El héroe suplente; Goycochea en Italia ’90

Durante esos años la gran mayoría de pendejos peloteros que alimentaban sus sueños con un balón cualquiera lo hacían imaginando ser un ratito Maradona, en cualquier parte del mundo, aunque fuese sólo unos segundos durante una simple y brava pichanga de ‘arco peleado’. Frenar y no detenerse, dominar el futuro del juego, inclinando el aire en la espalda. La figura del ’10’ atrapaba la fascinación.

Sin embargo, esta historia no es precisamente del ’10’, más bien es del ’12’, ese número que algunos confunden con hinchadas pero que es de cancha, aunque mejor dicho de banca, y que por supuesto pocos quieren.

El ’12’ históricamente ha sido utilizado por el arquero suplente de un equipo, un jugador que probablemente actuará poco, muy poco durante una temporada. Y nada, o casi nada si la competencia es breve, como lo es una copa del mundo. Para el mundial de Italia ’90, el ’12’ en el equipo de Maradona era Sergio Goycochea.

Goycochea arribó a la selección argentina de manera anónima, sin ruido, tampoco expectativas. Tras un gran año en el Millonarios de Bogotá, el técnico Salvador Bilardo confió en las crónicas que llegaban de un país del cual se sentía responsable. Bilardo había hecho fama y cariño en Colombia, y el momento de Goycochea no pasaba desapercibido para el estratega. Además, necesitaba a un ‘pibe’ que no exigiera titularidad: el ‘1’ era Nery Pumpido, no había vuelta que darle. El sustituto natural era Islas, un portero de personalidad exuberante. Goyco, como lo abreviaban, llegó piolita como tercer arquero. No obstante, al poco tiempo, Islas renunció a la selección porque no aguantaba quedarse en la suplencia. Así fue como Goycochea, de pronto, tenía la ’12’.

Goycochea, que años antes había dejado su país bajo el falso rumor de tener SIDA, rumor que se dice habría sido espoleado para detener su traspaso a San Lorenzo desde River Plate, ahora volvía para viajar a Italia y ser parte de un mundial. ¡De un mundial! Era su gran gran revancha. El arquero de 26 años tenía grandes condiciones pero su entusiasmo se constituía y conformaba al compartir el mismo vuelo con los que hasta hace poco eran sus ídolos de revistas y tele. De hecho, ni lo creía. Poco antes de partir a la península le dijo entre risas a su padre -viejo, grábame, eh-. Su progenitor, le devolvió la pared señalándole que se fuera de cabeza al montoncito de la cancha una vez se hicieran los goles, -y robá cámara, eh, mirá que así tenemos cuento familiar ¡¡hasta que lleguen los marcianos!!- le exclamó emocionado en un último abrazo. Lo que ninguno de los dos sabía es que Sergio efectivamente robaría cámara, y para siempre, pero tapando adentro de la cancha.

Durante el segundo encuentro de la albiceleste en Italia, ocurre un imprevisto que no pasaba por la cabeza de nadie: Pumpido se lesiona. Es momento de que el ’12’, ese número excluido, se torne definitivo.

Goycochea siempre quiso jugar al arco, así comprendía la secuencia del fútbol. Para la mayoría se trataba de perseguir la pelota, esconderla a través de las piernas, buscar el gol; él, en cambio, simulando la paciencia, aguardaba con apetito desbordado la llegada del balón. La sensación de una tapada que daba fuego a sí mismo y vida a su equipo no tenía rivalidad, no tenía otro camino en la expresión sanguínea de sus pensamientos. Lo difícil es que en el arco juega solamente uno, pero eso era él, y si debía observarlo desde la banca, así lo hacía, porque era mejor estar sentado pero arquero, que corriendo y no entenderse.

El suplente por años de River Plate, el suplente de la selección argentina, el número que nadie elige, salía a la cancha. Y todo se transformó. Goycochea cambió el semblante; de los ojos bien abiertos y la boca bien cerrada, a unas cejas caídas y agresivas, junto a una lengua loca. El ’12’ también era futbolista y debajo de los tres tubos del vigente campeón del mundo sacudió el rol que siempre quiso ejecutar. Ese día Argentina venció 2-0 a la Unión Soviética, y él no se vio ni medio milímetro nervioso. Su padre no grabó el encuentro, nunca esperó que algo así sucediera. Sí se emborrachó, y salió a celebrar a la plaza.

Argentina jugaba con olor a pena. El equipo de Bilardo funcionaba bajo el temor de su estratega, a quien el éxito había impedido avanzar más allá de sus miedos a perderlo. Un plantel abrumado por el misticismo barato de las cabalas se abría paso en la competencia a punta de un Diego Armando Maradona con el tobillo como pelota de basquetbol, un Caniggia que volaba solo arriba y 8 más que abrochaban los espacios y punteaban pa’ adelante. Goycochea custodiaba el arco con carácter, sabiendo que si no estaba en su mejor tarde el equipo volvería a su país a la mañana siguiente, en económico y con un aeropuerto incendiado.

Con Brasil en octavos de final el descaro de todo fue novelero: el plantel completo teniendo que darle un beso en la mejilla a una novia recién llegada al hotel para la buena suerte; un bidón con agua drogada, preparado por Bilardo, en la bastarda, y que bebieron algunos futbolistas brasileños en pleno partido; los postes que resistían al dominio unilateral de Brasil; las tapadas increíbles de Goycochea; y la única jugada en que Maradona pudo hacer pie, acarició, avanzó y de derecha dejó solo a Caniggia: golazo de contragolpe y a cuartos de final.

En Cuartos un 0-0 lánguido y eterno contra Yugoslavia dejaba todo en manos de los penales. O mejor dicho, de Goycochea. Con la cuenta 2-2 era el turno de Maradona. Un gol seguro era la apuesta de todos. Pero Maradona apenas resistía el paso, brutalmente lesionado. Aparentemente displicente, aunque más bien nervioso y cargando un país completo a la espalda, erró. Parecía ser el fin de una selección que no convencía. Maradona volvió junto a sus compañeros cabizbajo, aguantando las lagrimas. La gran estrella del fútbol planetario fallaba, humanamente, fallaba. Ningún chico que lo imitaba en cualquier villa había pateado tan mal; y si lo hacía, ya no era Maradona. Pero el de la cancha sí era el famoso ’10’.

Sin embargo a su lado pasó el ’12’, ese al que nadie conocía bien, y engrupido escupió lo que soltó la adrenalina: -Tranquilo, Diego, yo tapo dos y ganamos-. Goyco abrazaba el momento, qué importaba el contexto, es más, no podía existir un mejor contexto. Parecía un delirio, en idioma valiente. El ’10’ agradeció el gesto. El ’12’ estaba seguro que lo haría. Y lo hizo. Dos veces. Resistiendo hasta el final el lugar del tiro, estrujando el nervio de los ejecutantes, lanzándose con la agresividad de todo el tiempo acumulado afuera del campo de juego. Y en dos minutos, con dos tapadas, se convertía en héroe.

En semifinales contra el local y favorito repitió lo mismo tras el 1-1 en los 120 minutos. Lo hizo dos veces nuevamente, generando el silencio más frío y delgado que alguna vez hubo en Italia. No era casualidad, era Goycochea, era ese suplente, ese número 12.

Curiosamente en la final Argentina caería frente a Alemania a 5 minutos del epilogo por un penal; el tiro de Brehme fue ajustadísimo, rasante, bien pegado al palo derecho del portero, quien igualmente supo el lugar y casi lo contuvo. No alcanzó para tanto, aunque lo suficiente para transformarse en un para siempre en la historia de los mundiales.

Al volver a su país llegó con chapa de figura, todos querían darle la mano, hacerse una foto. Ni siquiera tenía casa, se quedaba donde sus padres. Ahí aprovechó de ver los vídeos que luego su viejo sí grabó. Y algunas veces, cuando salió a caminar, sin que nadie lo viera, miró algunos ‘arco peleados’ que se daban por la cuadra. Varios decían que eran Goycochea, y atajaban penales, y llevaban el número ’12’ con orgullo. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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