El gol iluminado

Porto Alegre, Brasil. Todavía faltan horas para el mediodía del domingo 14 de diciembre de 1975, sin embargo, la mañana no responde a su habitual reposo: la expectativa de la gente, quizás desmedida, ciertamente acelerada, viste cada contorno de la ciudad con el rojo colorado del club Inter de Porto Alegre. No es para menos, pues la distancia entre el ayer y la historia se resumirán en 90 minutos de pelota. Parece una exageración, aunque la verdad es una reducción: esto es mucho más que fútbol y el trillado verso de la pasión colectiva que genera; se trata, por sobre todo, de rebelde autoestima frente al centralismo histórico capturado por Río de Janeiro y Sao Paulo, y que ahora, a través del dominio emotivo que el balón tiene en la cultura brasileña, se encuentra, desde la cancha popular, próximo a cambiar. Así es visto, ese es su impacto. El sur de Brasil está a horas de su primer gran titulo nacional, la calle se aferra a la confianza, mientras descorchan fiesta y acampan miles-y-miles de personas alrededor del estadio Beira-Río. «Hoy, sí», se repite en pensamientos y también a todo volumen.

La noche anterior, el defensa chileno y estrella del cuadro local, Elías Figueroa, no está ajeno a la eclosión emocional y a través del subconsciente trabaja la batalla desde un sueño: dentro de un mundo salvaje, los once colorados doblan la fiereza de su rival e inclinan el redondo mundo hacia una copa. Despierta agitado, llama a su mujer y le cuenta la experiencia. «¿Será una premonición», pregunta él, un poco en serio, un poco en broma. Ella, sin vacilar, le responde: «Tú puedes hacer que lo sea». Se lo decía a su marido, pero también al mejor jugador de América. Embriagado tras todo, sube al bus, queriendo devorar la realidad.

Restan minutos para la salida de los equipos al campo de juego, el calor sofocante se aplaca con bomberos que mojan las tribunas sin margen de vacío; todo parece tragado en la multitud que colapsa los tablones. Son 82 mil fanáticos que transmiten adrenalina, tensión, transpiración de deseo.

El juego avanza, junto con la desesperación de la grada que de a poco se canaliza en la humanidad de Dulcídio Boschilia, el árbitro del encuentro; garabatos sin matices, desahogos necesarios. El partido es parejo, Inter asume el protagonismo, pero Cruzeiro no se achica y propone de vuelta. El primer tiempo termina sin daños. No obstante, el día de a poco se oscurece debajo de un manto insolente de nubes que modifican la inicial sensación de confianza en la torcida local. El pueblo gaúcho teme que el cielo sea el espejo del juego.

La charla en el camarín es espesa, con la testosterona alta, pero en tono necesario. No parece ser tiempo de modales, urge rugir. Y lo hace Elías, quien antes de saltar al campo, intercediendo al protagonismo, ruge: «Ahora es todo con nosotros»; ya nada más existía, sólo cancha, y el todo por la victoria.

Van 56 minutos de juego y la multitud asistente en el estadio, más los millones que escuchan por las radios, persiguiendo la imaginación del latido del encuentro, están próximos a vivir un momento inolvidable, casi divino…

El buen Valdomiro se dispone a cobrar una falta, que a él mismo le hicieron, por el costado del área rival; suspira un segundo y emprende la carrera, acariciando con el interno un centro al punto penal: justo, en ese instante y hacia esa misma dirección, un rayo de luz se abre paso entremedio de la selva de nubes que abrochan el cielo: es el espejo del juego.

Sin darse cuenta, arrastrado por el instinto del fútbol, se descubre el destino iluminado: el defensa chileno Elías Figueroa se eleva con personalidad atemporal a buscar el esférico en la ruta señalada, y de un cabezazo firme y de ojos abiertos, como lo buscan los guapos, sacude el balón en la red.

El gol remueve las gargantas que cierran nuevamente el cielo, desapareciendo la luz en el espacio, aunque clavando su recuerdo en el tiempo, estampando la figura en color inmortal, color sueño.

Es 1-0, así se quema el carnaval y consumen los minutos hasta el pitazo final. Es el primer título a nivel nacional del Inter de Porto Alegre. Elías llama a su mujer emocionado, aunque ella lo detiene y antes de felicitarlo, le cuenta que ha soñado y se ha visto recorriendo París. Asegura que es una premonición.

Un 14 de diciembre, como hoy, hace 41 años. El gol iluminado. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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