El argentino al que alguna vez apoyamos

La rivalidad chileno-argentina existe, es innegable. Por supuesto que algunos estiran el complejo a bordes desagradables, de lado y lado, pero la secuencia competitiva y el observarse son fenómenos indistinguibles entre la piel y los días. Cada pueblo agrupa ciertas costumbres, genera su historia y admira los hechos que van constituyendo el hacia adelante. Hay muchas similitudes, pero se destacan las diferencias porque así nos vamos identificando. Por lo pronto ellos parecen ser un país con menos temor a comunicarse a través de las pasiones. Acá somos más rígidos, quizás tímidos a la hora de expresarnos. Preferimos algo bien hecho, con la coma bien puesta, que un rugido instantáneo. Esa libertad y desparpajo comunicativo, más una vanidad a ratos esquizofrénica, hacen de nuestros vecinos sujetos especiales. El tono colectivo para ellos casi nunca es de apoyo, es de batalla inconsciente; no es mala voluntad, es sólo que estamos demasiado cerca y lejos en la misma secuencia. Por eso ayer cuando Juan Martín Del Potro jugaba la final del tenis olímpico, fue sorpresivo que desde acá una gran parte quisiera, con compromiso, que fuera él quien ganara.

Por supuesto que los méritos deportivos influyen, su característica de juego engancha, su historia reciente es de libro y el torneo que hizo rayó lo emocionante. Llegó a Río a ver qué pasaba, ojalá ganar un par de partidos. Juan Martín después de más de dos años al fin lograba reinsertarse con mediana continuidad en el circuito; estuvo a un momento de fatal madurez de abandonar lo que más quiere, todo era una prueba. Y un drama, porque en su cabeza el miedo lo invadía, como invade la realidad el sueño de los adultos. El sorteo, como carcajada del destino, le regaló a Djokovic, el mejor jugador de hoy, para la primera ronda. Todo parecía indicar que sería un hola y chao. Para colmo, ese mismo día se quedó por varios minutos encerrado en un ascensor. Y sin una dama que al menos le hiciera volar un bello arrebato imaginativo. Parecía encaminado a una jornada oscura. Sin embargo, increíblemente se soltó. Djokovic, el ascensor, su pasado presente, todo un maldito conjuro. Botó la mierda dándolo todo en lo que él ya había definido como la pasión de su vida, a pesar de las dudas. Y regresó la derecha más implacable del tenis actual. Con asombro devastador y mucho coraje, le ganó en un partido para el recuerdo al número 1 del mundo.

Tras la primera victoria, debía confirmar que no fue un simple buen día. Siguió ganando, incluso a Nadal en otro gran encuentro, arribando a la gran final contra el escocés Andy Murray, 2 del mundo y campeón de Wimbledon hace un mes. Ya estaba hecho, tenía la medalla, quizás era el momento oportuno de hinchar por el otro y que el argentino no se llevara el oro. Pero Del Potro nunca fue canchero, nunca gastó el verso, nunca mandó recados, nunca se creyó el mejor. No tuvo ningún segundo de soberbia, al contrario, humilde, de chico a grande. Para él todo esto era un reencuentro consigo mismo, un volver a divertirse, regresar a estimarse nuevamente. Y eso se transmite, porque es algo que todos buscamos, sin nacionalidad, por el simple hecho de ser persona. Murray quería agigantar su nombre, Del Potro seguir jugando; como cuando eras niño y te iban a buscar en medio de la pichanga, y no querías salirte.

El partido tuvo la espectacularidad que merecía. Fueron más de 4 horas de ardua batalla, con público dividido y puntos que quitaban el aliento. Del Potro todavía no aguanta bien con su revés, tampoco con el físico, pero con dignidad deportiva puso lo mejor que hoy tiene para competir. Andy Murray fue un justo campeón, manejó el contragolpe y supo llevarse los peloteos largos, esos que desequilibran en la mente. Con todo, Del Potro nunca tiró la toalla, pero no sería suficiente.
Juan Martín Del Potro derrochó pasión y se ganó el afecto; se lo ganó por eso, pero también por su actitud sencilla y ánimo de reinvención. Pocas veces en Chile un argentino fue tan honestamente apoyado. ‪#‎BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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