El jugador que no quiso dejar de serlo: Jamie Vardy

LEICESTER, ENGLAND - NOVEMBER 28: Jamie Vardy of Leicester City celebrates scoring his team's first goal during the Barclays Premier League match between Leicester City and Manchester United at The King Power Stadium on November 28, 2015 in Leicester, England. (Photo by Laurence Griffiths/Getty Images)

Es una juerga más. Tiene ganas de mear. El baño mal oliente del bar suburbial no brinda tregua, así que sale del local a buscar una esquina con la cerveza en la mano. Siente el alivio, también el agradable paso del viento por debajo de las bolas. Inhala, pletórico y reconfortado, como sólo un hombre sabe cuando evacua con ganas, al aire libre y dejando el nombre en una pared gastada. Tararea una canción de Arctic Monkeys, esos que fueron sus vecinos en Sheffield y que desde hace poco la revientan en las radios británicas. Al día siguiente no hay partido, el entrenamiento es por la tarde y hace dos minutos ha decidido que no irá a trabajar a la fabrica.

La fría cerveza está magnética, al igual que esa pelirroja escocesa que hace pocos minutos le mostró el tatuaje que lleva detrás de la oreja derecha. Sonríe, satisfecho de aquello que le espera, además de conforme con una decisión que le es propia, pues va de rebelde, y es así como encaja y engrana su conciencia; así mide su propia idea de respeto, algo que en algún momento perdió, y que ahora a punta de peleas, amores fugaces y decisiones contra la corriente, cree haber recobrado.

La noche parece no tener temperatura y el cielo ha sido secuestrado por la neblina. Enciende un cigarro y aparece una vez más ese maldito recuerdo de hace 4 años, cuando con veinte centímetros menos y un millón más de ilusiones fue desechado por el equipo de sus amores y donde hizo todas las inferiores. Desde aquel día en que salió corriendo de las instalaciones del Sheffield Wednesday con los ojos cerrados y las lagrimas bañándole el rostro que su vida se ha vuelto lo que es: interminable y angustiantemente inmediata. Porque alguna vez soñó con hacer eterno su nombre, pero eso parece que fue hace tanto…

Se termina de un buen sorbo el resto de chela que le quedaba y emprende el regreso al bar. De pronto, poco antes de llegar, alguien es arrojado desde adentro de manera brutal: es ‘El sordo’. Un amigo suyo que efectivamente es sordo. Detrás del sordo cayendo aparecen dos sujetos que lo embisten en el suelo, dándole patadas. Atónito observando la escena, sin entender nada, cierra el puño con los nudillos encostrados; mira para todos lados, no aparece nadie al rescate, sólo la pelirroja que grita por ayuda. Sin pensarlo se arroja de pique al área y clava dos voleas, una en el culo, otra en la espalda. Mientras ‘El sordo’ tiene la boca rota y se retuerce en el suelo, el delantero comienza a mostrar la testosterona acumulada, además de toda la actividad pendenciera sumada en el frustrante paso de los días. Y los golpea duro, aún siendo más flaco que ellos, como si nada importara, como si la calle y la mocha fuesen su real origen. Es cierto que recibe y ya tiene la nariz quebrada, pero mucho menos que el par de matones reducidos a nada en breve por ese muchacho que descarga la mierda, sin pausas, sin miedo. Ya con el par de sujetos caídos, los escupe y les saca las billeteras, como castigo y porque quiere más cervezas. Al acto llega la policía.

Tiene 20 años y es condenado a usar un brazalete electrónico, junto con deber cumplir un toque de queda que lo obliga a estar en su hogar siempre antes de las 18:30 horas, y tampoco podrá moverse en un radio superior a 80 kilómetros durante un buen tiempo. El mazazo para el joven futbolista es fuertísimo. El escándalo no consta en ningún medio, claro, a nadie le importa lo que haga el delantero del Stockesbridge de la séptima división inglesa. Aún así, su carrera parece estar arruinada, su vida en el fango, la pelirroja ya desapareció. El club planea caducarle el contrato que consta de un salario de 40 euros por partido. Pese a ser el goleador y quizás quien cuenta con mayor proyección en la plantilla, los problemas no son una novedad y lo tienen con pie y medio fuera de la institución. Reconoce el pánico, tiene miedo. Él asegura que el fútbol es todo lo que ama y lo único que hace bien. Promete cambiar, pero principalmente, bajo la angustia, lo mejor que conoce: promete goles.

Es jueves, un jueves cualquiera. Son las 17:30 horas y el partido va 1-1. Debe irse, si no la cosa se le puede poner peluda. Viene la modificación, pero pide un minuto más. Van 60 y quiere una chance, sabe que la defensa rival ya está agotada y se siente rápido, porque lo es. Su madre ya tiene el auto encendido y le toca la bocina. No la toma en cuenta y se planta en medio del campo, rechazando los bocinazos y la inminente modificación. El técnico lo llena de garabatos, aunque interiormente lo conoce y sabe que quizás pueda pasar algo. Aguanta el cambio una jugada más. Un melón con vino para adelante, un pelotazo sin gran calidad pero lleno de intención; y corre, sin dejar de acelerar, nunca deja de acelerar; alcanza el balón, tiene el arco en la mente y planta el bombazo a 30 metros: GOLAZO. No hay tiempo para festejar, sigue corriendo, salta la reja que limita pequeño el estadio con la calle y sube al auto. “Por poquito”, le dice a su vieja, mientras ella sin mirarlo, pone primera.

Deslenguado, frívolo y temperamental, fruto del ácido paseo de una experiencia tosca y acontecida, de la que tuvo que salir airoso a punta de puñetes, transformándose en un conchasumadre, porque quizás así valía la pena, porque quizás así igualaba un tanto a la puta vida seca. De la boca para afuera y las palabras que llenan el elogio de la virtud, pero cada quien clama cómo sobrevivir, al final de cuentas, lo importante es hacerlo.

Pero en ese adusto rostro pálido, lleno de escepticismo, habitaba algo más que sólo revancha, porque estaba enamorado de jugar y en esa pasión buscó una conquista. Cada segundo lo hacía más improbable, pero cada gol alimentaba una tierna esperanza. Y la abrazó con fuerza. Infantilmente no dejó de soñar, añadiendo a eso el carácter que le dio la oscuridad para no intimidarse por el paso del tiempo ni por el eslogan de lo probable.

No paró de hacer goles, le sacaron el brazalete y siguió haciendo goles, pasando al Fleetwood town de la quinta división. Hizo 31 pepas en 36 partidos y llevó a su escuadra a un inesperado ascenso. Con los papeles manchados y ya con 24 años a cuestas parecía que debería ganarse los morlacos en la sombra del profesionalismo, sin embargo, su irrupción era real. No era sólo un jugador rápido que hacía goles, también entendía el juego, podía recostarse por las bandas o descender y asociarse. Por supuesto ágil y astuto en el área. En definitiva, un delantero lleno de condiciones. Así lo vio el Leicester, un equipo que militaba en segunda y que no dudó en pagar 2 millones de dólares por él, el precio más alto pagado jamás por un jugador venido del mundo amateur.

Pasó el tiempo, al principio la adaptación al ritmo y la presión fueron difíciles, pero nada imposible para quien venía del infierno. Fue determinante en el ascenso de su equipo a primera y en la temporada 2015-2016 se convertiría en el goleador de la Premier League. Misma temporada en que el humilde Leicester, con su goleador a la cabeza, insólitamente hizo de la realidad un poco de fantasía y dejó a los grandes clubes de la isla como Chelsea, Arsenal o Manchester United mirando desde abajo.

Con 29 años aquel desconocido que peleaba afuera de los bares transformó su nombre en referencia planetaria; qué importaba que haya tardado, si finalmente llegó escribiendo su huella al vaivén inolvidable de la calle. Su nombre: Jamie Vardy.

Curiosidades del destino, la única vez que Leicester estuvo cerca de ser campeón había sido en 1929, año en que el Sheffield Wednesday lograra la consagración. Sería un hincha y jugador descartado de ese equipo quien comandó algo realmente insospechado y extraordinario. Como el vuelco en la vida de Vardy, ese jugador que no quiso dejar de serlo, aunque tuviera un brazalete condenatorio en el pie.

‘El sordo’ cuando va al estadio se sienta en primera fila, la pelirroja lo ve por la tele, Vardy se mira al espejo y, ahora sí, encuentra el respeto que buscaba. ‪#‎BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

3 comentarios en El jugador que no quiso dejar de serlo: Jamie Vardy

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*