El bochorno

Los mensajes venían llegando desde hace semanas, pero horas antes se multiplicaron: desde Melipilla y Vallenar, adeptos de ambos clubes estaban con la adrenalina a tope previo al encuentro, transmitiendo aquellas sensaciones a esta página. Tanto el nerviosísmo como el entusiasmo eran evidentes; se trataba, en definitiva, de esa reconocible ansiedad, tan del amor, tan del hincha, que se traga el tiempo. La cita prometía y el morbo se encontraba asegurado: de un lado, el festejo rompería el colchón; del otro, la pena apagaría la tele. Así son todas las finales. Esta, sin embargo, no sería como ninguna otra…

Desde Melipilla, la arenga se sostenía en la revancha y la experiencia: tras dos intentos fallidos, en plenas finales, la tercera debía ser la vencida y así, de una buena vez, ascender de categoría. “Ahora sí que sí”, se ilusionaban sus fanáticos. Desde Vallenar, la sólida campaña que los situó como el mejor equipo del año de la segunda división profesional, contagiaba a toda una ciudad detrás de un club de origen barrial, de apenas cuatro años de existencia que no hacía mucho estuvo al borde de descender. “Lo de Vallenar viene con épica”, aseguraban orgullosos desde el norte de Chile.

Se podía presumir un desenlace apasionante y emotivo. Más con la llave abierta luego del 1-0 en la ida para Melipilla. El Municipal Nelson Rojas de Vallenar estaba hasta las banderas. Y así fue en la cancha, apasionante y emotivo. Un juego con las trabas propias de lo importante, pero en el que ambos equipos dieron muestras de fuego propio: Melipilla, sin temores, jugando sus chances y llegando incluso a la ventaja comenzando el segundo tiempo; Vallenar, por su lado, no tuvo la pera blanda y rebelde fue por su causa, consiguiendo a balón parado el empate y luego darlo vuelta. El tablón se percibía eléctrico y los jugadores en el campo, a sudor revuelto, brindándose por completo. Ahí es cuando la pelota subraya su significado, pues, allá adentro aparentemente no había mucho más que eso, salvo las ilusiones deportivas de esos mismos futbolistas, junto al peso de una familia que sacar adelante y que cuesta, y a una hinchada a la que se conoce y reconoce porque a todos lados se va a pie. Allá adentro había mucho más que solo una pelota. El drama, crudo pero delicioso, no pudo ser de otra manera y se estiró hasta los penales.

Lo increíble en el fútbol, en ocasiones, tiende a ser un lugar común, tanto que a ratos este juego parece la más cotidiana de las ficciones. Lo increíble, eso sí, lo recorre todo, y esta vez se posó en el absurdo, junto a un hombre vestido de negro: el marcador estaba 2-3 a favor de la visita y si Juan Silva erraba, Melipilla ascendía. Silva convirtió, pero con un claro freno antes de patear el balón. Se puede desacelerar, pero por ningún motivo frenarse. Un error ridículo a esta altura de su carrera; un error subtitulado por los nervios. Gamboa, el árbitro del encuentro, sin nada en movimiento, ordenó repetir el penal, demostrando que no había leído ni comprendido el espíritu del nuevo reglamento, ese televisivo e inmediato que castiga a mansalva la pérdida de tiempo. Tampoco sus asistentes lo leyeron. Silva pateó nuevamente, convirtió y Vallenar siguió con vida, al menos un penal más. El resto es historia: el portero Julio taparía, y en un quién vive de infarto, palo a palo, Vallenar celebró con la vuelta olímpica.

Inmediatamente terminó el partido, los mensajes desde Vallenar y también de distintos rincones del país no se hicieron esperar: de Vallenar, con emoción, pedían rápido una crónica; de cualquier lado, lo mismo, “¡¡Hueón, se pasó el partido!!”, escribía alguien quien en su foto de perfil vestía la camiseta de Rangers. Del polémico cobro de Gamboa no se hablaba, por el contrario, incluso algunos, aceptando el vicio, se arrimaban a la realidad de la cancha y a la injusticia tácita del presente. No pasó mucho hasta que la versión de que los penales podrían repetirse se hizo firme. La ANFP lo confirmaría dos días después, esgrimiendo la importancia del penal en cuestión: era decisivo. Como también es decisivo que un árbitro conozca la reglas que imparte. Y así, la escalera suma peldaños con los claros adelantos de Bravo en la misma secuencia de penales. Y la justicia, de pronto, oportunista y con semblante de moralina, se vuelve ridícula, porque el error es parte del juego, de la vida y pasa; se castiga, se corrige para adelante, pero no se vuelve atrás como un juego de vídeo. Para colmo, sería sin público y en La Serena (?), desnaturalizando absolutamente el contexto.

Melipilla viajó a la nueva tanda de penales; Vallenar, con la elegancia propia de los dirigentes del fútbol chileno, en menos de 24 horas ya había finiquitado a gran parte del plantel campeón, y no se presentó. Ascendió Melipilla.

Lo que debió ser una fiesta, terminó en bochorno. En la ANFP sienten que fueron serios. Vallenar dice que recurrirá al TAS (les recomiendo no usar el argumento de un plantel despedido como excusa para la no presentación). Melipilla festeja en silencio, sin vuelta olímpica. Y a pesar de que hoy los mensajes que llegan ya son otros, el penal de Silva durará toda la vida. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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