Hasta siempre Tiburón

Maldito Steven Spielberg con esa música inquietante que le da vértigo al pulso maniató una idea, ligando el suspenso y el terror a una figura por estos lados desconocida. El mito global ya está instalado y la respuesta en la cabeza aflora inmediata cuando se le menciona. Hablar de un tiburón en tiempos modernos es referirse automáticamente al tiburón de la película, aunque nunca la hayas visto. Ahí está él, en la sombra del inconsciente; imponente, silencioso, astuto, de dientes afilados y con debilidad por la sangre humana. El resto es documental, enciclopedia, murmullo cultural.

Pero más allá de la fuerza gravitatoria de Hollywood en el influjo colectivo del planeta, algo debe quedar claro, nosotros en este país tuvimos nuestro propio tiburón: el tiburón Renato Ramos.

De rostro coloquial, bajito y un físico normal, así tal cual, estéticamente nacional. Eludió los manoseados estereotipos contemporáneos del biotipo y con sagacidad aparecía en el lugar adecuado, aprovechando errores o indicando el mejor espacio. La subsistencia de un delantero consiste en el sigilo de sus desplazamientos, conocer sin necesidad de la vista la posición del arco y hacer desaparecer, por un breve instante, cualquier tipo de dudas. Un delantero estruja las oportunidades y busca el alimento de su espíritu en el área rival, sumido en detener el pulso, concentrando la pasión de la galería, disimulando instintivamente el natural arrojo salvaje que explota con un gol. Y en esa dimensión paralela, que define al héroe de la cuadra y al poeta de la infancia, apareció con esas características un muchacho sin prensa, pero popularmente confiable, así como el pollo al jugo con arroz en cualquier casa, o esa cita infalible a la luz de las velas, con el vino que sea y ambos necesitados.

El tiburón Renato Ramos, sempiterno goleador de la champa nacional, construyó su propia leyenda, acaso más pequeña, pero consistente; con goles, escasa fama y un rock and roll subterráneo, más bien acuático, debajo del pasto, clavándola y esparciendo el terror en zagas nunca del todo conscientes de su capacidad. Sin embargo, con el respeto del hincha común, ese que sin verso ni pompa sigue el juego y sabe- lo sabe- que fue más peligroso incluso que el tiburón de Spielberg, porque una cosa es clara, este era de verdad.

Sí, este fue el tiburón de verdad, al menos dentro de nuestro folclor, ese que construye el lazo entre ustedes y esta lectura, y entre el día a día y nuestro fútbol. Ese fútbol perseguido en la radio y en una conversación en la escuela, la universidad o el trabajo. Ese fútbol rutinario, cercano y por lo mismo tan desgastado, pero ciertamente propio e indefectiblemente afectivo, como todo lenguaje que se reclama vivo y perteneciente. El tiburón Renato Ramos, junto a nosotros, en la constante del mismo camino, ese que no viaja en Ferrari, no ostenta el lujo y lucha un porvenir sin glamour pero con empeño y deseo, encendiendo los relatos de tantos domingos y definiendo, con su simple presencia, de donde y quienes somos. Renato Ramos, ese goleador que pudo incluso acabar con esa globalizada y espeluznante idea que nos dejó Spielberg. Porque él se apoderó de nuestra imagen de un tiburón; uno que buscaba la sangre en la defensa rival, intimidando al hincha ajeno y haciendo explotar la malla contraria.

Un tipo humilde, con actitud sencilla. Un talento más de la calle chilena. Un futbolista. Un goleador. Ese fue Renato Ramos, nuestro tiburón.
(Renato Ramos, con 37 años, comunicó anoche que se retira del fútbol profesional. Mucha suerte en lo que venga, te vamos a extrañar) ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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