El baile de Andre Agassi

Wimbledon, el torneo de tenis más antiguo y prestigioso del mundo, está lleno de reglas. Los jugadores sólo pueden vestir de blanco, el postre de regla es frutillas con crema, y si la Reina está en las gradas, hay que saludarla con una reverencia. Elegancia y glamour para muchos, una soberana lata para Andre Agassi, que nacido y criado en la pobreza de Las Vegas, ya había ganado torneos en jeans y sudadera. Pero tras su sorpresiva derrota con Andrés Gómez en la final de Roland Garros (1990), un progresivo descenso en el ranking y su evidente pérdida de pelo (sí, la frondosa melena era falsa), el astro del tenis tenía que levantar su moral del suelo, retarse a nuevos desafíos, y en esa idea, acepta jugar en pasto por primera vez en su carrera.

En su enferma necesidad por ganar, y también por huir, Agassi saca adelante sus partidos. No de la manera que hubiese querido –siempre de manera agónica y cerca del descalabro- pero gana, lo que le da el pase a la semifinal con la leyenda McEnroe. Pero por muy leyenda que sea, el caballero ya es un abuelo en retirada, y muy a su pesar, Agassi lo despacha en tres sólidos sets y se instala, nada menos, que en la final de Wimbledon. “Me veré con Pete”, piensa mientras se sienta en la silla ya con la ansiedad de triunfo satisfecha hasta nuevo aviso.

Sin embargo, un balde de agua fría lo sorprende: “Pete perdió” le anuncia su entrenador, “pasó Ivanisevic”. Goran Ivanisevic, un joven croata reconocido por sus saques de alta velocidad y difíciles de responder, ideal para el césped, con quien se ha enfrentado 2 veces siempre perdiendo en sets consecutivos. “Se pudrió todo”, piensa Agassi mientras se tapa la cara. “Pero ganó Steffi Graf”, le lanza su entrenador con una sonrisa. Agassi no la conocía personalmente pero desde que la vio dando una entrevista a un medio francés no necesitaba saber más de ella para sentenciar con propiedad que la tenista alemana era una belleza soberbia, de moral intachable y, por sobre todo, intrínsecamente buena. Básicamente, un ángel de los que escasean en el desierto en que se crió.

Había intentado hablar con ella, pero Graf nunca respondió sus mensajes. Y entonces, mientras se secaba el sudor con su toalla cayó en cuenta que la una única regla de Wimbledon que no había considerado, ahora se convertía en su estandarte de lucha para ganar la final: el tradicional vals de los campeones en la Cena de Gala. Una cursilería, sí. Pero una que le permitiría, además de incursionar en esos ritmos anacrónicos, presentarse finalmente a la gran Steffi Graf. “Pero no tengo traje”, pensó. No esperó a ver su suerte, no por confianza, sino por ansiedad, y se dirigió a Harrods a comprarse la tenida del millón. Y para alguien quien solo tuvo como máximo 3 poleras en su vida, un terno no es cualquier cosa: sino la confirmación de un cambio.

Para quienes hayan visto videos de la hazaña o tenga la edad suficiente para recordarlo con nitidez (lo siento), sabrán de sobra que no fue fácil. Los saques de Ivanisevic ese día no bajaban de los 200 km/h; más que pelotas, balas al orgullo. Pero errar es humano y Goran comete algunas faltas que Agassi aprovecha con inteligencia. Quinto set, ambos tienen opciones, pero el sueño de niño del croata comienza a temblar más de la cuenta; por contrapartida, el deseo de adulto de Agassi no cede un milimetro en su áfan.

Match point: pelota a la malla, Agassi de rodillas, Goran esperándolo en la red. “Tienes que dar una vuelta con el trofeo”, le dice al oído uno de los encargado del torneo, “levántalo sobre tu cabeza”. Vuelta a la cancha y la ridícula emoción de saber que ganar es una sensación superlativa. El llanto incontenible, y ese jugador lleno de talento que rechazaba jugar en el pasto, ahora se volvía eterno del deporte blanco al ganar el Grand Slam británico.

En días históricos se hacen cosas importantes y Agassi, con esto en mente, se pone por primera vez en su vida, un terno. Llega un poco nervioso a la Cena de
Campeones, tanto por el nivel de seriedad como por sus pocas habilidades en la pista de baile, pero nada que unos cuantos copetes no sean capaces de aplacar. Conversa con un par de vejestorios, mira alrededor y espera que pronto una voz de acento difícil lo llame al centro del salón. Pero pasa el tiempo y todavía ni un llamado. “¿Y en cuánto rato más es el baile?” le pregunta a una señora mayor, pasada a naftalina, pero de seguro compresiva. “Oh, lo siento, pero este año no se hará el baile” le responde. “¡¿QUÉ?!”, exclamó al instante, olvidándose de la ceremonia, el protocolo y todo a su alrededor. “Ningún tenista se mostraba entusiasmado, nadie como usted, y por eso se canceló”, agregó la señora mientras acomodaba su escote y trituraba definitivamente la esperanza del campeón.
Andre Agassi no evita la cara de asombro y molestia. Mira su reflejo en las bandejas: de pelo largo, para más remate falso, y con terno. Se siente ridículo. Porque la derrota no es perder, la derrota es ni siquiera tener la oportunidad. Match point, ironías de la vida…con los años, esa oportunidad llegaría, pero no en Wimbledon, ni de terno, ni con esa melena, ni esperando un baile. #BB

Pd. Estimados lectores de Barrio Bravo, en un humilde atrevimiento, les recomiendo leer «Open: memorias» de Andre Agassi. Un manjar. Saludos y que tengan un gran día, Juana.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

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