El Matador

Hace exactamente 42 años, en la ciudad de Temuco, nació un jugador espectacular, un fenómeno. No hubo que llevarlo de a poco, él iba adelantado, en clave prodigio, barriendo con el escepticismo de los tópicos comunes, esos que hablan de paciencia y madurez.

No lloró al distanciarse de su familia cuando llegó a Santiago, perseguía lo que amaba, con deseo hirviente y firmeza araucana terca. A los 18 años clavó en la ruda Calama su primer gol, comenzando a soltar el rumor. Un par de meses después, a Nacional lleno, 3 pepas en el clásico ante Colo Colo quemaron el codo norte y al sur le aparecía un nuevo héroe: “El Matador”. El romance entre el zurdo delantero y Universidad de Chile se estiraría hasta más allá de las palabras y del tiempo. Sería cosa de meses para que también vistiese de rojo, y al primer toque una estocada frente a la albiceleste de Maradona. Nunca en pequeño, sin permiso, como galán confiado: a primera vista.

La cima de Chile por dos y un paso revolucionario, de perfil cultural: adueñarse de la admiración trasandina. El eco del complejo retumbaba con fuerza dentro del coloquio patrio “en Argentina desaparecerá”, y lo confirmaba el talante engreído de Bilardo que bajó el pulgar de su llegada a Boca Juniors por tratarse de un “chilenito”. Aquello no lo amilanó, por el contrario, lo llenó de rabia, cruzando vereda para jugar en River Plate. En el conjunto “Millonario” convirtió su nombre en impacto planetario. Recién en la sexta fecha tomó la titular, justo en la Bombonera contra el Boca de Bilardo: su gol era una obviedad divina. De ahí en más sacudió en todas las importantes, ganándolo todo, con él como eje total. Desde las tribunas caía la cascada del “¡¡Chileeee-Chileeenoooo!!” que nunca antes se oyó, y que para quienes viven este juego con romance atemporal seguimos oyendo.

Paralelamente en la selección chilena se vestía de inmenso para las bravas, como aquella final frente a Perú que hizo tres, mostrando escudo y garabato. Junto a un tal Zamorano conformó una dupla ofensiva inolvidable, liderando los pasos de un retorno mundial; mundial en el que convirtió cuatro goles, dos de ellos a Italia. Sería justamente Italia el siguiente destino. En una tonelada de billetes, Lazio, que irrumpía como el nuevo rico del mercado, se llevaba al mejor jugador de América. Salas firmó y a los días silenciaba Wembley dejando su imagen, llena de gol, para siempre.

En el cuadro romano fue estrella y campeón, siendo su imagen más vendida que la de cualquier santo afuera del Vaticano. El Calcio, la liga más poderosa de la época, estaba a sus pies. Y así apareció el salto natural: Juventus. Paradójicamente, sería el comienzo del declive: una maldita cruda y grave lesión a las pocas fechas terminaría con el ascenso cuando apenas tenía 26 años.

El Matador era un delantero estético, pero de carácter fiero. Sin ser rápido, poseía una aceleración explosiva a la que sumaba un control exquisito. Su capacidad técnica iba en el borde lirico y la capacidad asociativa presentaba una inteligencia abismal. Él no necesitó de un Guardiola para comprender las pausas, hacer el retorno al compañero y picar; él brindaba el ritmo de juego. Descendía y filtraba el pase en la selva. Y pisaba el área sin que nada le temblara, definiendo a un palo con suavidad o una bomba, porque empeine de barrio tenía.

Tras la lesión, a su juego se le restó agilidad, aún cuando seguía marcando ostensibles diferencias con el común de los jugadores. Pero el freno causó que su destino de dominio global se fracturara. Partidos y goles épicos tiene demasiados, incluso en el ocaso de su carrera, como ese par de goles en el Centenario cuando hizo de traductor de carácter entre Bielsa y el resto de muchachos que luego lo ganarían todo. Pero es justamente en ese espacio poco recordado, luego de la lesión, con el que pretendo cerrar esta pequeña y general semblanza:

Era 24 de agosto del año 2003. Nos bajamos del taxi y corrimos a toda velocidad a sugerencia del conductor: “¡Y no digan que son chilenos!”, fue el último mensaje que escuchamos antes de cerrar la puerta. Con la polola que tenía en esos tiempos nos habíamos arrancado a Buenos Aires a una aventura persuadida solamente por el ídolo. El viejo estadio Doble Visera en Avellaneda y nosotros bajo el éxtasis de poder, al fin, experimentar en carne propia el significado del delantero en tierra che. Él había regresado de Juventus para jugar nuevamente en River Plate. Manuel Pellegrini dirigía el banco de la banda sangre. Y también estaba el flaco Olarra, sumando yapa, en la defensa de Independiente. Un partido, para nosotros, sumamente emotivo. El viaje además tuvo toda la malicia de la mentira: ni ella ni yo, que teníamos 18 años, le dijimos a nuestros padres que iríamos, simplemente nos fugamos en nuestro primer gran romance aventurero. Recuerdo haber vendido hasta la bicicleta de mi hermano -sin su consentimiento- para ir. Pero era fútbol, era amor, y era el Matador.

La platea llena y el verso futbolero en toda su expresión: líneas, esquemas, tácticas y frases que arrinconaban todo a la pelota. Y cuando desde el altoparlante nombran al 11 de la visita, se entendió su significado: la mayor puteada fue para el chileno. El orgullo no cabía en nosotros, algo ridículo al tratarse de una puteada, pero reafirmaba la importancia que tenía el nuestro; algo que palpamos durante esos días en todos lados “Es un jugador maravilloso”, repetían sin excepción.

El partido tenía dos velocidades: la del 11 y la del resto. Y el ambiente, lo mismo: la frecuencia de los suspiros se ahogaban cuando el Matador controlaba de zurda, estirando el mapa. Había que verlo, estar ahí, comprender el juego desde la cancha. Cada vez que el Flaco Olarra la tenía el discurso era: ¡Revéntala! Y cuando el crack de River se apoderaba del cuero, un silencio mordido entre desesperación y admiración. Claro que cuando anotó de cabeza, el odio expulsó las pasiones y desde ahí el garabato no cesó en contra del delantero. Nosotros, que no podíamos gritar el gol, nos apretamos la mano fuerte, y luego, producto de la agitación, surgió un beso ilimitado…

El partido terminó empatado a 2. Al día siguiente, el Matador era la portada de todos los diarios, junto al Flaco Olarra, quien durante el juego le hizo un descarado penal no cobrado. Con maña el Flaco, hay que decirlo. La vuelta fue dulce, uno al lado del otro, repasando las jugadas del Matador, José Marcelo Salas Melinao. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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