El último Zidane

Ricardo Kaka, Brazil and Zinedine Zidane, France battle for the ball

El control de la pelota con los pies, ambos pies; y toda la extensión del pie, más esa fabulosa y efectiva cualidad de la planta: la pisadita, el freno, el jueguito de un lado a otro, hasta un pase. Obviamente, la llevaba pegadita y el panorama era decididamente amplio. Gambeta larga, también corta, y aunque la asistencia le salía natural, el tiro al arco le corría. Usaba bien el ser alto, ponía el cuerpo, aguantaba y miraba, o de primera tampoco era problema. ¿Cabezazo? Muy bueno, la atacaba con los ojos abiertos. Un jugador confiable, salvo por un carácter a ratos agresivo -principalmente su etapa inicial y en Juventus-, pero concentrado, ese líder espiritual que le entrega mayor margen a un equipo: que el bueno la pida. Y enchufado, ese equipo gana. Piensas en él y aparecen rápidamente esos dos cabezazos que hizo en la final de Francia, luego la volea de Glasgow que sigue impactando, y en la revisión absoluta, esa Euro del 2000: su plenitud como estrella mundial.

Se acababa la temporada futbolística del 2006, el fracaso del proyecto ‘merchandasing’ denominado ‘Los galácticos’ (Ronaldo, Raúl, Figo, Zidane, Beckham), miraba como su alter ego catalán se llevaba toda la gloria y Ronaldinho reclamaba con justicia el trono del mejor, que dejaría definitivamente vacante, Zinedine Zidane, quien ya había anunciado que el mundial de Alemania sería su última estación. Francia no llegaba como favorita, pese a contar con un plantel de lujo; y el técnico Domenech, presentaba la particular característica de guiarse por los ‘astros’ y los signos zodiacales. De hecho, así descartó a más de un crack y apenas si se salvó Trezeguet, el sempiterno goleador del fútbol italiano (claro que a la banca). Del juego, lo cierto es que no se rescataba casi nada: un equipo aburrido, poco fluido y que ganaba por una que otra patriada (y tampoco ganaba mucho). De hecho, la ruta eliminatoria – y el conllevado recambio prometido por Domenech- iba directo al fracaso hasta que llegó el mismo Zidane y la vieja guardia (Barthez y Thuram, entre otros) a darle, al menos, un grado de personalidad a los galos.

Los dos primeros partidos, limonada tibia. Un deslavado 0-0 con Suiza y otro insípido empate, ahora 1-1, con Corea. Y para colmo, el viejo ‘Zizou’ hasta ahí había sido un completo fantasma y quedaba suspendido por doble amarilla para el decisivo juego contra Togo. Patrick Vieira, un volante central de época, rescató del precipicio a Francia y de la tumba al mítico ’10’.

Ya en octavos, el desafío subía el listón: España. Y Raúl, canchero, no dudó en señalar que era el momento de jubilarlo. Y luego del inocente penal cometido por William Gallas, que naturalmente Villa no fallaría, parecía que el presagio del madrileño sería efectivo. Sin embargo, nuevamente una genialidad de Vieira destapaba el espacio para que Ribery, en pared larga y a toda carrera, se sacara de encima a Casillas y dejara empatado el juego al final del primer tiempo. Zidane corrió como un niño detrás del joven ‘caracortada’, es que no quería terminar así, necesitaba al menos mostrar algo de su arte. Es que para ser grande se necesita orgullo, y el herido en algún momento explota; porque no es casual, es algo que se respira, y también se construye. Y el oriundo de Argelia, claro que supo construirlo.

El segundo tiempo mostró al capitán más participativo, en un juego parejo, de dientes apretados y que se lo llevaba el que hiciera el gol. A 8 del final, nuevamente Vieira, agarró la segunda pelota tras un rebote luego de una falta cobrada con clase por Zidane; el cabezazo rebotó en Ramos y con la suerte que se exige, Francia pasaba a ganarlo. Ya con los hispanos quemando las naves, una contra de 3 pases dejó al crack con espacio y “sólo” con Puyol como vaya: se lo gambeteó con el externo, en dos movimientos, y luego remató al primer palo mientras el cuerpo llevaba la inercia hacía al segundo, GOLAZO. 3-1 y Raúl pa’ la casa.

Previo al inicio del mundial costaba pensar en otro campeón que no fuera Brasil: por el momento de Ronaldinho, porque a su lado estaba un gran Kaká, y Ronaldo, Adriano, Zé Roberto, Junino Pernambucano, Cafú, Roberto Carlos, Lucio, etc. Y además de nombres, ganaban, aunque no deslumbraban, pero les alcanzaba para golear 3-0 a Ghana en Octavos. Parecía ser el final, pero el volante que apareció en el rebelde puerto de Marsella, expresó su dimensión total.

Ya a los 40 segundos sacó los primeros ‘ooohhh’ de la tribuna; es que la pisó y salió para atrás, luego encaró con media bicicleta, moviendo por la izquierda y en dos segundo botó la marca de 3; y como esa, varias. Le puso ballet también, aprovechando su plasticidad, guante y longitud. Depurado, dominando y con sombreritos. Él era el ‘jogo bonito’, mientras Brasil parecía estático y torpe frente a la soltura de su rival. Y mientras Ronaldinho seguía consumido por la presión de subirse al podio eterno, el viejo daba catedra del significado de ser un constructor de juego: siempre se mostró, resolviendo simple en la debida, acelerando en la justa; interpretando el juego, desarrollando los espacios, pero por sobretodo, viviéndolo; y al vivirlo, todo circuló entre él y la necesidad. El observador, por su parte, se admiraba embobado bajo el mandato de ese estilo elegante, y vibraba, queriendo más, porque hay futbolistas que son capaces de devorarse la escena, reducir al resto a simples peones, y cuando eso pasa, los ojos del publico así como el destino, empujan la pelota para que siga maravillando; porque pasa tan poco, ¡y en un mundial!

Zidane aplastó a Brasil, sometió a sus críticos a un silencio cargado de rubor y al pueblo del fútbol a un aplauso que venía de las pulsaciones. Henry, tras falta cobrada inteligentemente por quién más, tan sólo puso el interno para batir a Dida y mandar al inmenso favorito de vuelta a Rio de Janeiro.
Portugal fue todavía más tímido que Brasil y fue un penal excelentemente bien pateado por Zinedine el que dejó a ‘les bleus’ en una nueva final del mundo, otra vez de la mano del mismo ’10’.

Contra Italia, el cuento ya es sabido: picó el penal, hacía partido y aunque 1-1, la cancha se inclinaba a su favor, hasta que ese carácter tan de barrio, tan del fútbol -y el que no lo ha jugado que deje de hablar moralinas weonas- lo llevó a la gran cagada: palabras, palabras y el descontrol, ese tan del día a día, que incluso tiene la arrogancia de aparecer en una final del mundo, era el único que podía frenarlo; porque los inmensos tienen siempre un talón propio que les brinda humanidad. ¡¡Qué cabezazo le chantó a Materazzi!! Un revive muertos de aquellos y el defensor tumbado aunque con la maña lograda. Roja y adiós mundial, adiós fútbol.

Luego en los penales, Domenech manda a patear de quien desconfiaba, sin hacerse cargo de sus creencias ni de la carta astral: Trezeguet falla el suyo e Italia campeón del mundo.

El final de Zidane, tan cruel y absurdo, de cine arte; pero ahí quedó, eso fue, así es la historia. Claro que días antes, en la cancha también dejó una huella que todavía saca de quicio a los peloteros de verdad: ese Zidane vs Brasil. Y aunque no era el epilogo soñado, llevó a su país a la final, jugó su último partido y se retiró él mismo. Y el brillo contra Brasil, ese sí fue ‘el último Zidane’ #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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