El último mito de George Best

Credit : Colorsport

Es 13 de Octubre de 1976, Ámsterdam. Faltan pocos minutos para que comience el partido entre la poderosa selección local, comandada por Johan Cruyff, la gran estrella del fútbol mundial y la aparentemente débil Irlanda del norte. El partido es parte del proceso clasificatorio con miras al próximo mundial de Argentina.

El favoritismo para la llamada “Naranja mecánica” es abrumador, en el estadio el ambiente es tranquilo; se sabe, la probabilidad del triunfo es inminente y la expectativa de fútbol espectáculo, algo cierto. Además, unos días antes el periodista tulipán, Bert Nederlof, tomó un avión a la isla para observar en vivo y en directo a la gran amenaza visitante, el balón de oro de 1968, George Best, y lo que vio del puntero del Fulham fue lamentable: pasado en el peso, displicente en cancha y con las mejillas coloradas de tanto copete. Tras el juego y para confirmar la obvia impresión desarrolló un reporteo cotidiano, consultas a colegas e hinchas; ya no tuvo dudas, el ex astro del Manchester United estaba acabado. Así lo publicó en el periódico y esas líneas fueron el eco que rodeó la previa y los contornos imaginativos holandeses. No había cable, no había internet, pero la sentencia de Nederlof era la viralización en cada café y en cada pelotero naranja.

George Best recorre la cancha con ansiedad, no es que se sienta presionado o acelerado por el juego, simplemente tiene ganas de tomarse un whisky. Bromea con sus compañeros, lanza acidas palabras que parecen estimular la vanidad de sus huestes. Aunque tampoco creamos en el verso de que en el fondo practicaba un modo de liderazgo, tan sólo quiere reírse un rato. Porque así es él, desfachatado, provocativo, licencioso. El héroe de este relato nunca se interesó demasiado por dar el ejemplo, por el contrario, relamía su alma apuntalando el vicio, puramente insatisfecho y orgullosamente individual. Sí, seguramente George Best llevaba las tinieblas a cuestas, pero lo pasaba bien y no pontificaba frases ‘clisés’ para el aplauso del vulgo domesticado. El crack tan sólo vivía y de esa forma adornaba su identidad y también pavimentaba su ocaso; sin dudas lo pavimentaba, pero no pestañeaba.

Con desparpajo y varios kilos de más, mira a la tribuna buscando un cuello bonito y al encontrarlo chasconea su cabello con su mano izquierda mientras con la derecha la saluda. Ella ahoga el grito al comprender que el galán de la cancha está observándola completa, sin filtrar la llama. Para él no existe la estúpida estrategia ni los tiempos, para qué si soy George Best, piensa de manera fascinantemente honesta. Detestable confianza para el mediocre, saludable ego en este mundo de villanos.

Ojos claros, facciones finas, barba incipiente, patillas rockeras, polera afuera y aire engreído marcando el terreno. La mujer de la tercera fila ya no tiene pasado, tampoco presente, sí un sólo deseo: ir la cama con el 7 de camiseta verde. Y él, maliciosamente sonriente, no recuerda que está haciendo allá adentro, pues quiere escapar, abrir una botella y desnudarla en breve.

De pronto un balón golpea su pie derecho y naturalmente comienza a darle con el empeine mientras avanza, nunca en línea recta. De a poco acelera y los pechos de la mujer se disipan frente al inconsciente incubado de la red, y la imagen de la entrepierna, por algunos segundos, desaparece. Su cuerpo olvida su cabeza y comienza a driblear a un compañero, luego a otro imaginario, finalmente a sí mismo, junto al viento, con la pelota atada. Su cuerpo no necesita otro cuerpo, ni tampoco una vaso de alcohol para sentirse abrigado, caliente o con expectativas: se acuerda que es futbolista.

George Best reclama todo aquello que apetece. Generalmente lo consigue, aunque a un precio elevado, ya que para él las cosas sólo suceden, luego fuertemente aterrizan. Tal vez por eso el fútbol y su frecuencia inmediata han sujetado tan bien su talento. Pero claro, no amarraron la fidelidad al compromiso y este juego podrá parecer simple, pero hay que ser serio. Best ya vive su declive. Sin embargo, la magia no se quita y menos cuando hay por delante un objetivo, de esos personales y extravagantes, que sólo ciertos genios están dispuestos a buscar y cumplir.

Un poco más arriba de la mujer que en ese minuto vive una fantasía erótica, otro sujeto espera excitado el pitazo inicial. Su nombre es Bill Elliot, periodista que acompaña a la selección visitante en la difícil expedición a la casa del subcampeón del mundo. Bill ha viajado con un viatico miserable. Sabe del barrio rojo, por supuesto tiene curiosidad, no obstante ha debido restringirse a un pobre motel lejano y a dos comidas al día. Además de cargar con la mirada lastimera de todo aquel que entiende qué hace allá: en cada mirada ha habido un grito obvio de goleada. Aún así, Bill, tiene entre manos una confesión que de ser cierta puede modificar no sólo su panorama, sino que también transformarse en un momento sublime en la historia del fútbol.

Pocas horas antes del encuentro, mientras Bill cubría los últimos movimientos del plantel norirlandés el hotel de concentración, tuvo tiempo para un cara a cara con el mismísimo George Best, quien en su mezcla habitual de amabilidad y desinterés, contestó con vista ausente las preguntas rutinarias que suelen hacer los periodistas, hasta que Bill le pidió una opinión acerca de Johan Cruyff. Sin dudas una respuesta desconcertante tratándose de Best podía ser previsible, sin embargo, el contenido de la misma fue un paso más allá. Si bien Best calificó a Cruyff como un jugador magnifico, a la insidiosa comparativa insistida por Elliot -¿es mejor que tú?-, el de Belfast respondió con superioridad -¿¿es broma?? Te diré que haré esta noche: encararé hacia a él, de tú a tú, y cuando lo tenga enfrente pasaré el balón entre sus piernas. Y lo haré en la primera oportunidad que tenga”. Luego, sin más palabras, se dio la media vuelta.

¿Lo hará?, ¿realmente lo hará?, se pregunta Bill, mientras se muerde las uñas junto al estruendo una vez los equipos saltan a la cancha.

Best, un tipo de frases alocadas, de sello para siempre, podía haber estado simplemente jactándose de su caprichosa seguridad, ya tiene joyas como: “Si yo hubiera nacido feo, nadie habría escuchado hablar de Pelé”, o, “En 1969 dejé las mujeres y la bebida, pero fueron los peores 20 minutos de mi vida.” Sin embargo, George era un rebelde en serio, un bravucón atrevido con la boca tanto como en la cancha, en todas las canchas, y eso Elliot lo sabía. La mujer de la tercera fila también. Cruyff, quien lo saludó con ceremonial respeto, también.

5 minutos de juego, recibe George Best; el del dorsal número 7 retiene la pelota, la aplasta en el pasto, y con la muda vuelve hacia atrás; se saca al primer marcador que le va encima, al mismo tiempo que el segundo se estorba con el primero; el tercero es pan comido, acelera, lo deja en el camino, ya tiene cancha para avanzar; pero imprevistamente ¡quiebra hacia atrás!: ahí está Johan Cruyff. La jugada no tiene sentido, salvo para Bill, quien está secuestrado al movimiento predictivo de un arrogante; salvo para George, quien se abalanza en el delirio de la diversión y el orgullo; salvo para Johan, quien quiere robarle el esférico para luego ir con los suyos al ataque. El 14 naranja acepta el reto y va frente a Best; este último alarga la redonda un poco, como si se le escapara, pero es lo justo, lo mínimo, el detalle perfecto; Cruyff se descuida, Best acelera y puntea la pelota que pasa por entre las piernas de su rival… Se escucha el “oooooohhhhhhhhh” desde todos los rinconces del estadio, mientras desde su asiento un desquiciado e incontrolable Bill Elliot, comienza a gritar -¡¡¡Lo hizo!!! ¡¡¡Lo hizo!!!-. El ídolo local observa atónito, mientras Best, sin disimulo, empuña su mano derecha y lo festeja como un golazo inolvidable. Bill Elliot aún no lo cree, se tapa la cara y vuelve a gritar con semblante de locura -¡¡¡Es es el mejor!!! ¡¡¡Es es el mejor!!!-.

Best, inspirado, se jugó un partidazo y comandó a su selección a un 2-2 histórico en Ámsterdam. Con kilos de más, ya no con el ritmo de antes pero todavía descarado y juvenilmente loco, opacó al mejor jugador de la época y a la legendaria Naranja mecánica. Bert Nederlof, aquel periodista que había dado de baja a George Best, al encontrarse con el técnico holandés, Jan Zwartkruis, simplemente guardó silencio. Nunca había recibido una mirada tan fría en su vida. Bill Elliot escribió rápidamente un mal articulo que al menos le brindó la posibilidad de unos billetes adicionales. Se fue a pasear, ya sabemos adonde.

George Best se retiró entre abrazos y descorchando champaña en el camarín tras el épico resultado y la majestuosa performance individual. Al cabo de un rato desapareció. Iba camino a un hotel, perseguía a una mujer que estuvo en ese partido, sentada en la tercera fila. Es que George Best quizás no era serio, pero cuando se fijaba un objetivo, lo cumplía. ‪

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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