El libro de Camus

A Albert Camus lo conocí de casualidad durante una tarde en la biblioteca de mi colegio. Estaba uno de sus libros por allá abajo, bien lleno de polvo, en el sector de los “franceses”, al lado de su gran rival, Jean Paul Sartré. Lo revisé un momento y en la ficha de préstamos pude advertir que de el último alumno en leerlo ya habían pasado más de quince años. Aquello fue una explícita invitación para cambiar la suerte de aquel ejemplar y me lo robé. No sentí nada de culpa, al contrario, en mi juvenil percepción de la realidad, creía haberle dado, al fin, una oportunidad. El tomo contenía varias de sus obras. Todas, sin excepción, espectaculares, llenas de densidad, descaro, comicidad absurda y un brebaje ético diferente, tan firme como desencantado.

Quise y necesité saber más de él, y fue así como descubrí que en su infancia vivió la más dura pobreza en Argelia, en la casa de su abuela materna, adonde llegó tras la muerte de su padre en la primera guerra mundial. Por supuesto, a su alrededor nunca hubo un libro, tampoco demasiado cariño. Eso me eclipsó. Pero mucho más emocionado quedaría al conocer que su gran pasión fue el fútbol. ¡Un escritor futbolista! Y se transformó, de repente, en una especie de héroe.

Comenzó de volante, pero sus zapatos se desgastaban y su abuela, la dueña de casa, le sacaba la cresta por eso. Sin embargo, amaba la cancha y astuto se volvió portero, manteniendo vivo sus zapatos, su alma y, en particular, el trasero. En la cancha no importaba ser católico o musulmán, ni tampoco qué prendas llevaba cada uno. Hizo amigos y conoció el trabajo en equipo. Fueron sus días más felices, o más ingenuos…, a veces es un poco lo mismo.

Un temprana tuberculosis pulmonar lo alejó para siempre de los tres palos. Claro que no de sus pensamientos. Cuando tocó la gloria como escritor, no iba de divo intelectual por salones confortables, esos que replican el mismo elitismo que en sus textos los mimados de anteojos venden en la hoguera de sus críticas. Son tan falsos. Este no, iba al estadio a ser poeta de lo inmediato. Y a la noche le ponía las manos, obvio, porque le gustaba el mambo y qué tanto.

La primera columna que hizo tras ganar el nobel de literatura de 1957 fue en una revista de fútbol. Su relato se llamó “Lo que le debo al fútbol”. En ella contó su experiencia de vida, el cariño por su primer equipo, y el estúpido dolor que se siente en la derrota.

Murió un día como hoy en un accidente de tránsito, en 1960. Fue uno de los primeros grandes pensadores que derribaron el idiota mito de que este juego es sólo un juego de vagos, devolviéndole su cariz social y el fuerte temperamento individual que provoca. Su libro lo presté a varios compañeros. Luego lo devolví a su puesto original, al lado de Sartré, claro que ahora, como correspondía, sin polvo, con la tapa brillante. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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