El día que salió mi brazo en la revista Cosas

Brazo

Era apenas un mocoso, tenía once años y repartía mi tiempo en sacar la vuelta en el colegio, jugar a la pelota y apostar a los caballos de carrera. Me gustaba apostar, de hecho me sigue gustando, aunque socialmente sea mal mirado, eso me da igual. La adrenalina del juego, esa adictiva expectativa de cambiar la historia de tu día o de tu vida, la magia de acertar y quebrar la inercia. Apostar a los caballos de carrera no apareció tratando de imitar al compadre «Moncho», aunque confieso con orgullo que he conversado con él en el Teletrak de Matías Cousiño, en el centro de Santiago. Llegué a la hípica por mi viejo, esa era su pasión; él tenía algunos potrillos, la mayoría sin demasiado futuro, salvo uno, Sarrasan.

Un potrillo de buena prole llegaba a costar por esos años -1996- más de diez millones de pesos, Sarrasan costó un millón y medio. Por precio, el noble plomizo bajito y de 440 kilos, tenía destino de potrero. De hecho, no habían grandes expectativas por él en un primer momento, pero era inquieto, de orejas levantadas y cagaba cada vez que pisaba la calle…un capo. Nuestro preparador era Leopoldo Parra, un amante del oficio pero mal conectado -se sabe el significado de eso en este país-. Curiosamente con mi viejo no se conocieron en la hípica, lo hicieron afuera de un bar, una noche cualquiera. Tras un par de tragos, se dieron la mano y firmaron contrato. Negocio redondo para ambos: él necesitaba un preparador barato, Leopoldo la pega. El libre mercado funcionando.

Las finanzas de mi papá estaban en la Z, la agencia de valores -su negocio- no despuntaba. La vieja del furgón todas las mañanas me pedía el cheque, y yo me tenía que hacer el gil nomas, con los audífonos y «La milonga del marinero y el capitán» de Los Rodríguez a todo volumen. Pero de pronto, Sarrasan empezó a correr, a tener buenas actuaciones e incluso ganar. Los sábados se transformaron definitivamente en un día de hipódromo y en las tardes de Sarrasan. El potrillo comenzó a ingresar billetes, Leopoldo cambió de zapatos, pero tal vez lo más importante fue que nos convirtió en hinchas suyo. Sí, la plata estaba bien, nunca más oportuno, sin embargo, Sarrasan corría con el corazón y eso vinculaba. Partía siempre entre los tres primeros y de ahí con garra hasta el final, hasta donde le alcanzara. Poco a poco se fue consolidando como un destacado velocista de su generación.

Con mi viejo no vivíamos juntos, desde que nací, por lo que nuestras conversaciones costaban, necesitaban de tiempo. Pero cuando se trataba de Sarrasan la distancia no existía, además era de los pocos momentos en que sentía que hablábamos de lo mismo; ahora que lo pienso, seguramente porque él no lo vivía como adulto, más bien como un cabro chico ilusionado.

Los resultados de Sarrasan me tenían comprometido y al ‘finasangre’ sumamente estudiado; ya le conocía el peso ideal -436-, su semblante previo a una competencia y que si llovía sería imbatible, porque en cancha barrosa se peinaba. Durante la semana ya no pensaba en los resultados de la U o el Colo, ni tampoco en el «Chino» Ríos, las energías estaban puestas en Sarrasan. Y no sólo lo íbamos a ver correr, también simplemente a saludarlo un día de semana, hacerle un poco de cariño y hablarle, mirándolo hacia arriba.

Un buen día mi viejo me cuenta que Sarrasan está inscrito en el clásico «Revista Cosas». «Son 1.200 metros, tiene buena salida, el jinete va ser Pedro Santos», eso dijo mientras manejaba con la mirada puesta en una carrera ficticia en la que seguramente el nuestro ganaba. No era la primera vez que correría un clásico, donde están los mejores, pero sí era la vez cuando se presentaban sus mejores opciones: su ditancia ideal, a los rivales ya se les conocía y Pedro Santos era un crack. Leopoldo Parra se tenía fe y dijo medio broma-medio en serio, que sería bueno vestirse para la ocasión.

Sarrasan esa tarde se veía impecable, sin una gota de sudor, tranquilo, al lado de Pedro Santos, un jinte mitico, quien sonreía. Leopoldo Parra usaba chaqueta, incluso perfume y en la nariz tenía menos pelos que de costumbre; el pillín se había acicalado. Mi viejo tampoco andaba al lote. Yo iba de buzo, había tenido competencia de atletismo y me pasé del Mario Recordón -la pista atlética del estadio Nacional- al hipódromo, pasado a ala, pero motivado.

La carrera de Sarrasan fue sensacional, de punta a punta, resistiendo la arremetida del resto durante toda la tierra derecha. Desde el alto parlante se escuchaba: «Sarrasan medio cuerpo, últimos 200 metros, Sarrasan aguantando…». ¡Cómo lo gritamos! Finalmente Sarrasan ganó por el pescuezo, mientras nosotros quedábamos sin aire y Pedro Santos levantaba su puño en señal de victoria. Fue el primer clásico para mi viejo y el stud «Chicago», también el primero en la carrera de Leopoldo Parra, quien no ocultó su emoción y más de un lagrimón botó.

Luego de eso tocaba subir al «Directorio», pues ahí se haría entrega de la copa y se realizaría de una sesión de fotos. Había un coctail -canapes de palmitos- y una rubia flaca con voz de rubia flaca que tomaba las fotos. También estaban todos los viejos pitucos que miraban a Leopoldo y a mi viejo con la extrañeza de ver a dos intrusos en su planeta, porque para qué venimos con cuentos, esas carreras siempre las ganan los mismos. Todo se desarrollaba en una ceremonia sin Pedro Santos ni Sarrasan, los dos principales protagonistas, absurdo, pero así fue. Hasta que la rubia flaca nos llamó a todos para darle con el flash y dijo lo que nunca olvidaré: «El niño si se puede mover a la izquierda…» El niño era yo…y me moví a la izquierda.

Llegué a mi casa feliz y le conté a mi mamá que iba a salir en la revista Cosas, también a algunos compañeros de colegio. Sería mi primera vez en una revista, y como dijo mi vieja, «en una de papel cuché». Por un momento me sentí importante, incluso me dieron ganas de rotear a un par de Pérez que conocía. Sin embargo, la rubia flaca me hizo la bicicleta. Un mes después, al salir la revista, en la foto no aparezco, sí mi brazo derecho. Efectivamente, la rubia flaca me había censurado por andar de buzo.

A Leopoldo le volvieron a crecer los pelos de la nariz; Sarrasan siguió corriendo durante un tiempo más, con su nobleza de siempre y su hinchada fiel; mi viejo tuvo más potrillos y alcanzó a ir varias veces más al «Directorio»; nunca más un brazo mío volvería a aparecer en una de esas revistas, ni en página social. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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