El viejo diario; o un cuento maravillosamente corriente

La gran y típica sala del segundo piso de la Biblioteca Nacional ese día estaba a estadio lleno. Mi rutina consistía en llegar cerca de las diez de la mañana y leer hasta que la guata comenzara a roncar pidiendo cambio. Siempre igual, de lunes a viernes, sagradamente, salvo los días en que se suspendía la fecha porque había paro. Sin embargo, esa mañana, y pese a ser puntual con la hora de siempre, no quedaba niuna silla disponible, ni medio tablón de la galucha. Y justo, ¡pero justo!, al lado del lugar donde solía sentarme, concentrada mirando su computador, estaba la colorina, una chiquilla de melena suelta y un pequeño tatuaje en el cuello a la que le tenía echado el ojo hacía ya un par de semanas. Vaya destino. Y si bien un mentiroso “¿Qué hora es?”, y algún cualquier cosa “Está bonito el día”, le había amagado, tenerla al lado era algo nuevo, acaso un pase en profundidad, al menos, pa’ saber su nombre; y si le sacaba una risa ¿por qué no unas chelas?… y así, dándole viento al fuego de la fantasía… ¡¿Por qué cresta esa mañana había tanta gente?!

Comencé, entonces, a recorrer los pasillos buscando una nueva sala, subiendo y bajando escaleras. E irremediablemente, todas las canchas estaban llenas. ¿Qué chucha estaba pasando?

De pronto, en medio de un pasillo interior que poca idea tenía con qué conectaba, un niño de no más de siete años, vestido completamente como un futbolista (zapatillas de Baby, short y una camiseta de la Selección chilena), pasó rajado por al lado mío, mientras, los que parecían ser sus padres, iban al trote, detrás de él, pidiéndole a murmullos que se frenara. El cabro hueón no hacía ni puto caso y al encontrar la escalera comenzó a bajar a toda velocidad, saltando dos escalones antes de llegar al final de cada tramo: ¡¡¡PAAAFFF!!! Retumbaba por el silencioso edificio. Al mocoso no le importaba nada, qué modales ni ocho cuartos, el pendejo jugaba de igual a igual en todos lados. Un crack. Yo, que estaba parado y no sabía pa’ dónde ir, me embriagué de la adrenalina del pequeño futbolista y también comencé a bajar.

Bajé, bajé y bajé, y al fin encontré una sala no llena, al contrario, estaba prácticamente vacía, salvo por un tipo de anteojos sentado solo en una esquina y la familia con la que recién me había topado. El enano se lo gambeteaba todo, más inquieto que la mierda, hasta que de un coscacho la mamá lo sentó en su falda con la mirada seria. El niño estuvo a punto de llorar, pero no lo hizo. El padre, en tanto, volvía desde el mesón del bibliotecario hacia ellos; iba serio, casi nervioso, llevando un viejo diario en la mano. Me senté en una mesa contigua a la de ellos, mirando de reojo la escena y también el rostro del hombre, el cual se me pintaba conocido. Sabía que lo había visto, pero ¿adónde? A juzgar por su ropa sencilla, en la tele probablemente no había sido; quizás en un cumpleaños; o pariente de alguien a quien yo conocía… La verdad, trataba y trataba, pero la letra de la canción no la tenía.

El hombre abrió el periódico y fue directamente a su mundo interior; barrió las hojas rápido hasta que encontró lo perseguido; los ojos se le agigantaron. Y comenzó a leer en voz baja, aunque perfectamente distinguible. Partió con una fecha del año 1995, luego el estadio, siguieron los equipos. El niño, que hasta ahí movía la cabeza para todos lados, finalmente detuvo su dispersión, se escabulló del regazo de su madre y se plantó frente a las letras que su padre le leía. El hombre seguía leyendo, pausada pero emocionadamente, una ya antigua crónica futbolera de más de dos décadas. Por un momento se detuvo, raspó un silencio, tragó saliva y describió la última escena mirando al pequeño que seguía ahí, quieto. De la lectura vino un nombre; el último nombre del relato; el jugador que hizo el gol definitivo… ¡¡¿¿Papá, erai tú??!!… Efectivamente, era él. El ex futbolista, que no guardaba ni millones, ni copas, ni recortes de esos años antes de la lesión, simplemente sonrío; le había al fin revelado a su hijo su breve pasado de héroe, y lleno de nostalgia cerró el viejo diario.

Y así, sin buscarlo, fui testigo de un verdadero cuento de fútbol; de esos maravillosamente corrientes. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 376 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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1 comentario en El viejo diario; o un cuento maravillosamente corriente

  1. Que notable, una vez ví en zoom deportivo parece o algún otro programa futbolero,que el gran Rubén Martínez 3 veces goleador de la liga chilena relataba que sus hijos no le creían sus hazañas hasta que crecieron y veían como saludaba al idolo que nos dió una copa libertadores

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