El jugador fantasma

El rumor decía que en el viejo estadio del pueblo “S” vivía un fantasma. “No todas las noches, pero a veces, más de alguno ha visto pelotas moviéndose sin que nadie las patee”, nos dijo la señora Nelly, la dueña de la residencia donde nos hospedaríamos, la misma tarde que llegamos. Aquella confesión inesperada, pudimos percatarnos luego, se trataba de una especie de bienvenida para todo nuevo huésped que iba apareciendo; no con las mismas palabras, aunque siempre usando ese tono bajo, misterioso, como si se tratara de un secreto.

La imagen de un fantasma rondando en el estadio, pateando balones, era, tal vez, el mayor encanto de un pueblo en el que, salvo por los turistas que apenas van de paso, todo es siempre igual y no sucede realmente nada, siendo el ayer, el hoy y el mañana, definitivamente, la misma cosa. Quizás por eso se hizo necesaria la presencia del fantasma, pues atenuaba la tediosa rutina de los días y le enganchaba magia a una localidad no acostumbrada a los sobresaltos.

– “0 quizás sea cierto”, replicó sonriendo la María, mientras acomodaba su bolso encima de la cama. La verdad, hasta ahí, no la conocíamos.

Con la María cumplíamos dos años de pololeo. Fue mi primer gran amor en serio. Nuestra meta era llegar a San Pedro de Atacama, “un viaje necesario en cualquier etapa de la vida”, habíamos leído en una revista que lo acompañaba todo con fotografías que parecían sacadas de entremedio del cielo mismo. Me bastó ver medio segundo de perfil a la María para entender que ese era el destino que ella quería. Y cómo no, si el mismo día que la conocí me rayó la papa con los planetas, los astros, los agujeros negros y la energía. Yo no entendía ni mierda, lo único que hice fue poner cara de serio y contestar “Tauro”, esa hueá todo el mundo la sabe, cuando me llevó a los signos. Para llegar a San Pedro, de acuerdo con las pocas monedas que contábamos, debíamos hacer varias paradas previas, y una de ellas era pasar por “S”.

En “S” no había mucho qué hacer. Estaba la plaza, la casa del municipio, algunos almacenes, una parroquia, el pequeño y viejo estadio (un poco más alejado, claro que no mucho), la escuela, y una taberna. Con veinticinco minutos a la redonda, todo a pie, se conocía al pueblo completo. Evidentemente fuimos a la taberna; a capear el calor; a ponernos un poco más contentos; y a escuchar, ojalá, algo más de la historia de ese jugador fantasma.

Al llegar, nos sorprendimos de ser recibidos por una ola de sonidos llamada Rush. The spirit of radio, inesperadamente, refrescaba el viento tibio y arenoso de “S”. Al fondo, dos gringos, vestidos como gringos, quemados como gringos, bebían unas piscolas con cara de susto. En la barra, solo, fumándose uno verde, el dueño y cantinero, don Clemente quien, obviamente, fue el que convenció a esos dos pobres gringos de entrarle al combinado. Y allá fuimos, a la barra, por un par de cervezas que las horas transformaron en tequilas.
Don Clemente llegó a “S” escapando de la justicia. Y así lo decía, sin temor aparente. Tampoco entraba en detalles, aunque aseguraba, como todos, inocencia y mala suerte. En “S” había reconstruido su vida y mostraba con orgullo la foto de sus dos hijas para confirmar lo que estaba diciendo. El cantinero era un tipo conversador, más monologo que dialogo, pero para nosotros, que ya llevábamos varios días sin salir del eje tú y yo, se convirtió en un espléndido paréntesis. Además, no fue preciso estimularlo demasiado para que sin pelos en la lengua soltara el mapa que tenía de todos los personajes del pueblo. Sanguchito de palta don Clemente, no dejó títere con cabeza. Y como buen contador de historias, a todos los vacíos le cargaba el chamullo. Un crack.

De esa forma nos enteramos de lo amarrete que es el pelao Vicente, el de la botillería; que el hijo de la Gladys no tiene ni la letra del Manuel, su marido; que el curita Andrés es terrible güeno pal copete; o que, del alcalde, el Frutilla Meneses, se sapeaba que era “tiburón blanco” …, cada cierto tiempo se comía a un hombre. El pelambre en su máxima expresión.
Cuando la noche reclamó su presencia, a través de un cielo espesamente negro, sin previo aviso, el cantinero cambió el registro de su voz y bordeando el susurro, se largó a relatar lo que ocurría, algunas noches, en la vieja cancha de fútbol. Los supuestos hechos hablaban de balones que saludaban desde la niebla y volaban por sí solos, sin ninguna explicación aparente, en completo misterio. Don Clemente nos reconoció que hasta ahí él no había visto nada, pero varios, como el cojo Miguel, el encargado del estadio, o la profe Fabiola, una santa, habían corrido del miedo. Desde que aquello comenzó a ocurrir, hacía dos meses, periódicamente aparecían nuevas víctimas del fantasma, y el estadio, una cancha de tierra, piedras y algunas raíces, además de treinta largos tablones que hacían de tribuna, dejó de ser visitado cuando el sol se escondía.

– ¿Habrá sido un antiguo jugador de estos lados?, preguntó la María, atraída por la historia, tratando de atar cabos. Don Clemente, fiel a su personalidad, llenó tres minutos con múltiples teorías. Aunque para él, era probable que fuera Juan Gallegos.

Juan Gallegos, el sempiterno capitán desde la infantil hasta la Senior, el último gran caudillo de la institución, el mito pelotero de “S”. La única Copa de la provincia que aquel pueblo alguna vez ganó, la levantó Juan Gallegos, o el “maquinista”, como le decían, por su oficio como técnico especialista en máquinas de escribir. “De seis lujoso jugaba el Juan”, explicó el tabernero. Conocido y respetado, un día cualquiera se esfumó, sin saber realmente si murió. Pero sí se sabía que se le había perdido el rastro hace varios años, luego de enviudar y ver partir a su único hijo lejos de esas cuadras, buscando nuevas oportunidades. No pocos eran los que creían que su desaparición se debió a la pena; que en algún lado apagó los ojos, quizás por hambre; y, por qué no, ahora había vuelto, como un espectro, a la casa de sus días más felices, en esa cancha, en sus recuerdos.

Sin embargo, algo no calzaba: Juan Gallegos nunca fue violento con los demás, todo lo opuesto al comportamiento del fantasma, que asustaba e incluso atacaba. Por eso se le hacía el quite y se hablaba de él en voz baja.
Se nos habían transformado las mejillas, la realidad ahora se hallaba flexible, y el fantasma en un objetivo de viaje. Con la María simplemente nos miramos y supimos, en ese instante, que a la residencial no volveríamos. Con la bandera del tequila en nuestro cuerpo, fuimos a buscarlo.

La noche estaba secuestrada por una neblina extrañamente densa. Alrededor del estadio, efectivamente, no pasaba nadie. Tampoco se escuchaba nada. Nos acercamos un poco más, tratando de no hacer mayor ruido, cuidando cada paso que dábamos. De pronto, sin más, cuando tuvimos la cancha de frente, comenzaron a volar balones por el cielo. Chesumadre. No obstante, no huimos, tal vez paralizados, tal vez porque lo que veíamos era espectacular. Hasta que dejaron de volar los balones. Volvió todo el silencio. Un momento. Debió ser poco tiempo. Hasta que sentimos unos pasos (clac, clac, clac…), una respiración agitada se acercaba (fffff, fffff, fffff…) … hasta que ¡¡PAAAM!!… Un rostro salió de la oscuridad. El miedo gritó por nuestros ojos, mientras mudos y congelados, nos mantuvimos de pie. El fantasma se nos había aparecido. Chesumadre, chesumadre. Sin embargo, tras un par de segundos frente a frente, entendimos todo: el de ahí no era un fantasma, era Juan Gallegos, pero no muerto, sino que vivo y refugiado.

Había llegado hace dos meses, pero debido a sus trapos desaseados y frondosa barba, nadie lo reconoció. Tímido y sin dinero, no quiso molestar a nadie, salvo al cojo Miguel, quien le ofreció dormir en la caseta de custodia del viejo estadio. Vuelto al pueblo de toda su vida, olvidó la mirada perdida de un último viaje triste, en el que fue a buscar a su hijo sin encontrarlo. No quería que lo vieran así. Solo el cojo Miguel y la profe Fabiola, antigua novia de su hijo y quien le llevaba comida diariamente, conocían la verdad. “Ya nadie usa máquinas de escribir ni nada de esas cosas, me quedé sin pega, y me sentí tan inútil que quise morir. A los mejor soy un verdadero fantasma”, reflexionó melancólico. Le ofrecimos un cigarro que rechazó, pero se notaba que quería desahogarse y conversar. De esa manera, en un par de horas, recorrimos un poco de su vida. También nos mostró los avances de sus arreglos en la cancha: ambas áreas, eternamente secas, ahora tenían pasto. “Algo que deje el fantasma”, señaló riendo.

Dejamos “S” a la mañana siguiente, con la promesa de algún día volver. No sé si la María ha vuelto a ir, yo no, claro que no hace mucho unos amigos estuvieron en “S”: no sabían nada de ningún fantasma, pero sí me contaron que la cancha estaba llena de pasto. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 401 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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