El primer gol de Asisat

Lagos, Nigeria. Asisat toma una pequeña esfera de trapo que su madre hace unos días le hizo con los restos que encontró mientras buscaba algo de comida por las calles polvorientas. Juega con ella, disfruta mover su cuerpo y echar a rodar la imaginación; esa verdadera, atemporal y que no se arrastra por medio de la realidad. Desconoce la angustia de su madre que camina más adelante junto a su hermana mayor, quienes a paso acelerado y con los ojos bien abiertos esquivan el miedo propuesto, buscando un lugar donde pasar la noche. Vienen arrancando del norte, presas del delirio de mitos instalados y de la voluntad de un dios mal interpretado. La joven madre de 24 años huyó antes de ser expulsada, no ha tenido un hijo varón y su marido, así como la familia de este, ya perdieron la paciencia. Asisat sólo juega, tiene apenas 4 años, demasiado poco como para estar contaminada por los vicios culturales de un dominio trasnochado.

La pequeña tiene frío y un poco de hambre, pero ha descubierto un modo de olvidarse de eso: patear el trapo con los pies. Además, ya ha visto que varios niños lo hacen y juegan en conjunto. Ingenuamente quiere ser parte de lo mismo, simplemente porque quiere entretenerse, hacer amigos, sonreír.

La mujer de una tienda acoge a las tres fugitivas, fugitivas especiales, pues en realidad nadie las anda buscando, más bien son prisioneras, prisioneras con las puertas abiertas que dan a un horno caliente. La mujer parece urbanizada, usa tacos y tiene una televisión. En la tienda vende dulces y refrescos, así se gana la vida tras la muerte de su esposo en la faena petrolera, esa que le está dando una perspectiva económica sin límites al país africano, pero como es de suponer, sin ideas y todo para unos pocos. Ella observa en los ojos de la joven madre la ausencia de destino, además de mucho miedo, y en las niñas, oye los retorcijones por la falta de comida. Les sirve un ‘chin chin’ (rosquilla frita) que devoran en breve y les enciende la televisión. Al hacerlo deja ver su brazo lleno de cicatrices.

A diferencia de la familia que acaba de llegar, ella viene del sur, de la parte ‘católica’ del país; también debió huir, en su caso, por ser considerada bruja al atraer la vista de un viejo caliente. De cierta forma con las tres ahí recuerda esos días, las entiende y siente un pequeño deber. Aunque tampoco tiene mucho, tan solo unos billetes de bajo valor. De pronto la televisión le recuerda algo importante: el partido.

Es 1 de julio de 1999 y como pocas veces en la pantalla nigeriana se transmitirá un juego de fútbol femenino. Son las ‘Niger Queen’, la selección de mujeres que disputa el mundial de EE.UU y que tienen revolucionado al país. Nadie hubiera creído posible algo así, menos en una sociedad endemoniadamente machista como la nigeriana, pero el fútbol es el fútbol. Sí, tierra y vestigio de hombres, ese lugar donde, de cierta forma, el macho aprende a descifrar sus sentimientos; ese lado oculto y caótico, en que predomina la pasión. Sin embargo, no exclusivo, porque la redonda rueda, atrapa y da forma, como la gravedad. Y tanto la mujer de la tienda, como la joven madre, la pequeña Asisat y su hermana grande, se percibieron en esa lejana cancha, delirando frente al ritmo, el contacto, y esas mujeres libres. Ninguna de las cuatro puede cerrar los ojos, pero esta vez es por algo agradable y emocionante.

La dirección de televisión gringa persigue constante y majaderamente los pechos de una rubia de la tribuna, es la nefasta cultura dominante, aunque la excitación por el partido es tan grande que para el estadio en medio de la tienda es apenas un detalle. Brasil cada vez que acelera llega hasta al área, pero Nigeria responde con velocidad y pelotazos a los espacios. No están Ronaldo ni Kanú, pero adentro hay barridas, cambios de frente y buenos amagues. Y el partido es espectacular: 3-3 y a tiempo extra. La pequeña Asisat jala la falda de su madre para que le pase la pelota de trapo.

Las meninas tienen playa y sacan el toque en el suplementario: tic, tac, pun, pan, la diagonal de la muerte y al ángulo. El estadio de Maryland, con 54 mil personas, clava el estruendo. Nigeria quiere más, lo busca con honor, sujetas en la fuerza que les ha dado la cancha de tierra, las patas peladas y la falta de ayuda, pero no es suficiente.

El partido acabó 4-3 para Brasil y el equipo nigeriano se despide en cuartos de final. Las lágrimas de las jugadores abundan, también en las cuatro morenas de dientes blancos que están en la tienda. Pero para la pequeña Asisat no es momento para estirar los dramas, ella es de otra época, de la época de la niñez, y sale despedida a jugar a una plaza de cemento que hay al frente, también va su hermana que se llenó de coraje. Su madre teme y corre a buscarlas, pero al llegar a ellas se da cuenta que no debe detenerlas, porque esconderse sería dejar todo quieto.

Unos niños se acercan y piden jugar con ellas; hacen un arco y comienzan la pichanga. Es la primera vez que juegan con unas niñas, ¡y al fútbol!, pero acaban de ver a unas compatriotas en la televisión que dieron la cara y jugaron mejor que muchos, ¿por qué no?

Asisat se gana una chuleta y cae al suelo llorando. El juego se frena, pero sólo un momento, pues de la nada va en busca del balón y ligera, convierte un gol. Fue su primer gol y lo celebró con el alma. El primero de muchos, pues nunca más se detuvo, ni la detuvo su madre, quien ya no quiso caminar con miedo en medio del tiempo.
Asisat creció fuerte y vigorosa; hoy tiene 23 años, y es futbolista. ‪#‎BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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