El “ser” D’Alessandro

En el año 2001, los trasandinos serían sede de la Copa del mundo sub20. La gran estrella del equipo de Peckerman era Javier Saviola, un enano encarador y goleador al que apodaban, “Conejito”. Las diferencias que marcaba Saviola eran ridículas. Prontamente, el nuevo as de River Plate sería transferido al Barcelona de Van Gaal. Durante ese mundial, en la banca esperaba su turno un zurdo, uno más en el viaje emocional de la pelota “che” que, para colmo, jugaba de “10”. Andrés D’Alessandro aguardaba en el anonimato su oportunidad.
Hijo de taxista y dueña de casa, el nene con cara de cimarra inventaba potrero en las menores de la “banda sangre”. Hoy, cuando vemos un fútbol académico, de pasto sintético, poca calle y nula cuneta, y en el que prima la esencia atlética por sobre la gambeta, la capacidad de este tipo de jugadores, en especial de D’Alessandro, toma otra medida; acaso nostálgica; sin dudas, inmensamente creativa y elegantemente popular.
El Chori Domínguez se lesionó y entró D’Alessandro: el público lo amó, y la pelota lo buscaba, y aunque la portada se la llevaba Saviola, el cuchicheo en el barrio era por ese flaco al que antes nadie nombraba. ¡Cómo juega ese pibe!, repetían.
La prensa se volvía loca, Niembro quería una entrevista, todos querían ser parte del circulo y agarrar un pedazo de torta.
Imposible olvidar los relatos de Marcelo Araújo cuando Manuel Pellegrini dirigía a River: “Ingeniero, ¡¡¡¡poné al Nene!!!!”, exclamaba en medio de un abúlico cero a cero. Y Pellegrini hacía caso, y el nene a cancha llena tiraba trucos, obvio que la boba, como si todo se tratara de una pichanga de niños alrededor de una piñata. Encendía la fiesta. Y River ganaba, o casi, al menos había dejado solo a Cavenaghi.
Su periplo por la Selección adulta tuvo la vigencia de Bielsa; el Loco se derretía frente a la simpleza de D’Alessandro; simpleza estética, que quede claro.
Fue a Europa pero nunca a un gran equipo, y estaba atado a una esquina, correteando rivales, sin libertad, lejos de la piñata. Fue entonces en el Inter de Porto Alegre cuando y donde encontraría refugio su talento. Lo explotó, se volvió insustituible y conquistaron todo con los colorados. En Brasil vivió sus mejores años, consolidándose como capitán e ídolo. Un argentino, un enganche clásico, dirigía con ese semblante sufrido del tango, la samba directa gaúcha. No era Europa, pero tiraba la boba, caminaba querido, nunca en la banca.
Sin embargo, todo se creía terminado cuando hace dos años decidió regresar a River y cerrar una etapa que creyó inacabada. No fue un ensueño, pero deleitó. No obstante, en paralelo, Inter de Porto Alegre increíblemente descendía por primera vez en su historia. D’Alessandro no dudó, debía regresar y devolver al club que lo dejó ser, al lugar de siempre. ¿Te vas a segunda?, le preguntaban, y él, sin entender la pregunta, regresó.
Caminó querido, desde el primer día, con piñata y torta pa los hinchas…, y un año después, con la jineta en el brazo, el nene que ya está grande, tiró trucos, obvio que la boba, y comandó el regreso de su equipo a Primera. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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