cumplida y un telegrama urgente: Chile tiene en sus filas a uno de los mejores jugadores del fútbol inglés. Robledo se sienta en el camarín antes de comenzar la practica, ríe, porque sabe que lo hecho es un absurdo, que estaba contemplado para pelear un cupo en el mundial de Brasil ’50 por la selección de Inglaterra, pero necesita entenderse, acaso buscarse, abrazar el trapo. Está contento.

El entrenamiento del técnico Alberto Buccicardi es distendido, jovial, casi displicente. Falta un mes para el mundial y lo importante es no perder la condición física. Salvo un jugador: el “gringo”. Sólo con el portero Sergio Livingstone y Ted, su hermano -quien siempre viajó enganchado a la sombra suyo y también era futbolista y ahora seleccionado chileno- puede comunicarse personalmente, es por eso que un traductor está siempre cerca de él. El muchacho es serio, no gruñón, pero dedicado. No saca la vuelta, aprovecha los minutos con intensidad. Y al acabar se queda un rato pateando, luego se viste de terno y filtra con un cigarro su propio descanso. Sus compañeros lo miran con recelo, aunque de a poco van incorporando aspectos de su juego: cabecea mejor, atacando la pelota; no camina la cancha; da pases en profundidad y cambios de frente. Los primeros amistosos ya marcan una tendencia y la locura de los medios deportivos nacionales. Al igual que el rumor que se cuela por los hinchas: ha llegado un tipo distinto y los estadios se llenan.

Santiago le parece diferente al vago recuerdo que su inconsciente guarda de Alianza, la vieja oficina salitrera atacameña donde nació, aunque en su observación curiosa, todo lo absorbe, todo lo nutre. Ya sabe algunos garabatos, conoce algunas cuadras, teatros, bares… y prefiere el café del centro de Santiago que el té de la isla. Es en un café donde resuelve un tema que lo ha aquejado siempre: se reúne con su padre, Arístides. Hablaron en inglés, fuerte y golpeado; eran dos hombres en la difícil tarea de llegar a un punto intermedio en sus sentimientos. Todo quedó ahí, sin rencor, un abrazo y el alivio para George de haber en una hora extinguido sus preguntas. Al fin era libre. El balón seguía su curso, había un mundial por delante.

En Brasil las cosas no salieron como hubiese querido. El burlón destino lo puso frente a Inglaterra en el primer juego; Chile cayó 2-0 y Robledo pega un tiro en el poste derecho. El equipo se marcha conforme, dieron batalla; Robledo se marcha desilusionado, pues quería marcar ese día. La selección se despidió en primera fase del mundial, pero había ganado a Jorge: Robledo, ahora libre, había optado. Debía regresar a su club, pero con el compromiso interno de volver y echar raíces definitivas. Fue un cariño de siempre, que en la carencia natural de su paso, se le había revelado.

Wembley está ardiendo, no cabe más gente. La hinchada del Arsenal es gruesa, pero no más que la del Newcastle. Es la final de la FA Cup, la copa del pueblo, el torneo más antiguo y prestigioso, el sueño de todo hincha y jugador es estar ahí. El mítico primer ministro Winston Churchill saluda uno por uno a los jugadores. Jorge Robledo es uno de ellos. Años atrás, antes de romper redes por su actual equipo, y antes de hacerlos por el modesto Barnsley, trabajaba en una mina de carbón; ahora estaba con Churchill.

El juego es áspero, como toda final, las llegadas son escasas, no hay un claro dominador. Robledo ha debido descender y asociarse más de lo habitual. Con 33 goles durante la competencia de la liga, ha sido el máximo artillero, el primer no nativo británico en lograrlo. Lo conocen, le pegan, pero no se queja. Arsenal comienza a replegarse, faltan pocos minutos. 83 minutos de juego y viene un centro llovido al área, Robledo se desmarca, salta y de un cabezazo sacude la inercia: ¡golazo! 1-0 Newcastle. Y no cambiaría, Robledo obró el milagro y levanta la copa de ese año 1952. Las huellas de la celebración en la nortina Newcastle seguirán para siempre, la recepción al equipo es apoteósica. Robledo es la estrella; se gana las ilustraciones, los titulares y es quien se lleva la mayor ovación al momento de tomar el micrófono frente a la multitud. Jorge Robledo es un rey.

Sin embargo, a pesar de la fama y el reconocimiento, tiene una deuda pendiente, y ya se sabe, pagaba sus deudas. En Chile tampoco se le olvida y un año después de su consagración en Wembley, Colo Colo lo contrata apostando todo el dinero que tiene. Es un fichaje bombástico que remece y cambia el eje del fútbol chileno. Inmediatamente, con 26 goles en 22 partidos, causa la revolución y es campeón del torneo de 1953. Repetiría en 1956. Y fue subcampeón como técnico-jugador en el ’55.

Jorge Robledo abandonó Chile en el ocaso del negocio salitrero, yendo al país de su madre. Jugó fútbol como legado subterráneo de su padre, y marcó época en Inglaterra y también en Chile, regresando en la cumbre. Quiso ser chileno porque acá no había nada, y sintió el deber de dar una mano. Y en Chile se quedó, se casó, tuvo una hija y vivió humildemente, casi anónimo. Revolucionó las canchas del país, a modo de ejemplo transmitió profesionalismo, e incubó un fútbol más rápido y moderno. Fue uno de los primeros grandes héroes de nuestro fútbol. El resto de su vida fue tranquila, apegada a los recuerdos, siempre persiguiendo el trapo. Murió en Viña del Mar el año 1989, se desempeñaba como profesor de educación física. #BB

PS: hay una exquisita historia de su gol en Wembley y John Lennon. La historia estará en la cuenta de Instagram de Barrio Bravo.
PS2: actualmente hay una exposición de camisetas de Jorge Robledo en el museo de Colo Colo.

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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1 comentario en El viejo héroe que quiso ser chileno: Jorge Robledo

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