Cuando el fútbol se transforma en arte

«Un sol que acorralaba la sombra, algo extraño para Agosto. Desabotoné la parte superior de la camisa, desanudé la corbata y escapé; ya no lo aguantaba y sólo el partido podía devolverme en algo lo que era o lo que estaba acostumbrado a ser.

Pedí unas papas fritas bien saladas y aceitosas, y qué. Lo acompañé con un shop helado y me senté en la barra de una fuente de soda cualquiera, de esas que aún existen en el centro, que no ponen velitas ni pretenciosas mariconadas. La convocatoria no era masiva, la derrota con Venezuela en la Copa América golpeó el ego bien adentro; como pelota dura que no avanza.

Aún quedaba tiempo para que el juego comenzara; cambié un par de monedas con la mesera, también una que otra mirada -por deporte- y fui a un wurlitzer que en principio parecía tener sólo mierda. Busqué, busqué y busqué, sin paciencia pero decidido, es que la Paloma me tenía reventado y la entendía, pero era el turno de decir basta. Lo sé, el sexo perdió el frenesí, las conversaciones carecían de matices y me eché en los laureles de quien cree que gana el torneo con dos partidos buenos. Ella tampoco lo hacía nada de mal, porque en su estúpida idea de sinceridad, arrastraba una agresividad que, de pronto, conmigo se potenciaba, y la soltaba, sin temor a los efectos, ni situando un contexto. No sé si la última palabra, pero yo era siempre el equivocado y la batería de defectos crecía con los días. Ya peleábamos el descenso y el barro en la cancha se sentía.

La noche anterior supe de sus aventuras paralelas, las mismas que las mías, y no sabía qué golpe era peor, si la imagen de ella en otros brazos o el rostro de satisfacción del estúpido que la abrazaba; estúpido al que conocía. Y contarlo no va de macho, y vaya cuánto quemaba.
– ¡Es que me dejaste sola! – y entre lagrimas, golpeó mi pecho, mientras mi respiración, entrecortada, volvía agitarse, después de mucho, cerca suyo. Encontré a Otis Redding, ‘My girl’ y esta vez, un whisky barato, sin hielo y ojos bien húmedos. Recordé los buenos momentos, esos que ya se habían quedado atrás; y las peleas sencillas que nos constituían, como ese maldito por qué de la cazuela en verano. Creí verla entrar muchas veces, pero sus tacones no bajaban tan allá. Aunque nos conocimos en la pobre, haciendo ‘vaca’, ‘dedo’ y a la playa en la ‘rata’.

El partido ya estaba en marcha, sin embargo, mis pensamientos viajaban junto a la Paloma y la noche en Puerto Varas en que casi hicimos al ‘Lucas’. No estoy seguro en qué momento la había dejado de amar, pero mi admiración por ella se había evaporado sostenidamente; tal vez en el momento en que me comenzó a ir bien y todo lo centré en mí. También cuando ella dejó de ser mi cómplice y el diseño le ganaba a nuestras caminatas. Ya ni Bob Marley nos salvaba.

Chile caía 1-0 frente a Francia, aunque no se jugaba mal. Es cierto que el equipo de Borghi no presionaba, pero tocando buscaba posicionarse en campo rival. El huaso Isla emprendió la carrera y Waldo Ponce le lanzó un balonazo cruzado de 50 metros, a la altura de la cabeza, con velocidad de tiro libre. La jugada era lógica, también buena. Sin embargo, un ‘oooohhhh’ escalofriante interrumpió lo predeterminado; no fue posible seguir bebiendo y me paré raudo, llevándome en el puño un buen pedazo de kétchup. Había Aparecido el ‘mago’, el mino de la cara de cuica, a ese que le faltó Europa, pero que te roba, porque su cuerpo se mimetiza con el juego y tiene lo que debe tener un ’10’: adelantarse a la inmediatez. Billy Elliot y todo el ballet en la pierna derecha, y con la firmeza de ese cariño honesto que nace con la cuna, la mató ahí mismo; perversamente delirante, deshonestamente talentoso, ridículamente expresivo. La jugada continúo; bote y luego a gambetear; soltó pared, fue a buscar y de zurda la desvió levemente por arriba del travesaño. Todo el resto, simplemente resto.

Incrédulos, la decena de clientes observamos nuevamente la acción; el pecho se me apretó y absurdamente sentí adrenalina. Aparecieron aplausos espontáneos y la risa de satisfacción de ver algo inusual, algo completamente especial. El barman, aún atónito, me dijo acelerado: ‘Y el fútbol se transforma en arte’. Saboreé la presencia de un lugar común efectivo, y tremendamente oportuno. Es que el arte desaparece para aparecer, y el bueno es breve, pero de huella eterna. Un instante en que la pasión se confunde con la belleza, y lo extraordinario se expresa y reclama su vigencia. El mago confundió los suspiros, justo en la tierra de Zidane.

Chile lo empató en el segundo con un Alexis brutal y un golazo de cuadro del Nico Córdova. Claro que yo me fui bien puesto pensando en la maniobra de Valdivia.
Llegué al departamento y al verla supe que no quería dejarla; tuve miedo de escupir todavía más lo que quedaba, pero una jugada me había devuelto la ilusión y sus labios aún me pertenecían; lo sabía, porque esas cosas se saben, no son necesaria decirlas, son miradas y deseos que regresan en el fuego del infierno. No le di tregua, a nada y aunque se quejó de mi boca alcoholizada, respondió entendiendo que lo necesitaba; a mí, porque el umbral de la costumbre y la distancia del combate no arruinaron el apego.

A la mañana siguiente hubo que lavar las sabanas, deshacer la maleta y perdonarnos un buen rato. Esa noche hicimos al Lucas y, aunque no siempre, insistimos, a día de hoy, con eso de la caminata.» #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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