Cuando Chile se afeitó del bigotón

Xabier llegó con el verso pausado, tranquilo, confiado. Su mirada arrastraba con orgullo el paso en tierra boliviana. El bigote no pasaba inadvertido, así como tampoco su acento, ni esa seguridad subrayada por el éxito reciente; seguridad que en Chile no abunda, por lo tanto es sospechosa. Xabier a ratos presentaba el fútbol como un relato literario, en otras con acuciosa exposición académica. Parecía venido de otro mundo.

Pasaron los partidos y el galán era completamente terrenal. La línea de tres en el fondo, una bandera de lucha, claro que con centrales lentos; altos, pero lentos. Comenzaron las criticas, y Xabier no se guardó nada: «¿A quién le han ganado ustedes?» deslizó sin pudor, hiriendo la vanidad patria. Desde ahí, el bigote empezó a ser visto como un símbolo del mal. Y desde esa primera arrogancia, perdió el paso, como suele pasar cuando las convicciones se someten al vicio de persuadir por persuadir. Xabier, que hasta ahí había dicho que lo importante era acostumbrarse a los jugadores, asumió un caudillismo infantil e impuso una idea a la que nunca le había dado consistencia. Don Clemente estaba ajeno a todo eso, nunca había jugado fútbol, tampoco lo había visto demasiado.

La televisión encendida, mientras don Clemente afila una antigua pero vigente navaja. Observa la pantalla, sin demasiada atención, sólo para reencontrar un objetivo y revolver en lo coloquial un tema, algo para conversar. En las imágenes aparece Xabier, su piel se ha marchitado, sus ojos ahora son pantanosos y sus frases se han vuelto cada día más complejas, así como filosofo pretencioso que tiene poco para decir. El juego del equipo no es lo prometido en un principio, tampoco los resultados y la expectativa es enorme. A diferencia de Bolivia, donde se sumó y construyó el discurso de un sueño, arropado en la altura y una generación irrepetible, en Chile comenzaba con la barrera de las exigencias. El desafío no tenía diagonales, y ni la hinchada ni la prensa estaban para el encanto de metáforas: el mundial, sólo el mundial.

-«Juega muy mal Chile»- intervino un cliente del viejo barbero. Este simplemente le siguió la corriente, además no era la primera vez que escuchaba algo similar. El 6-0 que «La Roja» se tragó con Perú dolió para siempre, y la Copa América de 1995 para Chile no había dejado más que dudas y un papelón tirante. -«Excusas, siempre excusas y palabras hueonas»- refunfuñaba el cliente nuevamente entremedio de un discurso inentendible de Xabier, quien insistía en la palabra «tiempo». Pero así como el tiempo avanza y de vez en cuando evoluciona, también pudre y asesina incluso el esencial mundo de las ilusiones. El bigote de Xabier ya no iluminaba ilusión alguna, y la inmensa mayoría quería afeitarlo: por fútbol, por presencia, por bigote. A don Clemente, de pronto, le bajo el interés, tal vez porque el bigote le resultaba una escena familiar, también por el morbo, y porque en todos sus años como psicólogo de barrio, nunca había visto tamaña sospecha colectiva.

Barinas recibía el encuentro con animo estival aunque sin implicancia. Venezuela todavía no se enganchaba con el fútbol, su selección era la más abordable del continente y los 3 puntos parecían nunca ser para ellos. Pero esa tarde, bajo la humedad criminal del caribe y una cancha en la que llovía de una mitad y de la otra sol radiante, el cuadro local pasaba por encima de Chile. A Xabier le gustaba el buen trato de balón, algo que una cierta elite del fútbol nacional aplaude sin mayor profundidad. Esa cosa un tanto burgués del objeto como objeto. Y así, en esa formula gastada y sin ritmo, las líneas abiertas, un equipo largo y sin anticipo. Chile sin intensidad, refugiados en el talento individual, la pared natural y el pelotazo de toda la vida. La vergüenza aplastaba el corazón nacional, ruborizando el carácter y escupiendo los garabatos de la rabia. Hasta don Clemente, un tipo reposado y no tan vinculado con la pelota, desde su casa era parte del eco nacional de puteadas en contra del bigotón, más de un «Bigotón conchetumadre» se tiró. Nelson Acosta mandaba a traer la champaña.

Último minuto, el papelón a cuestas, pero Chile se va con todo; o algo así. A empujones, aplastando, tirando para adelante. Musrri abofetea un pésimo centro al área, aunque con los años él habla de cambio de frente; por fortuna le queda el rebote al Coca Mendoza, quien no tiene tiempo de ser elegante y patea con los ojos cerrados ojalá cerca del arco; el rebote le sale pase y ahí estaba Margas, perdido de 9 área tratando de salvar la plata; en área chica, sin clase, pero lleno de voluntad, mete cuerpo, rodilla, cadera, condón y malos pensamientos: pelota adentro y se gritó como si fuera un golazo. 1-1 y algo de dignidad. Don Nelson, que ya tomaba champaña, se puso pálido. Don Clemente miraba el festejo del bigotón y le picaban las manos. Todo Chile celebraba el gol, pero a la vez pensaba: «Ojalá que no se salve este hueón».

El empate escrito y la directiva nacional con la decisión tomada, pese a un final con sonrisa nerviosa, algo aliviada.

Nelson Acosta bebió su champaña. Don Clemente, desde ese día, ve fútbol. Y Chile no quería sospechar, quería volver a tener la ilusión, así que se afeitó del bigotón. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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