El crack de la mentira

Mauricio, ídolo del club brasileño Botafogo, tragaba los últimos sorbos de su quinta caipiriña. Mareado, acariciaba el cabello crespo de una mujer a quien unas horas antes había conocido; la observaba con deseo inmediato, espoleado por una noche que de a poco entraba en el epilogo. Llamó la cuenta, chasqueó los dedos hacia la calle pidiendo por un taxi y estrujó los últimos claros imaginando su cama, la música de María Bethania y las nalgas descubiertas de la morena. Fue hermoso, aunque sólo en sus pensamientos: al bar no había ido solo, también estaba Carlos. Lo recordó al verlo venir, con una guayabera gastada, el paso doblado y los bolsillos vacíos.

Carlos Henrique Raposo, a sus 23 años, oficiaba de pícaro vagabundo por las calles de Rio de Janeiro. Un tipo de inventiva espontanea, amoral, de verso sin culpa. Él se acomodaba a las circunstancias, como político interpretando encuestas. Más allá de vivir en plena derrota, barnizaba los momentos eludiendo la incerteza del mañana, a través de múltiples ‘compadres’ que supo hacer. Carlos, un tipo entusiasta, pirata de los segundos, enganchaba billetes con ‘peguitas’ al paso, gracias a favores en nombre de la amistad.

Igualmente, Carlos sentía que podía entregarle algo mejor a su destino. En eso pensaba mientras se dirigía, tratando de encontrar ritmo al paso, junto a una cachetada en la mejilla, donde Mauricio.

El futbolista de Botafogo, fastidiado por el rencuentro, fue directo al grano: “Carlos, esto no puede seguir así”. El muchacho interpelado, que ya venía con un plan entre manos, en nada se amilanó y le devolvió un puñal: se largó a llorar. Apelando a la emotividad, el muy hijo de puta conseguía calmar el fastidio de su amigo y de paso que le prestara viva atención. Con locuacidad y exagerada entonación, victimizó su pasado, el contorno de la pobreza, las dudas sobre su futuro. Finalmente, disparó su intención: que Mauricio moviera sus influencias para que Botafogo lo contratara. El jugador, que conocía a Carlos desde la infancia, se sorprendió al escuchar que este quisiera un trabajo estable, de horarios, y sin reparos le señaló que contara con él. “¿De qué quieres trabajar? Sé que en utilería hay un cupo”, planteó con hidalga inocencia Mauricio, quien por supuesto jamás esperó las palabras surrealistas que vinieron a continuación: “No, amigo, de esa manera no ganaré demasiado. Habla con los directivos para que me contraten como jugador”. Carlos Henrique Raposa, pie plano y tercer arquero del equipo de su curso en el colegio, quería ser futbolista profesional. Gigante.

Lo increíble fue que entre treta y treta convenció a Mauricio, y este hizo lo propio con su técnico. ¿Cómo lo hicieron? Lo primero fue construir una historia: Carlos a temprana edad emigró al fútbol argentino -Talleres de Córdoba-, siendo ahí donde terminó de formar su nivel lleno de potrero. Luego dio el salto al “Rey de Copas”, Independiente de Avellaneda. Una foto del plantel de Independiente, que contaba con un Carlos Enrique (sin H, pero qué podía importar en un mundo de confianzas y sin internet) y listo. Lo más espectacular es que la fotografía que llevaron fue del Independiente campeón de la Copa Intercontinental de 1984. O sea, además, campeón del mundo de clubes. Y quién iba a darse cuenta si en ese equipo varios llevaban melena, igual que nuestro héroe. ¿Adónde estaba Carlos Raposa? Por ahí, en algún lugar de la foto, era cosa de verlo. ¡Y lo veían!

Fue así como a los pocos días, arribaba al Botafogo, proveniente de Independiente de Avellaneda, el DELANTERO Carlos Henrique Raposa. Sí, Carlos iba ser Delantero. ¿Cuánto tiempo duraría la patraña? Nadie podía saberlo, así que goleador y con buen sueldo. Claro que todavía faltaba algo: una nota de prensa. Raposa no iba a dejar nada al azar, si mentía debía ser a lo grande. Y la nota llegó, con apodo incluido: “Kaiser”. El periodista lo encontró parecido físicamente a Beckenbauer. ¿Sintió pudor al ser nombrado de esa manera? NADA, ya con nombre artístico, el ahora “Kaiser” inflaba el pecho.

Brasil es tierra fértil en materia prima futbolística, pero el “Kaiser” era negado con el balón, un tronco de aquellos, leña para el fuego. No corrió riesgo alguno: al primer entrenamiento, con las canilleras mal puestas, fingió una lesión. La nueva contratación vivía una desgracia, un colmo de mala suerte. Y así, sucesivamente, logró pasar 6 meses gambeteándole a la pelota, a punta de certificados médicos truchos que se conseguía con un dentista conocido. El club, lejos de sospechar, mordía la ansiedad; además la resonancia magnética todavía no aparecía.

Ahora bien, Raposa no perdió el tiempo ni se limitó a cobrar a fin de mes, hiló de a poco una red de contactos con diferentes jugadores -no sólo los de Botagofo- y sin mucho esfuerzo captó los intereses típicos de sus “colegas”. Fue así que Renato Gaúcho, quien la descocía por ese entonces en el Flamengo, hizo las gestiones para llevarlo al equipo más grande de Brasil. Estuvo un año, sin jugar un solo partido. Los “infortunios” le perseguían, aumentando su condición de mito.

Para que el respaldo tuviera solidez, paseaba en los entrenamientos con un celular -de palo- fingiendo eternas conversaciones en inglés e italiano con distintas instituciones que “clamaban” por sus servicios. Obviamente su calidad de poliglota era otra vil mentira. Sus compañeros, mientras tanto, lo amaban; el “Kaiser”, que ocupado en los entrenamientos nunca estaba, aprovechaba de conseguir señoritas. En la cancha ni al quinto bote, pero fuera de ella se transformó en el enganche del hueveo.

Su fama se hizo conocida y se expandió más allá de su tierra. El Puebla mexicano cayó redondo durante 6 meses a la promesa de gol carioca. Luego, subió otro poquito e hizo de las suyas en el fútbol gringo. En ambas travesías, no jugó siquiera un miserable minuto. Tras un año de rodaje internacional, volvió a Brasil, al humilde Bangú. Volvía con la frente en alto y asegurando que incluso fue sondeado por el seleccionado mexicano para ser nacionalizado. Evidentemente, el “rechazó” la propuesta.

Sería en el Bangú donde más cerca estuvo de jugar: lesiones y suspensiones, además de un técnico que ya lo tenía entre ceja y ceja, lo obligaban a evitar cualquier amague. Sin embargo, a poco de empezar el partido, sintió la presión, la angustia del inevitable papelón. Agitado, cagado de susto, se vio perdido. Hasta que nuevamente le crujió el coco: escuchó un par de insultos de la hinchada rival mientras precalentaban en el campo de juego. Sin dudar, fue a la galería y se trenzó a combos con el primer pelacable que pilló. Dio un par de puñetazos, le llegaron varios, el árbitro lo expulsó. El técnico, incrédulo, furioso y raudamente fue al camarín. La explicación de Raposa supera cualquier guion: “Dios me dio un padre y después me lo quitó. Ahora que Dios me ha dado un segundo padre, que es usted, no dejaré que ningún hincha lo insulte como lo hizo al que yo le pegué”. Monumental. El técnico, emocionado, pediría a la dirigencia la renovación en el contrato del “kaiser”.

No sería lo último: tras su paso por el Bangú, cruzaría el charco y se daría el gran gusto de su vida, jugar en Europa. El Ajaccio de la segunda división francesa le abrió las puertas. Amigo de Romario, Edmundo y otros tantos, contaba con espaldas. Además de una prensa que siempre le dio el amén gracias a su amabilidad y al soplido de todos los rumores de la época.

En Francia sí jugó algunos minutos, pocos, pero algunos. Cada vez que ingresó a la cancha se hacía el contracturado, pero él seguía jugando, tocándose el corazón. La hinchada deliraba. Como delira cualquier persona que conoce la historia Carlos Henrique Raposa, el “Kaiser”. #BB

PS: Créase o no, volvió de Francia y jugó en un par de equipos brasileños más. No anotó ningún gol. Acumuló un buen dinero, que lo gastó rápidamente. Tuvo una mujer que se fue con otro. Hoy asegura que es personal trainer, claro que tiene un evidente sobrepeso. Confiesa ser feliz y que no se arrepiente de nada.

Acerca de Roberto Meléndez 401 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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