Cuando el Superman Vargas le tapó el penal a Chilavert

Esta es una historia que de golpe se volvió antigua; el éxito de hoy, también los días que transformados en años se vuelven tiempo. Quizás por eso sea oportuno ir a su rescate, y aprovechando la distancia, agregarle un poco de cuento. La siguiente crónica tiene fútbol, pica hermosa y sabrosa revancha. Vida humana al borde, de pulsaciones. Acá vamos.

José Luis Chilavert trota con el pecho inflado, haciendo llorar al pasto, de un área a otra; su cuerpo está grueso, debería sacarle las miguitas al pan y la coca cola al whisky, aunque la chapa de ídolo sigue intacta. Va cruzando la cancha en una escena habitual que le ha hecho fama mundial. El público del “Defensores del Chaco” estalló segundos antes, pero al verlo salir de su arco la explosión incendia todo Paraguay. El estadio como que tiembla. Hay penal a favor del local y es el portero de Vélez Sarfield el encargado de la ejecución.

En la portería rival lo espera Sergio Vargas, el Superman. Vargas es argentino pero lleva casi 10 años en Chile. El formado en Independiente de Avellaneda ha hecho carrera en Universidad de Chile y ha sido en tierra chilena donde ha conseguido su prestigio, siendo considerado en seis ocasiones como el mejor guardameta de la liga local. También es el lugar donde han crecido sus dos hijos. Es amado por los hinchas azules, lo putean todos los demás; es parte del folclor, se caga de la risa, lo pasa bien. Y si bien el tono “che” sigue inmutable, el “hueón” agarra terreno. Con todo, entiende igualmente el recelo de parte de algunos que ataje en la selección, por eso trata de ir piola, sin tanto barullo. Aunque la mayoría, indistintamente del color de la camiseta, reconoce que es de esos extranjeros que ha dejado huella y que se ha ganado bien los morlacos. Durante mucho tiempo hubo intentos por nacionalizarlo pero él no quería rollos, no quiso ir de oportunista. Hoy, con un Chile cómodo en los últimos lugares de la tabla, cuando ni la calculadora funciona y con medio equipo renunciado -ya no es “vitrina” ponerse la Roja-, pone el pecho y da una mano.

El partido se presenta como un mero tramite para los guaraníes, quienes marchan segundos en la tabla con 23 puntos, 13 más que un rival que ya cambió de técnico en el camino (don Nelson renunció de manera “indeclinable” tras tres partidos perdidos al hilo y un jugo hasta el alma en el Nacional frente a la Argentina de Bielsa). En la banca ahora está el carismático Pedro García, un DT que resume el atrevimiento táctico nacional de los años ochenta. En pleno apogeo del PlayStation, volvemos al Atari. Sí, es sólo una suma de voluntades. Aun así hay más dignidad que nunca, el equipo ha plantado cara y le ha sacado la pelota al dueño de casa. Los chilenos han dejado la piel, incluso un remate de Cristián Montesinos en el primer tiempo pasó cerca del palo de Chilavert y a los 50 minutos Pablo Contreras, que las hace de lateral derecho, tiró un centro. Superman, por su parte, ha estado atento a todas las que le han llegado, y ha sabido gritonear a la defensa y al improvisado mediocampo de contención (Pozo, Osorio, Villaseca), ordenándolos, levantando la sangre. Pero a los 58 minutos llegó nuestro amigo de toda la vida: el saqueo. El árbitro Rodrigo Bobadilla vio a un albirrojo cayendo por primera vez en el área y cobró de inmediato, sin pensárselo.

José Luis Chilavert llega canchero a cobrar la pena máxima, el ambiente es estruendoso, saben de la efectividad del zurdo y el semblante del portero es de plena confianza. Quizás mucha, y eso molesta. Al arquero paraguayo se le conoce la arrogancia, una que se ha ganado a punta de peleas diarias, y con títulos, porque Chilavert no es cualquiera, es un ganador y un villano necesario. Además, bravatas más, bravatas menos, las cosas pasan. Pero en la cancha no hay espacio para reflexiones de ese tipo, es una delgada cuerda salvaje en la que todos quieren mantenerse de pie; es esa adrenalina que enamora. Precisamente con el arquero que ahora tiene al frente ya tuvo un encontrón hace algunos meses, instalándose la llama instantánea y el morbo.

Se jugaba la Copa Mercosur en el estadio Santa Laura entre Universidad de Chile y Vélez Sarfield y se pitó un penal a favor del cuadro chileno. Superman detestaba el modo en que el paraguayo celebraba los goles a sus colegas: gritándolos a la cara. Quería cobrar venganza por el gremio. Vargas corrió rápido para pedir el penal, sin embargo, su petición fue desestimada, siendo finalmente Rodrigo Barrera el que cobró y mojó. Terminado el partido, se consultó a Chilavert por la intención que tuvo Vargas, y dijo: “A este pobrecito le falta mucho para alcanzar mi nivel”. Gratuito, imperdonable. La afrenta sigue encima, latiendo sin pausa hasta esta noche del 2 de junio del 2001, cuando están cara a cara.

El capitán paraguayo se prepara a patear, busca la concentración, pero es interrumpido por el lateral izquierdo de la Roja, Eros Pérez. Pérez quiere distraerlo y le menciona el nombre de Hernán Castellano, un conocido atajapenales trasandino que ya le contuvo a Chilavert. Eros le asegura que Vargas es tan bueno deteniendo desde los 11 metros como Castellano. Chilavert, suelto de cuerpo, le responde “Eso no va pasar, chiquilín”. El término “chiquilín” descompone al lateral, quien insiste con un sobrio y elegante “Se te va ir, guatón culiao”. Paralelamente, Vargas, sin achicarse, indica con el dedo a la galería que esta no será la ocasión de celebrar. La atmosfera es intensa, tensa, apasionante.

Chilavert comienza la carrera, Vargas lo espera. Chilavert está llegando al balón, Vargas sigue aguantando. Chilavert está atrapado, Vargas no da señales. Chilavert manda la bomba cruzada, Vargas va a ella y entre mano, rodilla y estomago, la manda al tiro de esquina. El “Defensores del Chaco” se perturba y entre el silencio, Vargas se levanta y con toda la furia contenida sale a gritárselo, gritárselo a la cara “Toma conch…” bien ‘achileneao’. Es un desahogo que tiene el abrazo del equipo y que en Chile se celebra con euforia, porque más allá de los números, el orgullo nunca se apaga.

Lamentablemente, en los descuentos, tras un tiro de esquina, Carlos Humberto Paredes ganó por arriba, en la especialidad de la casa, y clavó el definitivo 1-0. Quedaba un cambio más, se pudo haber hecho algo de tiempo, pero nuestro amigo Pedro García ni en la maña atinaba. La desolación de Vargas, que lo había tapado todo, y del equipo, fue descomunal. Todo se había arruinado en ese momento. Pero las emociones valen más que un resultado, superan al tiempo, y ese penal del Superman Vargas es mirar al pasado y abrazarlo.

Pasados los años, Sergio Vargas confesó con humildad “Es un momento que guardo como uno de los capítulos importantes de mi carrera”. Y quienes lo vimos, lo recordamos. Y los que no, pueden darse cuenta que entremedio de una derrota también existe la épica, e historias pulentas. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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