El fútbol y yo

Este es un momento especial, y para que nos vayamos conociendo y entremos en confianza, les escribí una canción; su segunda estrofa dice más o menos así:

“En un potrero forjó una zurda inmortal, con experiencia.
Sedienta ambición de llegar de cebollita.
Soñaba jugar un Mundial y consagrarse en primera”

Imposible leerla sin cantarla. pero no los quiero engañar, no la escribí yo. Tampoco soy Maradona, lo único que me asemeja a Diego Armando es que juego fútbol, soy zurda, jugué en un par de potreros y me encanta la falopa. No, no le hago a la falopa, pero todo lo demás es verdad.

Tengo 23 años y juego hace 22. No había equipo de mujeres en mi colegio, todavía no explotaba el fenómeno de las ligas ni los mundiales femeninos que hoy día son un poco más comentados. Todos los viernes en la tarde, Vicente, mi hermano chico, entrenaba con los más enanos. Yo lo esperaba para que nos fuéramos juntos del colegio a la casa; él estaba en primero básico, yo en tercero. Mis pequeños pies me picaban por jugar, así que ideé un plan infalible para conseguirlo; consistía en ir a buscar las pelotas que se fueran lejos, corriendo lo más rápido que puede correr una niña con un promedio de altura inferior al resto de sus compañeras de 8 años.

Llegaba, la levantaba (sin la mano, un logro importante a esa edad), dominaba dos o tres veces y le pegaba lo más fuerte que podía. La segunda vez que apliqué el plan maestro, se me acercó el profe Guillermo -del que estaba perdidamente enamorada- y me dijo que el próximo viernes fuera con el buzo del colegio porque había entrado al equipo. Mejor día de mi vida. Los otros cabros chicos ya estaban acostumbrados a que jugara con ellos en los recreos, en los pasillos, en las clases de gimnasia, mientras mis compañeras… no sabría decirles qué hacían. Sigue siendo un misterio.

Así comienza una vida llena de moretones, rasguños, rodillas peladas y retos de mi mamá porque “cómo es posible que los zapatos duren tan poco”. En sexto, llegué al entrenamiento y el profe me estaba esperando con malas noticias y cara de funeral. Don Jacinto, el rector del colegio, supo que estaba jugando en los campeonatos oficiales, una falta de respeto atroz. ¡Deshonra! ¡Desgracia! Lloré a pata suelta -padezco un mal hereditario de mujeres que lloran mucho de rabia- hasta que una profesora me rescató de mi mar de lágrimas; armamos un discurso y fuimos a tocarle la puerta al lado oscuro de la fuerza. Intentando no llorar frente al enemigo, le expliqué que el fútbol era lo más importante, que no podía quitármelo, que iba a caer en una depresión terrible, que me iba a morir. La verdad es que no me acuerdo qué le dije exactamente, pero debe haber sido algo así. Al final me dejó jugar en los amistosos y seguir entrenando. Lo encontré injusto, pero al menos podía entrenar y seguir jugando con el equipo. Al año siguiente, toqué la misma puerta con una lista de nombres para crear el primer equipo de fútbol femenino.
A pesar de la creación del equipo, los cabros nunca dejaron de invitarme a las pichangas. ‪#‎BB‬

Acerca de Angela Rioseco 3 Articles
Nací en Concepción, al año me fui a Constitución. Criada en la tranquilidad de la vida pueblerina, entre calles poco transitadas, saludando a medio mundo y casi siempre con un balón entre los pies. Fanática del fútbol y de 31 minutos, aunque esto no tenga nada que ver con lo anterior.

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