El milagro que terminó en carnaval arriba de un bus

Los tablones del viejo Estadio Luis Valenzuela Hermosilla crujen y el estéreo de la cumbia que sale de los parlantes se entrelaza con la ansiedad de las diez mil personas que lo colman. La ciudad de Copiapó arde por una revancha, la temporada anterior quedaron a un paso del profesionalismo, pero en un una final de nervios asfixiantes, Lota les amagó la posibilidad conseguir el ascenso. Ese puñal todavía está clavado en el corazón de la gente y de varios de los jugadores, pese al ‘campañón’ del equipo.

La proximidad con el objetivo y el posterior desenlace del torneo pasado invitan a una expectativa contenida, a esa desagradable sensación de prudencia cuando la sinceridad reclama desbordar, pero se sabe, el hincha una vez se va acercando el momento simplemente se entrega a su sangre y a la estrella que el fútbol determine. Faltan minutos y en Copiapó la adrenalina comienza a desatarse.

El León «Macaya», la mascota del equipo, realiza el show previo al partido, distiende el ambiente con particulares bailes, tiene más personalidad que Guido Girardi tirándose a la reelección y por supuesto que se gana más de una patada en el culo por parte los niños que se han colado en el campo de juego. El anoréxico León trata de pillarlos, pero no lo logra y la carcajada es colectiva.

Deportes Copiapó tiene el destino en sus manos, al menos para disputar nuevamente un eventual partido de definición. Es la última fecha del cuadrangular final de la tercera división del fútbol chileno del año 2002 y llega junto a Malleco Unido en la primera posición de la tabla. Si ambos vencen, habrá final en campo neutral. Claro que mientras el equipo nortino recibe a un alicaído y sin opciones Iberia de Los Ángeles, el otro aspirante debe ir a la siempre difícil casa de Trasandino de los Andes, quienes aún conservan algunas mínimas chances matemáticas.

La arenga del técnico del equipo local, Gerardo Silva, ha sido emotiva, honesta, implicada; de cierta forma se la da a sí mismo, porque al igual que esos muchachos que no superan los 23 años de edad, ha estado batallando desde abajo, sin diagonales, sin prensa limpia caminos, ni amigos representantes, además de lidiar con los prejuicios de no haber sido futbolista profesional. Por eso mismo este momento puede validarlo definitivamente dentro de un medio receloso y conservador. Sus palabras combaten la bulla del ambiente, la presión que se respira y los latidos de ese camarín que parecen venir desde los mismos oídos. La última instrucción futbolística es una reafirmación de las ideas trabajadas durante la semana: ya sólo queda salir a la cancha a entregarlo todo.

Gerardo Silva observa el ingreso de sus muchachos desde una caseta en la tribuna, nervioso, moviéndose constantemente. En el banco ha quedado a cargo el Pepe Ordenes, quien pese a tener muchos años de circo pelotero, se emociona con el recibimiento que le brinda la hinchada; nunca antes Copiapó ha sido campeón, el entusiasmo es inevitable. El capitán Martín Díaz reúne a todos sus compañeros en el centro del campo, les dice que hay que jugar con el corazón, pero también con la cabeza: «¡¡Con calma, con calma, que va salir todo bien!!».

Sin embargo, rápidamente el temor de una nueva frustración aparece. Iberia está volando, torpedeando cada conexión de Copiapó, corriendo a cada pelota con vehemencia. Los susurros de sospecha son inevitables, la literatura del famoso ‘hombre del maletín’ fascina la imaginación y las puteadas de los forofos no esperan por dejarse caer. Para colmo, en ese ímpetu a la visita les sale una buenísima y clavan el silencio. Iberia pasa a ganarlo. Paralelamente, en las distintas radios a pilas que acompañan el partido, se escucha otro gol que definitivamente enfría el pecho del «Luis Valenzuela Hermosilla»: hay gol de Malleco Unido. El entorno se transmite al césped y los nervios hacen desprolijas las paredes. «El Duro» Álvarez y «El cabezón» Cuellar se dicen de todo, hay cierto desconcierto en el terreno de juego y los minutos pasan.

El entretiempo calma los ánimos, Gerardo Silva, desde un Nokia negro llama para corregir el entuerto, mientras «El Toro» Moscoso le pide a Jorge Lagunas, el goleador del equipo, que por favor aparezca. Jorge Lagunas, que lleva 34 goles en el campeonato, se ha ganado el apodo del «Expreso del norte», y más que nunca necesitan de él. Más de una calcetinera tiene pegado su autógrafo en la pared de su pieza, y las jóvenes promesas de la ciudad lo miran a él como el delantero a imitar; él lo sabe, la defensa rival también y ya lo tienen todo moreteado.

El segundo tiempo arranca mejor para Copiapó, pero el gol no cae; los minutos se van quemando y el medio campo se parte, haciéndose un partido de ida y vuelta, infartante. El arquero de Iberia, por su parte, parece farmacia buscando esquina, llevándose todo a sus manos. El partido se va extinguiendo y las lagrimas empiezan a caer por las mejillas de la multitud. Los periodistas, que pocas horas antes llenaban de elogios al cuerpo técnico y al plantel, comienzan con el volcán de críticas. Sin embargo, el amor propio no se detuvo y Jorge Lagunas logra el empate sobre el final. El gol se grita con fuerza en el estadio, pero en la otra cancha Malleco sigue ganando. El partido se acaba, los jugadores se rinden en el piso, Gerardo Silva traga saliva seca. Del estadio nadie se mueve, la pena los tiene estáticos.

Pero algo ocurre de pronto y comienza un desahogo brutal, emotivo, inesperado, mágico. Las banderas comienzan a flamear nuevamente: gol de Trasandino en el minuto 94. Y lo más increíble de todo, es que fue un gol de mitad de cancha, un despeje largo…¡¡Del arquero de Transandino!! Sí, Valencia, ex portero curiosamente de Copiapó, vio que su colega estaba celebrando prematuramente y mandó un melón con vino para adelante, el viento y los milagros que brinda el camino futbolístico hicieron el resto. Lo celebró con todo.

No se puede creer y los abrazos se multiplican por todos lados, da lo mismo si se conocen o no, todos se abrazan: habrá partido de definición, se estira la esperanza. El Mandy y el César, los utileros dan una anticipada vuelta olímpica y el preparador de arqueros Jacob Barraza, místico, bueno para el té verde, los inciensos y las nenas que hacen yoga, se juramenta no volver a pasar por algo parecido. El resto ya estaba escrito.

El 18 de Diciembre del 2002, Gerardo Silva conquistó la atención de sus dirigidos, ya no habían cumbias ni latidos que interfirieran, sólo fútbol y el deseo inmenso de lograr el objetivo. Jacob Barraza pasó agua bendita con hojas de ruda por los zapatos de todo el plantel, «No perdemos nicagando», aseguró y los muchachos le creyeron. Silva, que no estaba para cuentos de brujos, mandó a la cancha astutamente a Vicente Núñez, a bloquear al «Guatón» Venegas, el crack de Malleco, a quien Núñez conocía de las inferiores de Ñublense.

El municipal de Puente Alto, en Santiago, recibió a ambos equipos. La hinchada de «Los Tarritos» de Copiapó cruzó 800 kilómetros con varios buses; los futbolistas y Gerardo Silva, habían cruzado una vida entera para ese momento y así jugaron. No le dieron tregua a un rival que llegó herido. David Cubillos a los ’11, luego un triplete del «Expreso del Norte», otro doblete de «El Toro» Moscoso, uno del talentoso Marco Álvarez sellaron una goleada de aquellas. Vicente Núñez cumplió el cometido y emocionado se acercó a su técnico al final del partido y le dijo: «Cumplí, profe, cumplí». Claro que el «Guatón» Venegas era bueno y también lo conocía a él y fue el autor del descuento. Una raya para el tigre en un 7-1 histórico, digno desenlace de un milagro apasionado.

Deportes Copiapó lograba así su primer y único título de su historia y ascendía al fútbol profesional. Gerardo Silva desmitificaba los prejuicios sobre su persona. Jacob Barraza se consolidaba como un brujo temible. Lagunas fue elegido el mejor jugador del fútbol amateur chileno.
El equipo recibió el cariño de la gente en su vuelta a la Copiapó, quienes los esperaban en la desértica carretera para festejar. Los futbolistas no se aguantaron y sin miedo se subieron arriba del bus a participar del carnaval, qué importaba, ya nada malo podía pasar. Salvo al León «Macaya», que se terminó cayendo; una vez en el suelo, los niños lo agarraron a patadas nuevamente. ‪#‎BB‬

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Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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