El rumbo inesperado y los deseos cumplidos: Leicester campeón

Había terminado la Copa América y ya era tiempo de que una de las principales figuras de Chile, Charles Aránguiz, tuviera destino europeo. Inter de Porto Alegre, su club, manejaba dos fuertes interesados por el volante, uno era el Leicester City, un pequeño equipo inglés que la temporada anterior había salvado la categoría con lo justo y que estrenaba nuevo técnico, Claudio Ranieri, un tipo experimentado pero con sucesivos fracasos en el cuerpo; el otro era Bayer Leverkusen, un reconocido equipo alemán que los últimos años ha sabido encumbrarse en los puestos de avanzada de su liga y, a partir de ahí, ser un animador permanente de las competencias europeas. Ranieri quería a Aránguiz, necesitaba formar una dupla de volantes centrales con ritmo y juego para lograr el principal objetivo: 40 puntos y permanecer una temporada más en la Premier League. Atentos y conociendo también del interés proveniente de Alemania, la oferta del Leicester superó en varios millones a la que venía de Leverkusen. Desde Brasil abrieron la puerta entusiasmados, pero el chileno no terminó de convencerse, desechando el tema económico para privilegiar el aspecto deportivo, recalando definitivamente en el club germano. Meses después, ese equipo al que Aránguiz rechazó, consiguió más que 40 puntos.

Así como para Aránguiz, para cualquier terrestre que siga el universo futbolero, proyectar la reciente campaña del Leicester era algo irreal, un chiste que se lanza al aire, una de esas ironías negras que se dicen con los labios juntos y el rostro inexpresivo. Gary Lineker, uno de los futbolistas ingleses más destacado de los años ochenta y confeso hincha del club, no dudó en expresar por las redes sociales su decepción y el sentirse «poco estimulado» al enterarse que el italiano Claudio Ranieri sería el nuevo técnico. Y como él, varios de los más destacados comentaristas deportivos no le asignaban mayores oportunidades que la de luchar hasta la última fecha para salvarse del descenso. Susurrar la palabra ‘campeón’ parecía algo tan ridículo que distintas casas de apuestas consignaron el hecho con un factor de 5.000 a 1 (un euro jugado, 5 mil euros ganados); de hecho, el que alguien descubriera finalmente al ‘monstruo del lago Ness’ presentaba un factor diez veces menor -500 a 1-. No se trataba de desconfianza, la realidad confesaba un destino exigente y pedregoso para un plantel que ya venía golpeado tras la renuncia de su anterior estratega y el despido de tres futbolistas tras un bochornoso incidente nocturno en una gira por Tailandia. Fue de esa manera que llegó Ranieri al equipo.

La llegada del italiano no calentó a nadie, su última experiencia como seleccionador griego fue simplemente un desastre, además venía totalmente a contramano de los postulados que hoy dominan el ecosistema de la redonda; así lo explicó el mismo Ranieri cuando dirigía al Valencia: “Para qué tener la pelota un minuto, no, eso no es lo que necesitamos; necesitamos tenerla cinco segundos, lo suficiente para que el “Piojo” López corra y convierta el gol”. Ahora no tenía al «Piojo» López, pero tenía a Jamie Vardy.

El efecto gravitatorio que comenzó a generar este equipo está circunscrito sin dudas en los triunfos, pero a la vez en las historias de vida de los propios implicados que poco a poco fueron seduciendo a los distintos hinchas del mundo; historias rudas, difíciles, ignoradas, en definitiva, historias fantásticas pero exquisitamente comunes. Además de establecidos en una localidad de 350 mil habitantes, abiertamente cosmopolita, que nunca antes había ganado nada en cuanto al fútbol. 132 años para ser preciso.

Al principio parecía ser sólo una racha como la que tienen tantos equipos, y si a eso se agregaba que los grandes candidatos pasaban por un festival de irregularidades, la situación calzaba dentro de las ocurrencias típicas de todo campeonato. En algún momento Chelsea, Manchester City, Manchester United y Arsenal, debían llamar las cosas al orden, pero por sobre todo, en cualquier momento Leicester debía caerse. Sin embargo, no quería caerse, al contrario, cada encuentro parecía ser una prueba más de fortaleza y de convicción. La escuadra de Ranieri jugaba con pasión, y aun siendo un conjunto inexperto, lo hacía con madurez, sin vanidades estúpidas, con altísima concentración. Los buenos resultados afirmaron inmediatamente la afinidad entre el cuerpo técnico y la plantilla.

Es cierto que el fútbol tiene mucho de pizarra, pero también de contagio, como pasa en todas las cosas. Sí, se planifica y es fundamental hacerlo, pero el instante necesita de flexibilidad y en la interpretación del mismo la capacidad para improvisar; Leicester jugaba sin miedo, lo que no significa desbordar en ataque, contagiados de una expectativa que nunca les pesó, a la que se sumó su hinchada que poco a poco fue viéndolo posible y llenó la cancha siempre. Y en la medida que todo avanzaba, la neutralidad del mundo ya no fue neutral, y también se contagió de este fenómeno. Seguramente porque aparecía como el cuadro desvalido frente a los poderosos de siempre, pero más allá de la caricatura que tan bien los medios supieron aprovechar, el romance surgió no por una reivindicación del más débil, más bien como surgen todos los romances destacados, atrapados por aquello inesperado. Podía pasar algo que nunca antes había pasado con ese equipo, con esa ciudad, con ese técnico, con esos jugadores…ya no era morbo, era deseo.

Apareció el show de la Pizza, las cartas de Ranieri y todo el clisé, provocando una especia de vergüenza ajena, tratando de adaptar una bonita realidad en una teleserie de autoayuda, pero qué más daba, ya estábamos sentados, comiendo manjar y sin pestañear. Además adentro de la cancha había adrenalina, despliegue, talento, esfuerzo. Porque Vardy da espectáculo, tiene carisma, la remó desde abajo, con 24 años todavía jugaba en quinta división e incluso por esos tiempos jugó con un chip en el tobillo tras una sentencia judicial debido a una riña callejera; nadie lo conocía y ahora todos saben que es un delantero de la puta madre. También está Kanté, un volante al que casi nadie tenía en cuenta, que venía de un equipo chico de Francia y ahora se le compara con una leyenda como Makelele. Ni hablar de Mahrez, un parisino de familia argelina que roba habilidad pero al que le faltaba simplemente confianza; llegó por tres chauchas y ahora sus gambetas elegantes y estéticas valen millones y millones. O el mismo portero Kasper Schmeichell, un «hijo de» a quien el técnico del Leeds botó en el 2011 por «no ser los suficientemente bueno». Y están de los otros, un astronauta como Hutt, el simpático Morgan o el japonés Okazaki, probablemente el delantero que menos goles hace en relación a lo que corre en el universo. Incluso hay un muchacho que se apellida Drinkwater y otro galés que se eleva con el de King- este último usa la «10» y es perversamente poco bueno-. Como se puede comprender, en el Leicester cabemos todos.

Ayer Tottenham, un equipo joven, sumamente interesante de observar y al que es justo reconocer, se bajó de la lucha por el título tras el empate frente a Chelsea. En la casa de Vardy se juntaron los jugadores y comenzaron a celebrar un campeonato que no estaba en las cuentas de nadie, pero del cual fueron amplios merecedores. No les pesó, no arrugaron, y con 77 puntos gritan campeón. Aránguiz internamente debe sonreír, como lo hacemos todos quienes sinceramos nuestros prejuicios en este momento. Probablemente Lineker ya no esté tan poco estimulado. La ciudad de Leicester junto a una hinchada que realmente está viviendo algo inexplicable, un sueño vivo, seguramente festejará este triunfo hasta que seamos conquistados por los extraterrestres. Y Ranieri, quien a sus 64 años aún no conseguía un título, lo festejó con su madre en Italia, en su cumpleaños número 96, como para que la teleserie sea completa.

Tal vez no ganó el equipo más brillante del que se tenga recuerdos, pero sí va ser uno al que se le va recordar por el efecto que generó, por el afecto que conquistó, por la historia que grupalmente supieron construir. No era el favorito, pero lo terminó siendo; definitivamente no era el equipo con mayor presupuesto, pero jugaron con la personalidad del equipo más canchero. Salud por el Leicester campeón, salud por el fútbol, salud por sus hinchas, salud por el rumbo inesperado y los deseos cumplidos. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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