Marcelo Ríos nunca va pasar de moda

El chileno que supo ser el mejor

A paso altanero, lleno de confianza, sin preocuparse del resto. Perfilando el arrebato como eje del camino, junto con improvisar, ese sello ineludible de la genialidad. De cierta forma insolente, adorablemente insolente, sacudiendo a una sociedad tímida, llena de complejos, nerviosamente prudente. Esa arrogancia que a ratos irrita, pero que el tiempo observa, y agradece, porque quien subraya deja huella y ese es el eco que finalmente susurra en el pecho del pueblo. Y con cagadas, cómo no, si quien vive se desviste. Vivió y con él todos, al amparo de un sueño propio que se hizo extenso; qué mejor que hacerlo del brazo de un antihéroe al que su pasión le resultaba sencilla, ese fluir natural, espontaneo, obra del talento pero también de una determinación de ráfagas, ráfagas bellas, delirantemente esquivas en la rutina de la normalidad.

Marcelo Ríos, ese jugador que igualó el tenis al fútbol, detenía la bolsa de comercio y prendía la tele en cualquier casa, a cualquier hora. Qué importaba que fuese un pije inmaduro, sí descojonaba y no se arrugaba en apuntar a ser el mejor, y lo amábamos porque nunca hubo que esperarlo, porque siempre fue bueno, extraordinariamente bueno. Sí es cierto que desconcentrado, porque concentrado no sólo era una maravilla, tampoco perdía, pero quizás en ese flagelo crece la empatía, lo resuelve humano y lo hace todavía más chileno.

Sin ceremonia encendió la luz y me sacudió de un lado para otro, llegaba el momento de despertar, levantarse y arreglar todo, pues tocaba un día más de colegio. Era una fría mañana de mayo, ya de un lejano 1994. Lo había pensado antes de dormir, así que una vez abrí los ojos, el plan estaba preparado: me haría el enfermo. Fingí debilidad, voz agónica, pero no superé ni la segunda pregunta del cuestionario. Patá en la raja y a bañarse.

Contaba con apenas 9 años, pero ya era un adicto de los eventos deportivos: con 5 me vi todo Italia 90, también la NBA en el ya extinto RTU, por supuesto los partidos de ‘Bam Bam’ en el Mega y todo lo que saliera en la tele e implicara movimientos. Y esa mañana jugaba Marcelo Ríos contra Pete Sampras en Roland Garros ¡Me quería matar! Además tocaba arte y el trabajo no lo había hecho, o sea, rojito a la carta.

Salí de la ducha con la obvia intención de convencer a mi vieja, pero no aflojaba. “¿Y quién es Sampras?”, me preguntó ya al verme realmente angustiado. “¡El número 1!”, le dije con la efervescencia que se requería. Y cuando una mamá se abre a la duda, basta un pucherito, falsas promesas y a la cama nuevamente. ¡Qué grande mi vieja!

Me acuerdo que el paquete de Bernardo de la Maza había dicho, en ese calvario que son las noticias, que si el Chino perdía ‘6-2, 6-3’ se podía considerar un resultado auspicioso. Qué Chile aquel. Pero ahí estaba él, ‘ni ahí’ con toda esa modorra aburrida, sin sangre ni coraje; con ese pelo largo, ‘alocado’ para esos tiempos, y el jockey para atrás, en modo ‘irreverente’. Lleno de calificativos a su alrededor, cuando en realidad era tan sólo un lolito siendo lolito; un lolito que desafiaba al número 1 del mundo en la Suzanne Langlen a tablero vuelto.

Flaquito, de 18 años, que se encordaba las cuerdas él mismo y del otro lado de la red, un señor alto, corpulento y millonario. Flashes, más flashes y el rostro de Ríos era coloquial, como dictando que había nacido para eso. Ni sorprendido ni atemorizado, salió a jugar y a ganarlo. ‘6-2, 6-3’, las hueas, el Chino quería ganar. Rápido, leyendo la jugada y devorándose las líneas, junto a esa exquisita capacidad de alterar los efectos, encontrar el ángulo indómito y jugar con las aceleraciones. Y más encima zurdo, desubicando el patrón regular.

¡Qué técnica la del chino! Sampras matando a saques, reventando la pelota con la convicción de un ciego compromiso, y le salía, qué no. Pero ahí estaba Marcelo, llevándolo de un lado para el otro, haciendo un show del paleteo y también, claro que sí, tirando fuerte con esa ‘derecha’ que le corría y un revés a dos manos que dibujaba la cancha como lo hace una mina bonita y brava con bikini blanco en la playa.

El publico se tomaba la cabeza, porque lo que creían sería un mero tramite, estaba hecho punto por punto. Ya no me quedaban cábalas y lo único que esperaba era que el gringo se equivocara; pero al final, pesó la experiencia, aunque hay que decir que el chino siempre arriesgó. ¿Jugar a pasarla? Nada, nunca. Fue 76, 76, 64. Estuvo cerca, cerquita. Los mejores puntos fueron los suyos, también fue quien se llevó toda la ovación al final del partido, pese a que perdió. Bueno, aunque no perdió, ahí el mundo lo conoció.

Ríos se fue molesto, enojado: una mano inexpresiva a Sampras y un tibio despido a la grada. Apagué la tele y todavía emocionado, fui a buscar una vieja raqueta de madera que había en la casa: tomé una pequeña pelota de goma y comencé a darle pelotazos a la pared de la casa. Estaba jugando Roland Garros, como el chino.

Los años pasaron y lo seguí como hincha fiel, siempre. Y en todas las canchas, un fiel grupo de chilenos representando y dándole color al tour con el ‘Ceachí’. Y conocíamos la agenda, los torneos; hasta mi abuela se manejaba con el top ten. Cuando le ganó a Wayne Ferreira en Hamburgo y quedó 10 por primera vez, el laboratorio de ciencias era un carnaval. Para mi primera final de 50 metros planos en el Interescolar, mi viejo estaba en el auto, escuchando por la radio un partido suyo contra Muster. Y nadie se olvida de ese día en que fue número 1, tras la lección a Agassi, luego tirando la raqueta a la galería, bien alta, lejos, como lo hacen los graduados con sus gorritos. Tampoco olvidamos a Pata Larraín robando cámara. Menos a todo Chile celebrando en las calles, felices, eufóricos, al fin un chileno podía, demostraba que era el mejor.

Y sus condoros son igual de inolvidables y extraordinarios: se casó de blanco, meó a un weón en La Serena, le pegó paipes a un taxista en Italia, lloró por una mina en conferencia de prensa, atropelló a su preparador físico, y así, cagada tras cagada. Pero vaya que era bueno para el tenis, tanto que con apenas 22 años llegó a la cima. Algunos hablan de su carácter, pero yo diría que fueron las malditas lesiones: el codo, la espalda, la espalda y la puta espalda. Sin embargo, pucha que nos hizo soñar el Chino Ríos. Y cumplió, porque fue el chileno que supo ser el mejor, y eso no se lo regaló ni el apellido, ni el pituto.

Yo sólo puedo decir: gracias, qué manera de hacerme vibrar. Y todavía gracias, porque a ratos, cuando quiero ponerme un poco más contento, miro vídeos con puntos y partidos del chino. Es que aunque esté retirado, Marcelo Ríos nunca va pasar de moda. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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