El penal de Guillermo García

La profesora de Biología dictaba aburridamente y sin matices sobre genética, pero Guillermo amagaba con el lápiz mientras movía con ansiedad sus breves piernas; el partido por los cuartos de final estaba a minutos, sólo eso podía importarle, y cómo no, si desde que salió prematuro de la barriga de su madre que sintió la cómplice debilidad por la pelota. A mí tampoco me interesaba demasiado lo que alguna vez hizo Gregor Mendel, en mi hoja estaba la disposición del equipo y otras rayas sin sentido del idioma de los nervios. El silencio adentro de la sala aumentaba la sensación de excitación, latiendo desde la garganta, respirando de forma mordida, reconociendo en la temperatura de la sangre la importancia del compromiso. «¿Cuánto falta?», me preguntó en voz baja. Ya era la hora. Inmediatamente cerramos nuestros cuadernos, tomamos los bolsos y el sexteto del segundo medio B iba en busca de la hazaña: ganarle al encopetado segundo medio C después de cinco tormentosos años. Bastó un «¡Vamos chiquillos!» desde el otro lado de la sala para que el resto se plegara, ellos también querían ganar, aunque no jugaran iban a estar ahí, como hinchas, como curso que se mira a diario y se ve crecer desde los dientes de leche, el jugo en caja y masticando Súper 8.

Llegamos al camarín y nuestros rivales ya se cambiaban, se veían relajados, casi prepotentes, confiados en que la paternidad se mantendría; se sabían buenos, la pisaban, tenían cuneta, lenguaje pelotero y los números titulares en la selección del colegio. Nosotros queríamos la revancha y justamente en ese escenario, en «El torneo de los recreos», con toda la escuela mirando. Eran quince minutos en que todo se concentraba en la cancha del patio central, la pasión y el respeto entremedio de dos timbres. Mientras en el centro de Santiago el plomo y la tensión urbana dominaban el transito normal de la vida moderna, un breve paréntesis en un viejo establecimiento de la Alameda abría la adrenalina de la mañana, educando con sudor y piernas que tiemblan pero jugando se endurecen, dejando a un lado la pizarra y la moralina que escinde, sacando carácter, pateando la redonda.

Guillermo se miró en el espejo, se acomodó el jopo una vez más y soltó una risa nerviosa, su tic de siempre. La noche anterior había dormido poco, intranquilo por la instancia, fantaseando imágenes heroicas, ojalá el gol del triunfo en el último segundo, con Paulina mirando. Sí, el muchacho que creció en el barrio Brasil, en medio de bocinas, bohemia y rodamientos, siempre fue y será incansablemente enamoradizo, basta una leve mirada para que el rollo tome forma. Por esos días nuestro galán vivía un periodo de pletórica confianza, había dado el ‘estirón’ y con su metro cincuenta y cinco quemaba las tardes joteando. Caminaba canchero por los pasillos con su rostro moreno, ese cabello negro que ni una tormenta logra darle movilidad, una cicatriz a lo Harry Potter producto de un bombo que le cayó en la frente y una ponchera que con los años, la cerveza y los churrascos ha evolucionado orgullosamente. Efectivamente, un churrazo típicamente nacional. Más de una incauta cayó rendida ante el verso tribunero del goleador, que se daba el lujo de llevarlas a pasear al cerro Santa Lucía, sin niuno; e incluso cuenta la leyenda que una vez eructó en pleno beso, ahogando a la pobre dama, justo después de comerse un pan con jamón. Pero nada dinamita a una persona que encuentra el camino de la seguridad, salvo fijarse en la persona equivocada, un don humano democrático y transversal que Guillermo ha sabido liderar sin pausa. Paulina caía en ese grupo selecto de mujeres, además nuestro personaje cometió el grave error de entrar en la zona de la amistad, hablando de pelis, la familia y todo el bla bla. Así, en vez de mirarle el cuello, le daba consejos. Paulina le tomó cariño, en definitiva, lo sentó en la banca eterna. Sin embargo, los sentimientos no se evaporan por decreto, perseveran en el cuerpo y arrastran nuestras ilusiones, hasta que se entierran. Guillermo no estaba dispuesto a echarse tierra encima y con esa mentalidad entró al campo de juego, y si hacía un gol la miraría y se lo dedicaría.

La arenga en el centro del campo, las últimas ideas y atestiguar como poco a poco el natural estadio se poblaba. Habíamos insistido en jugar por abajo, tocando y no dar espacios en la salida, pero toda esa planificación se olvidó apenas sonó el primer timbre: nos desorientamos, caímos en la desesperación de no tener la pelota y jugar a diez metros de nuestro arco. El baile no era cuento y en cinco minutos ya estábamos cayendo por tres goles. Quiñones en el arco, sin guantes, no intimidaba a nadie y el resto de nosotros simplemente andaba a las patadas y pases sin destino. Padilla, el central, se fue para adelante; yo, el media punta y cero marca, me fui de líbero; Mujica, el otro defensa, hacía lo que podía; Pancho, el volante, pesaba menos que compromiso de político. Guillermo, también conocido como «Huevo» -apodo heredado por su padre-, sólo la veía pasar. El papelón se estaba viviendo. Pero la vergüenza condujo al amor propio y el libreto noventero se tiró a la basura; la misma desorientación atrapó al equipo contrario que comenzó a hacer una de más, y en esa línea de nuevo rico mostrando los billetes, se achancharon mientras nosotros nos pusimos el overol y a jugar directo. La nueva estrategia se dio sola, por necesaria sobrevivencia: ellos desperdiciaban sus opciones y desde arco propio yo pateaba al otro lado, con toda la fuerza que podía meterle y que un roce o rebote hiciera el milagro. Y sin hacer nada más que eso, además de prender la velita cada vez que estuvieron a boca de jarro, llegaron los descuentos. Padilla por dos y del caldo de los primeros minutos a estar a un gol del empate. Ellos se fueron para atrás, y de pronto nosotros los teníamos atados y con miedo. Faltaba muy poco para que todo acabara, pero a pesar de la insistencia el gol no llegaba, hasta que sucedió lo inexplicable: un globo con olor a melón con vino que iba para cualquier parte, se transformó en un rayo que se clavó en la red. Había sido Guillermo, el siempre cuestionado delantero de metro y medio, dio un brinco inesperado e imposible y cambió el destino de lo que era cualquier cosa. Empate, el segundo timbre, una celebración desatada y a penales. Por supuesto en ningún momento se acordó de Paulina. ¡¿Qué podía importar ella en ese momento?! Era un momento personal, íntegramente personal: amistad y fútbol, lo otro, teleserie del corazón.

Nadie regresó a sus clases y muchos se metieron a la cancha a ver la definición. Teníamos la posibilidad de cambiar nuestro destino desde el punto de sentencia, con todo el morbo y la aceleración que aquello presenta. Convirtió Padilla, convirtió Guillermo, ellos erraron. Era mi turno y de hacerlo pasábamos a semis: tomé aire, todos me gritaban y me decían para donde tenía que ir la pelota, me fui a negro, quise fusilar, pero me fusilé y salió un cañón sin comba directo a las manos del portero. Nunca olvidé ese penal. Igualados, todo quedaría pendiente hasta el termino de la jornada escolar.

Volví con la cabeza abajo, sin querer mirar a nadie, necesitaba una revancha. En el segundo medio B ya no se hablaba de otra cosa más que de la definición. La guata estaba apretada, tensa y los pensamientos no hacían más que patear penales. Guillermo vivía un momento de héroe y sin dudas era la mejor oportunidad de ver a Paulina. Las horas pasaron y regresamos el punto de sentencia. Pero el calor de la hazaña se había enfriado y atorados, llenos de burbujas en la cabeza, la vendimos. Padilla falló de entrada, a lo Caszelly, por el contrario, ellos embocaron las dos. Tocaba el turno de Guillermo, la figura reciente. Pero en esa eterna irregularidad que tienen nuestros cracks, el peso de la historia se apoderó de «Huevo»: tomó carrera y con todo el pie plano, ejecutó una masita sin leche que se fue dando botecitos por el lado. El colegio quedó estupefacto. La risa nerviosa apareció de inmediato, pero la ausencia del pito del arbitro recobró nuestras esperanzas. Así, con penal repetido y todo subrayado, la escena dramática nuevamente. Se puso delante del balón, respiró profundo y desde afuera se escuchó un suave y femenino «dale, Huevo». Era Paulina. Guillermo salió disparado, encendido como un volcán y el pelotazo voló, voló y voló hasta que el estruendo en la reja dijo que habíamos quedado eliminados. Guillermo se tiró al suelo, Paulina tomó su mochila y se fue a casa, tranquila, como si nada hubiese pasado. Yo me quedé sin revancha, pero de mi error nunca nadie más se acordó, y siempre, cada vez que nos juntamos recordamos entre risas el penal de Guillermo García, la pelota volando, el sonido de la reja y nuestra derrota.

Hoy Guillermo tiene 31 años, trabaja como abogado y sigue el mundo del fútbol como siempre lo ha hecho, como ese vicio humano indispensable para encontrarle sabor y pasión a los segundos, junto a esa bipolaridad de lo común y lo improbable, de ser el héroe y el villano. Y también sigue yendo al cerro Santa Lucía, a hacer de las suyas. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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