El técnico

“¿YO?”, gritó el Yoyito y se tapó la cara. “¿ÉL?”, dijo el capitán apuntándolo. “TÚ”, dijo él mientras salía del camarín. Ya era oficial; nombró a Yoyito por primera vez en 5 años titular. Y no lo puso en cualquier posición, sino de delantero. “¿Qué chucha hice?” pensó al refugiarse en su oficina en el departamento de gimnasia. El Yoyo era chico, demasiado bajo para tener 17 años, y flaco, como si alguien se hubiese tomado toda la leche por él. Tampoco era que se tropezara con la pelota, pero la objetividad era también lapidaria: talento no tenía. En realidad, lo nombró parte de la selección de fútbol del colegio porque llevaba tanto tiempo asistiendo a las prácticas después de clases, sin ausencias, sin excusas, que no tuvo corazón para dejarlo fuera de la nómina después de años de entrenamiento ininterrumpido.
Desde entonces, lo llevó a todos los torneos con vista privilegiada desde la banca. Sabía que estaba cometiendo un error, de esos graves que si bien no son la muerte, no tienen por dónde arreglarse: podía hasta perder su puesto como entrenador de fútbol del mismo colegio al que asistió cuando pendejo. Pero no hay mucho qué hacer cuando las decisiones se toman por amor y de esos calientes. Si bien se interesó en ella hacía poco, en estricto rigor la había conocido hace 5 años en una de las primeras reuniones que decidió hacer con los apoderados de sus seleccionados. Creía necesario presentarse a los padres para que supieran quién era el entrenador de sus hijos: él, Jorge Martínez Soto, ganador de dos ligas senior y balón de oro en la misma. Ella era la mamá de uno de sus jugadores.
Morena, delgada y de pelo ondulado castaño, pasaba desapercibida entre tanta mamá peliteñida y bien vestida, pero a pesar de su desprolija presentación personal, tenía un anillo en el dedo anular que demostraba una pareja estable pero fantasma. Jorge, con tanta rubia, apenas se percató de ella y su estado civil, y mirándola le dijo “A nadie le falta Dios”. Se desabrochó los tres primeros botones de su camisa, como si un bochorno repentino lo invadiera, y sin sacarse los lentes de sol, comenzó su discurso ensayado mil veces frente el espejo de su baño: hizo un chiste de mal gusto con respecto a Sampaoli, con el cual pudo identificar a los padres chunchos y a los colocolinos; explicó el tipo de entrenamiento que hacía con los cabros como “tiramos pelotas toda la tarde” que no entendió por qué dejó a las mamás con cara de estar oliendo caca, y dijo su nombre completo, con todos los torneos de barrio ganados, y para amenizar, terminó con un “pero me pueden decir Negro” que buscaba no intimidar a los padres con sus títulos pero sí encantar a la mamá rubia de la primera fila.
5 años después, en una nueva reunión que iba para lo mismo, solo con cambio de terno, sucedió algo distinto. La escuálida mujer, ahora era rica. “No, no está rica” pensó Jorge “está YYYIICA”. Iba de taco alto, como si la reunión fuera matrimonio, un vestido escotado y rojo que terminaba donde al técnico más le gustaba, cerca del área chica, y lo mejor de todo, sin anillo. Hizo la reunión lo más corta posible y cuando terminó le buscó conversa al hablarle sobre el juego de su hijo. Pero… ¿quién chucha era su hijo? “Mario Terra” le respondió ella “le dicen Yoyo”.
Y ahí cayó en cuenta que la mina más rica del planeta era la mamá del jugador más malo del universo. “Un jugador de categoría” le dijo, “tiene un enganche mortal”. “Si fuera así” le respondió con los labios cerca de su cara, “sería titular”, y taconeando, se fue lentamente de su vista. Y ahora estaba en estas, metiendo al hijo en el primer torneo del año, para ver si Neira, la hembra de su vida, le daba bola. El primer partido llegó rápido y en ninguna de las prácticas anteriores logró que el Yoyo detuviera como corresponde una pelota con el pecho. Se entregó a sus decisiones y consecuencias: el equipo perdió 3-1, descuento no marcado por el Yoyo. Se mordió los labios maldiciendo su calentura idiota mientras caminaba a camarines cuando le interrumpieron el paso: era Neira. “Perdieron”, le dijo. “El equipo se está aclimatando” respondió, “pero pronto tendrás que cambiarle el apellido de tu hijo a Gotze porque será el mejor jugador del torneo”. Y ella le agradeció con un beso en la oreja. Desde entonces, si alguna vez lo dudo, ahora sí que era definitivo: Yoyito, titular indiscutido.
Pero mientras más cerca estaba de saciar su calentura, más lejos estaba en ganar el torneo, y eso, a pesar de todo, siempre duele. El día en que se coronó campeón su equipo archirrival, Jorge no supo qué hacer. “Solamente besos en la oreja, ni que la tuviera ahí”, se dijo con rabia y corrió a los camarines del estadio municipal para desahogarse como fuera. Entró desaforado y dando un portazo cuando la vio: Neira lo estaba esperando. “Mira loca de…” fue lo único que alcanzó a decir cuando ella se le tiró encima. Y Jorge recordó que el cielo no era ganar un torneo de fútbol, sino tirarse a Neira. Se bajó el buzo y los calzoncillos. Ella iba a secundarlo cuando la puerta se abrió con un grito “¡PROFE!”.
Tiempo después del incidente, Yoyito tuvo que cambiarse de colegio porque no soportó que sus compañeros lo siguieran llamando “hijo”, Jorge Martínez Soto salió del colegio en medio de un escándalo y ahora dice que dirige al próximo Barcelona en una localidad perdida al norte de Chile, y Neira fue votada como la apoderada más rica en la última reunión de profesores del nuevo colegio de su hijo.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

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