El extraordinario camino de Simón; un técnico chileno en Timor Oriental

Miró la prueba y sin vacilaciones dijo para sí mismo: “Cagué”. No sentía culpa, sí resignación. La tarde anterior se fue a pelotear con los amigos de siempre a una callecita de Viña del Mar; esos partidos sin tiempo, de goles permanentes y cuneta valida. Cuando la calle era de todos, no sólo de los autos. Respiró profundo, pasó una de sus manos por la cara, mientras sentía ese escalofrío que baja por la espalda cuando lo que viene es brumoso, desafortunado. Las ecuaciones estaban ahí, frente suyo, bailándolo. Qué podía hacer sino acatar, de momento, la realidad y esperar algún milagro que le regalara el inconsciente. Rebuscó para atrás tratando de encontrar en la memoria alguna clase que le ayudara, mas nada, cero, vacío infinito…estaba en la Z. Sin embargo, justo cuando se disponía a entregar la prueba y abrazar el infalible rojo del mes de mayo, el milagro: un papel caía desde atrás…con la formula. Sudoroso, bajo la adrenalina del peligro, lo observó rápido, sin entender nada, e hizo la transcripción. No era toda la prueba pero al ‘cuatreli’ llegaba. Entregó el par de hojas y al salir de la sala, suspiró: “Me rajé”.

El papel no llegó por nada, se trataba de un legado futbolero, uno que partió antes, mucho antes, cuando todavía vivía en el humilde pueblo de Cabildo.

Simón nació en Santiago pero prontamente se mudó 180 kilómetros al norte; sus padres habían iniciado un negocio minero en la comuna de Cabildo, al interior de la región de Valparaíso. Entre almacenes que fiaban, pasajes de tierra y días que siempre se parecen al anterior, fue creciendo. Y también jugando a la pelota, porque si algo caracteriza a Cabildo, como a otras tantas comunas de Chile, es que buena parte de la conexión del barrio radica en el balón y sus historias. Así amagaba las mañanas en el “Liceo A-2”, esperando ansioso la tarde e irse a pichanguear con el “Chino” Segura, quien le re juraba que algún día sería jugador de fútbol y daría la vuelta con el poderoso Cobreloa, el equipo que mandaba en los ochenta. Simón no pretendía quedarse atrás, e iba a todas. Al poco tiempo debutó en el maicillo del “Morumbi” de Cabildo, jugando por “Los Barrabases”, persignándose antes de entrar.

Pero esos días felices llegaban a su fin de un plumazo cuando su familia decidió mudarse a Viña del Mar. No era sólo un cambio de casa ni de ciudad, se trataba de todo un estilo de vida: de saludarse todos con todos, del silencio como norma, de la igualdad que da estar revueltos, a una ciudad de paso rápido y sectorizada. Y así pasaba del chaleco a la chaqueta tradicional de los Padres Franceses. Tímido y aturdido hizo ingreso a unas costumbres que le parecían rebuscadas, pero bastó un recreo para derribar ese maldito lenguaje superficial; después de todo, el fútbol es el fútbol en todos lados. El “A” contra el “B”, 40 por lado y la guerra timbre al timbre. Simón llegó al “B”, que nunca había ganado. Ese recreo ganaron, con gol olor a polvo de Cabildo. Inolvidable. A partir de ahí, entre goles y amagues, la adaptación llegaría, igual que el papel con las ecuaciones.

Al llegar el fin del colegio ya había tomado la decisión de estudiar educación física en el pedagógico. Se preparó a conciencia. Su salomónico promedio 5,1 -algunas malas lenguas dicen que en realidad fue 4,9- no le servía de mucho en la ponderación antes de dar la ya extinta ‘PAA’. Y le fue bien. Claro, una cosa es ser vago y cabeza de cuero, otra tonto. Se concentró, puso esfuerzo y superó los 600 puntos en todo. Pecho paloma, orgulloso, tomó sus pilchas y se fue de vacaciones. Lo que no sabía Simón es que además debía rendir un examen físico; examen realizado mientras él estaba de guata al sol. Papelón. “No leí la letra chica”, se sigue defendiendo a día de hoy. Al enterarse, se le vino el mundo abajo. Además ya no quería seguir viviendo con sus padres, quería comenzar a volar. Paralelamente, el “Chino” Freddy Segura, su viejo y querido mejor amigo, era subido al plantel profesional de Huachipato. Tragedia.

Pero como se dice, todo pasa por algo. Y le llegó otro papel, esta vez en forma de revista. Se junto con un amigo, le contó el drama y este por supuesto, como todo noble camarada masculino, le daba pésimos consejos. Hasta que vino la iluminación: “¡Hueón, en la revista Don Balón sale que se creó un instituto para técnicos de fútbol!”. La Don Balón, esa revista que apreciaba hablar de fútbol en buenas letras, le brindaba la luz. Efectivamente, se había creado el INAF. Sus viejos, a regañadientes, terminaron por aceptar, mal que mal, Simón era puro fútbol, de ese sincero, pasional, así que debía ser la vida y el carácter del muchacho los que determinaran la relación del lazo y no otra cosa.

Simón, años después, se graduaría de técnico. Fue la primera generación del instituto, esa a la que Arturo Salah, con altivez, llamó, ‘Los marcianos’. Eso a él, como decimos en Chile, le importó una raja: podría dedicarse a lo que ama, en el único camino que se siente cómodo, dentro del lenguaje que le resulta sencillo. El fútbol y su dinámica, lo demás son ecuaciones.

Como no podía ser de otro modo, inició todo en Cabildo, el origen de su yo. Presentó un proyecto serio y la municipalidad lo contrató para hacerse cargo de las selecciones juvenil y adulta. Derrotas, empates, el viento en el cuerpo y qué tanto. Aguantó, se pulió y logró el campeonato nacional de selecciones amateur del año 2004 con la juvenil de Cabildo. Soñado, con 3000 coterráneos en la cancha de San Fernando, cantando hasta el cansancio: “¡¡Cabildo, minero, campeón de Chile entero!!”. Eso se lo lleva al ataúd, con sonrisa eterna.

Luego emigró a las inferiores de Everton, pero las condiciones eran paupérrimas, peor que en el mundo amateur. Justo ahí recibió un llamado con una propuesta que definitivamente le cambió la vida: los hermanos Rodríguez Vega (ex Ballet azul) necesitaban un ayudante técnico y un preparador físico para completar el Staff en el Kendari Utama de Indonesia. Pagaban 1000 dólares, además le aseguraron que allá todo era más barato. Sin duda harto mejor que las 150 lucas que “invertía” el Everton en él. Llegó a su casa, buscó rápidamente en Google dónde chucha quedaba Indonesia y al ver un par de paisajes paradisiacos sentenció lo que el cuerpo le explotó: “Me voy”. Obviamente, en modo curioso, vio un par de fotos de mujeres de la zona y más entusiasmado hizo la maleta. Pillín.

Conoció Indonesia, su cultura, la increíble desigualdad, la belleza de su entorno y una falda. También los recovecos de un fútbol potenciable pero aún poco profesional y con otros vicios. Sin duda creció, y creció su compromiso social con el fútbol. Sin embargo, se daría una pausa y se dio el gran gusto de su vida: se fue dos años a aprender y vivir el fútbol como tan particularmente se vive en Buenos Aires. “Me envolví absolutamente en el fútbol”, reconoce todavía con entusiasmo. Practicas, estadios y cafés. Pero claro, una vez terminados los cursos se quedó sin plata. Un primo le dio una mano y se fue de inspector de frutas y pescados a Estados Unidos. Juntó billetes y volvió a Cabildo. Puso una empresa de gas licuado, dirigió nuevamente a las selecciones menores con buenos resultados, pero la espina estaba clavada y volvió a Indonesia. Inquieto, ansioso, también cerrando un ciclo.

En Indonesia formó una academia; partió con 8 alumnos, al poco tiempo serían más de 100. Su trabajo se valoró y llegaron oportunidades en segunda división y en primera, en ninguna desentonó. Incluso trabajó un periodo en el staff de la selección del país, pero por problemas administrativos no pudo continuar luego de un trabajo intensivo de captación y reclutamiento. Para peor, Indonesia fue suspendida por la FIFA por arreglo de partidos, quedándose sin liga profesional por un tiempo. Era para volver, pero mantiene la espina de triunfar allá. Al menos no está solo, lo acompaña el preparador físico y amigo Rodrigo González. Además ya tiene una chiquilla a la que le cuenta sus rollos: sí, ella es de allá; las fotos no eran trucadas.

Hoy está trabajando en el Assalam F.C de la isla asiática de Timor Oriental, al lado de Indonesia. Es un proyecto que nace y lo tiene a él como uno de sus constructores. Lo disfruta día a día, entrenando con dificultades, en una cancha para varios, pero entre cascadas, el viento hacia adelante y los sueños que el fútbol le prometen. Si lo hubiera imaginado cuando chico, jamás, pero es el lazo suyo con el fútbol, que no se inmuta por un dónde.

No esconde que le gustaría dirigir en primera en Chile, su tierra que no olvida, y plasmar un 4-3-3, la idea de equipo y ser feroces cuando no se tiene la pelota. Pero hoy su compromiso está con el vuelo de este presente, ya habrá tiempo para el futuro. Con 38 años tiempo queda. Esperemos algún día hacer acá en Barrio Bravo una crónica de ese debut en nuestras canchas; del técnico chileno, Simón Elissetche. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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