El temblor de un gol

5 de abril de 1992. Se jugaba el clásico entre Estudiantes y Gimnasia, en La Plata, Argentina. El equipo del ‘pincha’ llegaba como favorito, por presente y también por historia, 16 años de paternidad en su feudo devoraban la confianza del plantel y de sus hinchas. Por su parte, ‘el lobo’ arrastraba una pésima campaña, cuatro derrotas y dos empates, tenían la guillotina encima del técnico uruguayo Gregorio Pérez. La cancha estaba llena, vibrante, como corresponde a un partido de enemigos espirituales.

José Perdomo era un habitual de los álbumes “Panini” de la época: del riñón incombustible de Peñarol, el volante que también había hecho carrera en Italia y en España, era un volante fijo en la selección charrúa. Perdomo no se manejaba como un dotado, ni menos como un lirico, nunca fue de esos jugadores que le regalaran un paseo a la vista, pero metía como pocos, sabía usar el overol y exigir respeto en el medio. Un volante central uruguayo de cepa y cuna. A Gimnasia había llegado a mediados de 1991, y salvo un par de valiosas amarillas y conmovedoras patadas, demasiada leyenda en el club del bosque no había generado. Pero todo eso cambiaría, y para siempre.

El clásico vivía el ripioso modelo del choque, huevos y sin espacios. La galería dispuesta para la visita no dejaba de alentar, es que cuando el fútbol no da espacio para el ego, la fuerza proviene de la sangre, y desde la garganta se empareja. Del otro lado, tampoco se quedaban atrás. Mientras la redonda lloraba, la pasión en las tribunas la reivindicaba, y también explicaba una vez más que sin hinchas este juego no entiende su relato.

54 minutos de juego y falta a favor de Gimnasia. Son cerca de 25 metros, cargadito a la izquierda, ideal para un derechazo. Los momentos del juego tienen cosas especiales, lo mismo la vida en los entrenamientos. Por supuesto que José Perdomo no tenía la pegada de Bochini, ni de Laudrup, ni del Coke Contreras, pero tampoco era un primerizo y más de un gol tenía. Él agarró el balón y se plantó con la personalidad de un especialista. Incluso, puso una mano en la cadera, en perfil canchero, pretencioso. Mientras tanto, más de un hincha de Estudiantes se pedía un sanguchito o aprovechaba de ir al baño: “Este muerto ni de feto pateaba la barriga”, se llegó a escuchar.

Pero José había practicado: pocos días antes, el entrenamiento tuvo un momento distendido pateando tiros libres. El perdedor pagaba un asado, el ganador pateaba en el clásico. José no ganó, ni perdió, pero mostró condiciones. El ritmo del juego le había entregado a Perdomo protagonismo, estaba vivo, en llamas, con ganas y confianza. Lo pidió, y se lo dieron.

55 minutos, Perdomo con poca carrera, lanza un mace precioso, con la velocidad justa, por encima de la barrera y la clavó pegada al poste derecho del arquero, que quedó pegado, con los ojos bien abiertos, sin espacio para la respuesta. El movimiento de la red subrayó el gol, Perdomo salió a gritarlo con todo, y atrás del otro arco, un delirio intenso, guardado por años, inmensamente salvaje. Al unísono, la barra de Gimnasia, esperando 16 años por ese momento, reventaba el tablón y el viejo concreto del estadio rival cedía a la felicidad ajena.

A 600 metros de ahí, el centro sismológico de La Plata, en ese mismo momento, registraba un temblor.

90 minutos, el Lobo sale de perdedores, quema la maldita racha de 16 años y José Perdomo sin camiseta comienza a festejar junto a los suyos. De a poco la noticia del temblor comienza a expandirse, del centro sismológico no lo desmienten, pero no confirman cuántos grados tuvo el movimiento. Los hinchas de Gimnasia comienzan a agrandarse y dicen que fue de seis grados Richter -nomenclatura que el pueblo ‘che’ definitivamente no conoce-; por contrapartida, los hinchas de estudiantes se amparan en la institucionalidad típica de su país y llaman a la calma: es joda, es mentira, obvio que está mal.

Hasta el día de hoy es debate, José Perdomo es recordado por ese tiro libre, y luego de eso fue apodado como “Terremoto”. Gimnasia no hizo mayor historia en el campeonato, pero sus hinchas se desahogaron, causaron un movimiento y añadieron una leyenda más al deporte rey. El fútbol y esa viva necesidad de colaborar con la verdad y la fantasía en el mismo paso. Fue el temblor de la alegría, el temblor de la revancha, el temblor de un gol. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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