El matrimonio

“Sí, quiero”, dijo ella de forma precipitada, acelerada y fuerte, con la seguridad de quien ya ha dado esa respuesta más mil veces en su cabeza y entregada al momento, simplemente la soltó desde adentro, con alegría, también con alivio. Y por supuesto, para que se escuchara fuerte y claro, para que a nadie le quedaran dudas. Luego de eso, un beso tierno, de esos breves pero infinitamente cómplices. La barra, desde atrás, ya pudo soltar los aplausos, también una que otra talla, mal que mal estamos en Chile y sin carcajada, la cosa no anda. Tras algunos discursos, nos fuimos al aperitivo, luego a la comida y ya con varias copas de vino, las fotos de rigor. Una vez acabada la formalidad, nos sacamos los disfraces.

Estábamos en el campo de Toro, compañero de colegio del novio, Pancho, quien no dudó en instalar un concepto que muchos manosean pero que pocos aplican: lo sencillo. Nada de pompas ni demasiado revuelo; eso implica por cierto un buen asado, pero fundamentalmente componerse de las costumbres que llevan a una persona a ser quien es sin la necesidad de montar una elegante apariencia ni manoseadas sofisticaciones: al aire libre, bajo la tutela del autoservicio, los álamos del costado y un precioso ceibo que cobijó la ceremonia, el almuerzo y a más de un curado. Y si había que ser, las camisas volaron, tal como los pantalones, y empezó el recreo.

Los arcos puestos y dispuestos, short, pata pelada, 8 por lado y empezó la pichanga. Sí, la pichanga. Por un lado, el equipo del colegio más un par de refuerzos; por el otro, el equipo de la universidad más un par de pololos de las amigas de la novia y el novio. Me acerqué a mi equipo (los del colegio) y arengué como a los 15 años: “¡Ganemos, weón!”; el ‘huevo’, sin pestañear, reaccionó de inmediato: “No perdemos nicagando”. Ya con el espíritu instalado, le dimos. A decir verdad, buenas jugadas no aparecieron, pero nos cagamos de la risa: al Pancho lo matamos a patadas. Hubo uno que otro gol bonito, un par de gambetas, pero todo se consumió bajo el poco espacio y una movilidad mermada, fruto de los años, del copete que ya viajaba por el cuerpo y por las expectativas de un día que todavía seguía y prometía. Aún así, a ratos el partido se calentó, a nosotros nos trataron de cagar con un gol y eso ofuscó los ánimos; además, había publico, sobretodo femenino, y eso siempre motiva. Yo ya le había echado el ojo a un par, siempre hay que estar atento a la siguiente jugada. Finalmente caímos derrotados 4-3; cuando íbamos 3-2 arriba, pude sentenciarlo, pero me lo tragué solo y eso que le metí el borde interno, claro que demasiado fuerte y se fue un poquito alta; tras cartón, nos mataron con dos contras y una vez arriba en la cuenta, Pancho se acabronó y dio por finalizado el encuentro. Reconozco que salí picado, pero a fin de cuentas era su día, qué le íbamos a hacer. Luego de eso, el mejor manguereo y salieron las piscolas.

La tarde se consumió en las conversaciones típicas, el pololeo de los amantes y los coqueteos llenos de mentiras entre los solteros. También las historias de siempre, esas que se cuentan una y otra vez, porque, tal vez, las necesitamos de vuelta; es que la felicidad es presente, pero también pasado y rescatarla nuevamente, un ejercicio ingenuamente oportuno.

Llegó la noche, con ella el viento, también el deseo de hueveo. Pusimos los parlantes en el pasillo que va por fuera de la casa y desde ahí, se abrió el mambo. La cosa al principio estaba tímida, ni las minas le ponían al baile, ni los galanes iban en búsqueda de un ‘No, gracias’. Aunque claro, en este caso, era imposible que te dijeran que ‘No’. Lo cierto es que la música corría, pero la cosa aún no se encendía, hasta que pasó lo increíble.

Su nombre es Héctor, un tipo serio, casi inexpresivo, como si su cara fuera un permanente punto suspensivo. A ratos su ausencia de emociones y matices, descoloca. Y en medio de ese rostro impertérrito, un humor negro silencioso, de ráfagas, oscuro, abominablemente oscuro. Y si aún así el lector todavía no configura del todo su personalidad, su voz es ronca y es marino; de costumbres abominablemente de marino. Sin embargo, era el matrimonio de ‘Panchito’, como lo llama, y había que salvar el honor y la plata. ‘Humos al norte, la batalla es desigual, pero vamos qué vamos’ fue su consigna y espoleado por la bendición del alcohol, se desató.

‘Everybody, yeeeah; rock your body, yeeeah;… backstreets boys, alright’ y un salto con patada estilo ‘Karate kid’. Micrófono en mano, el marino no sólo se puso a cantar ese añoso y escalofriante hit noventero, también imprimió toda la coreografía que dicta el manual: pierna en 90 grados, palma estirada contactando con la nariz y cabeza con tics hacía la izquierda; movimientos pélvicos, acompañados de hombros que ondulaban; y cómo no, una silla en modo vedeto. ¡DEJÓ LA PATÁ! El weón más serio, en el que menos esperanzas había, tenía a las minas gritando eufóricas y a nosotros en plan hinchas, con los brazos pa’ arriba. Una vez acabó la performance, prácticamente sin sudor, le lanzó a la chiquilla que había puesto el celular y que seguía pasmada: “¡Ya, ahora, ‘I want it that way!”, y la carcajada conjunta se comió la noche.

Tras eso, ya era imposible detener la inercia, el impacto fue brutal. Una morena agarró el micrófono y le metió Shakira, otro audaz se fue con ‘Corazón’ de los Auténticos Decadentes y la cantamos todos. Yo no me quedé atrás y quería que partiera el baile, así que le puse a esa valiosa y llena de sabiduría: ‘Ella no está enamorada de mi, pero le gusta como ye le doy…’ Las faldas se encendieron, los machos persiguieron y el bailongo que no se frenó más. Los novios le pusieron weno y se bailaron una salsa juntita y calentita; también apareció el mítico e infaltable trencito, que duró 15 segundos, pero fue eléctrico, con vida propia. Trucos, trucos y papelones: como el Pipe que no cachó que se quiso engrupir a la esposa del ‘Andy Murray’. Se pasa bien con tan poco.

A la mañana siguiente, hubo que ordenar toda la cagada y aunque exhaustos, llenos por dentro. Observé el pasillo por última vez, estaba tranquilo y silencioso; guardando misterioso el frenesí que lo tuvo de testigo de una juerga inolvidable.

Cuando me iba, Pancho la abrazaba a ella, la Dani; era un abrazo sincero, reciproco, de cierta forma, inmenso. Me robó un suspiro, también un poco de envidia, también mucha alegría, mal que mal, es uno de mis mejores amigos.

Manejaba el marino, yo iba atrás; lo llamó su señora, quien no pudo ir. Ella le preguntó qué cómo había estado: él le dijo, “Bailé Backstreet Boys”. “Estabas como pico”, le respondió ella y se largó a reír. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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