El fútbol antes que Dios

A mi mamá nunca le ha molestado que juegue fútbol, como que lo encuentra divertido. Tampoco me va a ver mucho, dice que se pone muy nerviosa; eso en verdad se lo creo porque no hay nada más chistoso que ver lo frenética que se pone hasta en el amistoso más charcha de la Roja. No pudo ver los penales del Chile-Brasil, estaba histérica. Qué suerte, me encantaría no haberlos visto nunca. Eso sí, me ha retado varias veces por culpa de este hermoso deporte. Los más clásicos, el uniforme recién estrenado hecho bolsa en tan solo un par de recreos. Más recientemente, que gasto millones en ligas y que jugar tanto me quita tiempo para estudiar. No le puedo discutir demasiado.

El reto más cuático del que me salvé, sólo porque le conté años después, y le conté sólo porque su religiosidad había disminuido considerablemente -estudió teología, fue mi profesora de primera comunión y no se saltaba la misa dominical- fue en tercero medio. En esos tiempos iba por el buen camino del señor, pero el fútbol me llevó a la vereda contraria. Un día estábamos peloteando antes de entrar a clases de confirmación, un viernes a las 8, era la segunda clase. En eso se me acerca una chiquilla que no conocía y me preguntó si quería ir a jugar a un barrio bravo al que nunca me había metido, menos de noche. Eso sí el partido partía a las 9 y había que salir antes de la clase para llegar. Dudando, dije que sí. Dios mío, qué iba a pensar mi protectora madre. Yisus, me estaba escapando de una clase de ¡’Creo en Dios Padre Todopoderoso’!

Antes de llegar al lugar de la pichanga, la cabra que me invitó me dijo que escondiera el polerón de mi colegio y me pusiera el suyo para tapar la polera. Y enfáticamente, añadió: ‘No te lo saques’. En esos tiempos, el pueblo que me vio crecer era muy clasista separatista: un pueblo no muy diferente al resto de Chile, para qué venimos con cosas. Caminamos entre los blocks, conteniendo la respiración, evitando miradas y transpirando como un chancho bajo ese polerón prestado.

Nunca había jugado contra una mujer de más de 18 años, yo era la más chica. Había desde chiquillas de veintitanto hasta señoras de las cuatro décadas; sus hijos y maridos les gritaban desde la orilla de la cancha. Eran sequísimas. Fue una pichanga seria, de esas que nunca bajan el ritmo, de las que te picai porque no te salen los goles. Perdía la concentración de vez en cuando para mirar a mi alrededor: ¡Los señores se asomaban desde sus ventanas para vernos jugar! Los edificios, pegados a la cancha, hacían de gradería y se escuchaban gritos desde todas partes, en todos los tonos; el partido y las tallas. La más seca era ‘La Coca Mendoza’, quien reconozco era harto parecida; volaba. Confieso que no desteñí, más de un amague metí y el «Ya pooo, marquénse a la rucia» bajaban desde la comentada galeria.

Pitazo final y la mayor de todas las mujeres nos invitó a su departamento a tomar Fanta. Nos contó que fue pionera del fútbol femenino en Chile, nos mostró sus copas, medallas y un álbum precioso y gastado de fotos de sus equipos de la infancia y juventud. Tras eso, no dejé de ir a esas pichangas sublimes ni a la casa de la señora a tomar Fanta. Así fue como elegí al fútbol antes que a Dios. Amén. ‪#‎BB‬

Acerca de Angela Rioseco 3 Articles
Nací en Concepción, al año me fui a Constitución. Criada en la tranquilidad de la vida pueblerina, entre calles poco transitadas, saludando a medio mundo y casi siempre con un balón entre los pies. Fanática del fútbol y de 31 minutos, aunque esto no tenga nada que ver con lo anterior.

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