Cultura chupística y otros malestares.

“Dos arqueros que hayan ganado la copa mundial” dijo Bastián y miró a Felipe quien se quedó helado. Quién chucha… pensaba mientras su mente iba abriendo todas las carpetas “fútbol” que tenía almacenadas en su cabeza, sin encontrar rastro alguno de toda la información que por años había guardado de memoria a punta de lecturas y videos varios. Porque si bien la realidad era que las habilidades motrices nunca fueron lo suyo, Felipe se escudó en que el fútbol no solo era jugarlo, sino estudiarlo y entenderlo. Se le hizo tan fácil que pronto comprendió que el fútbol no era estadísticas, jugadores y partidos, sino que era parte de la historia y cultura universal. Sin embargo, esa noche, Felipe solo era ruido blanco. Estaba con sus amigos de la U en un camping muy lejos de Santiago y de todo lo que significaba. Habían llevado poca comida, porque como dijo Miguel “allá vemos que hay”, pero copete de sobra, porque tal como acotó Pablo “no sabemos qué hay allá”. Manejaron 10 horas seguidas únicamente interrumpidas por necesidades biológicas de carácter urgente y después de pinchar rueda y escapar de una pana de bencina, llegaron al tal anhelado camping, que si bien no era ni la sombra de lo que mostraban las fotos por internet, tampoco era tan grave compartir un baño entre los 20 campistas. Los días eran a la orillas del mar y con una pelota en los pies, mientras que las noches eran guitarra en mano y contando las historias que la rutina no había alcanzado a viciar. Porque la felicidad es estar con los que se quiere, la playa y algo que compartir. Sin embargo, a la cuarta noche, la escasez de hielo y de vasos los obligaron a expandir horizontes y buscar alguna alma caritativa que los proveyera de lo que carecían. Pero a pesar de estar rodeados de carpas y personas varias, ninguno les proporcionó lo que tanto deseaban. Hasta que Miguel vaticinó: “solo nos queda preguntarle a las vecinas”, un grupo de 4 mujeres cuyas rutinas no se alejaban de las de ellos, cambiando eso sí, la pelota de fútbol por una de tenis.
Se acercaron tímidos, preocupados de no quedar como hueones, y Felipe, el vocero del cuarteto, le preguntó al grupo de chiquillas si acaso tenían hielo para compartir. Una cosa llevó a la otra y en pocos minutos, figuraban todos sentados en una mesa, tomando piscolas con hielo y contándose no la vida, pero sí algunos datos básicos y los chistes de rigor para entrar en confianza. Ellas se conocían del colegio, y al igual que ellos, se habían provisionado de destilados varios, además de mucha comida, lo que ellos no. Poco a poco, y gracias al alcohol, la cordialidad y las buenas costumbres comenzaron a aflorar y Renata, la morena, propuso un sano esparcimiento para amenizar la velada: “juguemos cultura chupística”. Las primeras rondas no fueron del todo exitosas para ellos al tener que sortear “marcas de ropa interior femenina” y otros temas de la misma línea, que los hicieron pagar la penitencia una y otra vez; una tapita al seco del tequila que Nora, la avezada, había traído consigo. Hasta que le tocó el turno a ellos, y el Pitu, que esperaba con ansias la revancha, tiró sin aspavientos el tema que tenía a Felipe al borde de la amnesia y de la cuenta regresiva. Hasta que Lorena, que estaba al lado suyo, respondió por él: “Buffon y Casillas”. Las risas estallaron y Felipe, quien nunca se imaginó en esas circunstancias y menos salvado por una mujer, miró a Lorena con vergüenza y la rabia de saber que por primera vez en su vida no había podido responder en la temática, mal llamada de hombres, que más dominaba y amaba en el mundo. De todas formas, le agradeció la gentileza de responder por él y le dijo a modo de halago, que ‘sabía mucho de fútbol’. Pero Lorena le respondió secamente que eso no era saber de fútbol. Entonces un click resonó en la profunda alma de Felipe y a los poco minutos logró que le dijera el equipo por el que hinchaba (Deportes La Serena, al igual que su madre y su abuela), si jugaba o no fútbol (no jugaba al fútbol por el mismo problema de él, pero también lo había sorteado a punta de lecturas y conversaciones) y su número de teléfono. Lorena, si bien lo encontró extraño porque no habían hablado de otra cosa que no fuera fútbol, se lo dio.
A comienzos de marzo se juntaron un par de veces más, pero el amor no volvió a aparecer tal como Felipe esperaba en esas citas de cerveza y papas fritas. Pero sí hicieron que Lorena se convenciera que no todos los hombres de su vida deben saber de fútbol, y él, que las mujeres de fútbol no son necesariamente lo que suelen pensar de ello.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

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