‘El Quisco’

Le decían ‘El Quisco’, porque ahí vivía. Quería ser futbolista, lo intentaba, en todos los puestos, aunque él aseguraba ser puntero izquierdo.

Hasta que llegó su gran oportunidad. La sub19 del Wanderers jugaría previo al duelo de los adultos en el mismísimo Playa ancha. El técnico lo llamó y le dijo sin mayores ceremonias: «Ya, Quisco, invita a tu familia, el domingo vas de titular». El muchacho de 17 años, absorto, sin dar demasiado crédito, preguntó una y otra vez si no era broma; tras una buena chuchada de parte de su jefe, entendió que la cosa iba en serio. El anhelo escondido de jugar alguna vez en el fútbol italiano, de pronto, se materialzaba en ilusiones sin pausa.

Emocionado corrió al primer teléfono público que encontró, rebuscó un par de gambas en los pantalones y llamó a su vieja para contarle la noticia. «Voy a jugar, mami», dijo con tono acelerado. Ella, que no veía de buena gana que su muchacho fuera futbolista, se rindió ante el efecto cristalino de una voz honesta; entendía que el sueño de su hijo era ese y no otro, daban igual las razones, se trataba de camino diario, de lenguaje latido.

No pasó ni siquiera una hora y ya toda la familia estaba enterada que ‘el niño’ pisaría los pastos del coloso de Valparaíso.

Los días previos fueron de absoluta ansiedad, pero también de concentración. La posición de volante central por izquierda no había sido nunca la suya de forma natural, pero ahí había trabajado en los últimos meses, y al parecer con buenos resultados, ya que tendría la chance de mostrarse en el juego más visible de la temporada. Al frente, nada más y nada menos, Everton de Viña del Mar, el eterno rival.

La noche anterior al juego prácticamente no durmió; imaginó una y otra vez el partido, también repasó, una y otra vez, las instrucciones elaboradas durante la semana: el 8 de ellos se descolgaba y no debía perderle la pisada.

Se despertó con un nudo en la guata, puso en sus oídos unos audofinos de esos viejos walkman de pilas mascadas y marchó con el rostro serio, junto a su padre, quien iba todavía más serio que él. Ambos entrelazados en el sentimiento mismo de la oportunidad, en el mismo deseo.

Elvis Presley no aquietaba los nervios, pero al menos el coro de ‘Suspiciuos mind’ le hacía mover su boca, quizás la única parte de su cuerpo que lograba moverse con naturalidad. Al llegar al estadio, su viejo lo miró y le dijo: «Tranquilo, juega como siempre, como en el barrio, va salir todo bien». Luego le besó la frente y le dio una cachetada fuerte-fuerte en la mejilla para que despabilara. Y despabiló.

La charla fue concreta, se repitió lo mismo que durante la semana y terminó con una arenga bien gritada y llena de garabatos sumergidos en emociones profundas: se tocó la rivalidad, la familia, los sueños. Con el corazón acelerado, ‘El Quisco’ ingresó a la cancha, y aunque las gradas aún no estaban llenas, pues faltaban 3 horas para el partido central, el hecho de mirar a la preferencial y ver a sus abuelos, tíos, primos, hermanos, viejo y vieja, obviamente, lo hizo tragar saliva. Saliva seca, saliva tensa. ‘El Quisco’ no era un titular indiscutido ni mucho menos, pero era de quienes más entrenaba, que más ganas metía; era de esos futbolistas confiables que si les dabas una instrucción, la cumplía. Técnicamente decente, tampoco Messi, pero por sobre todo, tenía garra.

Pitazo inicial y las piernas pesadas, poco a poco, se comenzaron a soltar. El primer contacto con la pelota generó el mismo alivio que genera el primer beso; se cortó el hielo. Sintió descontrol, mientras su cuerpo funcionaba sin pasar por los pensamientos.

Las galerías comenzaban a llenarse y con ello, la espontanea adrenalina del juego, se volvía intenso y golpeado.

El juego se desarrollaba básicamente por la derecha, así que demasiadas intervenciones no tenía. Un bonito cambio de frente, una buena patada al 9 rival y siempre bien atento al 8, a quien manoteaba, tiraba de la polera y suspiraba tiernas palabras que aprendió en la calle viviendo. Porque así creció ‘El Quisco’, perdiendo y ganando el tiempo consigo mismo, junto a la pelota corriendo, sumando amigos, hasta que fuera la hora de once y volver a su casa bien hediondo y contento.

En el entretiempo fue felicitado por su técnico: «Bien Quisco, vas bien hueón».

En la tribuna, su familia conversaba cada una de las acciones en que su orgullo participaba. La abuela incluso reclamaba: «Se la pasan demasiado poco».

Playa ancha ya tenía cerca de 8 mil espectadores, los canticos y el bombo comenzaban a hacerse presentes. La sangre hervía, así como el partido, que no se destrababa y seguía su curso por derecha: el 10 del Everton viajaba por ahí, y el 7 del Wanderers era el distinto. El enganche del equipo de viñamarino era jodido, pisaba y hablaba, además de mirar el espacio sin preocuparse de la distancia. La cantidad e chuletas que se ganó esa tarde. El 7 del wandereres también tenía lo suyo: enganchaba sin pelota, con los ojos. ‘El Quisco’ al lado de esos dos era un jugador modesto, pero nunca estuvo quieto, y al árbitro, le sacó la madre. De barsa, ni siquiera se justficaba, pero estaba ahí. Se ganó amarilla.

0-0, minuto 85, contragolpe para el Wanderers. La lleva el 7, va encarando, parece imparable, hasta que lo bajan, sin embargo, la pelota queda suelta y la toma el lateral del local. Parece una pichanga, porque todo está concentrado alrededor de la bola, salvo ‘El Quisco’, que está solo por la izquierda; el lateral lo ve y se la lanza, la recepción fue buena y tiene el tiro. La familia completa se levanta, como todos los de remera verde. Un segundo estancado en la cabeza del muchacho que duda entre el puntete, el empeine o colocarla con el interno. El arquero sale un poco, pero no cubre demasiado, aunque eso daba lo mismo. Cerró los ojos: ¡¡Le pegó con el alma!! …Sin embargo, La pelota salió disparada a la galería rival, en velocidad supersónica, a la altura del penal de Higuaín. ‘El Quisco’ recién volvió en sí cuando ya había pasado la mejor pifiadera de la tarde, porque no alcanzó ni para el ‘uuuhhh’.

El partido terminaría 0-0, y nuestro héroe, no volvería a ser titular. Sus sueños italianos también se extinguieron.

La historia su padre la cuenta en cada asado familiar, sin frustración, cagado de la risa, como se cuentan las historias de vida. Él, ya más calvo y arrugado, asiente colorado, como se mira algunas veces el pasado. Pero es su momento protagonico, siempre, cada vez que se prende el fuego. Y lo revive, y mueve el pie, y jalea su cabeza.

Años después, conoció a la que es ahora su señora, a ella siempre le dijo que el problema había sido de la cancha, que estaba dispareja. No hace mucho, fueron juntos al estadio, y en la misma posición, Marco Medel falló una jugada idéntica y la mandó donde mismo. Con los ojos bien abiertos, él la miró y le dijo: «¡¡Viste que era la cancha!!» Ella lo miró, y aunque esceptica, le respondió: «Sí, mi amor», y lo besó sonriendo. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*