Cuando Chile regresó a un mundial

La mañana descansa del ajetreo cotidiano, las calles parecen desiertas, aplaudiendo el silencio. Un auto pasa a toda velocidad, va apurado, al igual que una señora que corre sin importarle el cemento ni sus tacos. Todos van donde mismo. Es un jueves curiosamente feriado, 11 de junio de 1998, pocos quedan en Chile, están en Francia.

La siguiente es una historia fascinante, de esas que delatan el rasgo provinciano de una época, pero a la vez, el manto sentimental que la rodeaba. La selección chilena volvía después de 16 años a un mundial de fútbol, sin grandes expectativas, sujetos a la comodidad de la prudencia, secuestrados por los complejos que daban sombra al pasado. Aun así, la efervescencia era colectiva, dispuestos a aniquilar la inercia de la realidad, creyendo ingenuamente que tras esos 90 minutos el camino del lenguaje podría cambiar de curso, o quizás, tan solo durante esos 90 minutos, podríamos reconstruirnos a través de un sudor valiente, de un gol bien gritado…y buscar, a través de un paréntesis popular, la rebeldía que nos faltaba. Un partido de fútbol como excusa para intentar destruir esa identidad cansina, aletargada, poco insolente. Y hacia allá, inconscientes de aquello, íbamos rasguñando el vapor de una ilusión, con la pelota a medio inflar, noveleramente con todas las de perder, como casi siempre.

Don Nelson reconoce que el debut viene bravo: Italia, el subcampeón del mundo, con Roberto Baggio en la cancha. Escribe con mala caligrafía desde un Bic rojo la alineación en un cuadernito de notas que se robó del hotel. Parte de atrás para adelante, cargando la punta en los últimos dos nombres: Salas y Zamorano. El técnico de la Roja suspira tenso, está nervioso. Mira nuevamente la alineación, entiende que el apellido Estay es menos popular que el de Sierra y eso puede traerle costos, pero el uruguayo ya está decidido, sabe que será un partido físico, es una Copa del Mundo. Chile va salir a correr, a morder, a ponerle garra a una calidad que viene del barrio. Además, el charrúa es astuto y el discurso de la calculadora lo maneja al dedillo: nadie espera puntuar hoy, así que no da para dramas. Sin embargo es Italia, el planeta va volcar sus ojos. Lo mismo cree la hinchada, la fiel y la no tan fiel: es Italia, acaso el único partido de la fase de grupos en que ser agresivo quede al arbitrio de la voluntad, y eso no es cualquier cosa. Don Nelson se pone el terno nuevo, se mira al espejo y se encuentra buen mozo, “algo raro va pasar hoy día”, piensa inmediatamente.

El capitán Iván Zamorano, con 31 años, hará su estreno en la máxima cita. El delantero del Inter de Milán gambetea la inquietud que le genera la espera lanzando bromas a sus compañeros, quienes ni siquiera le responden, porque el aire es escaso y la garganta solo respira. Lo advierte y los reúne, explicándoles que ellos también pueden competir a ese nivel. El pecho sigue quemando, pero al menos ya se miraron a los ojos. Ruge desde el centro una arenga, se escucha con fuerza, todo el plantel al unísono. Acosta se les acerca, aplaude el gesto y luego habla con el muchacho que se abrocha los cordones en la esquina: “¿Marcelo, cómo estamos pa’ hoy?”. El joven de 23 años lo mira serio y le responde: “Tranquilo profe, voy hacer un gol”. Tras la escena se levanta, se pone la ’11’ que dice ‘Salas’ y traga saliva concentrándose. El ‘Matador’ recuerda a un niño de Buenos Aires que con la camiseta de Boca Juniors le gritó: “¡Chileno, vos no salís ni en el Súper Nintendo!”. La joya de River Plate al principio no lo entendió, pero bastó una partida de consola con Gallardo para darse cuenta que “La Roja” no existía. Miró de reojo a don Nelson y agregó, sin que el ‘pelado’ entendiera nada: “Después de hoy, cómprese un Súper Nintendo”.

15 mil chilenos en las tribunas, algunos encalillándose para siempre, otros reencontrándose con parte de esa patria que tuvieron que abandonar, los demás desde una tele o la radio, con el corazón palpitando sin pausa.

La salida al campo de juego en una adrenalina irresistible y en dos hileras paralelas pero distantes, “La Azzurra” con sus estrellas del calcio y “La Roja” con ocho de los suyos jugando en la liga local…mismos ocho que ahora estaban al otro lado del charco, a punto de iniciar su primer mundial, contra la elite de la redonda. Adelante de ellos va Lucien Bouchardeau, el árbitro que viene del incognito fútbol de Níger. Se ha hablado de él con desconfianza, que no va a estar a la altura, que no resistirá la presión de dirigirle a un grande como Italia. Él parece ausente de esa discusión, ríe con espontaneidad, saluda a todos con gracia, e incluso algunos ya lo califican de “buen tipo”.

Un himno nacional cantado con la fuerza de la acumulación y de los flagelos que indudablemente aún separan, pero convocados ahí bajo la expectativa que no se explica, con la sangre discutiendo desde dentro. Un minuto para emocionarse. Luego la boca tragando el aire y la pelota en la mitad del terreno de juego. Pitazo inicial, comenzó el mundial para Chile. El corazón se detiene, se arrastra, avanza, como que explota, luego los ojos persiguen el juego entremedio de los sentimientos.

Chile siente el césped, mueve la pelota, comienza a desplazarse y a usar el ancho con los laterales. Sigue siendo el mismo juego. Italia impone, pero está clavado atrás, no logra armar juego, mientras su rival lo desborda entusiasmado. Son buenos momentos, hasta que un balón largo desde el fondo ilumina la velocidad de Roberto Baggio, el jugador distinto que nunca tuvo la península: pase de primera y el ‘Toro’ Vieri aplasta la red. En tres movimientos los nuestros quedan abajo en la cuenta. Van 10 minutos y la sensación de fragilidad parece obvia.

Chile lo intenta con ganas, pero desde el medio no hay demasiada prolijidad. Parraguez no arriesga demasiado, Acuña y Estay están en la batalla física, y arriba Salas no tiene protagonismo. Zamorano, sin embargo, combate y estimula. Los tres del fondo sufren con los intentos del cuadro europeo que tomó confianza después del gol. Los laterales pasan, pero dejan huecos. La selección arriesga, en toda la dimensión de la palabra, y la habitual tragedia ronda las cabezas de la mayoría. Sin embargo, en los descuentos, en la última jugada del primer tiempo, desde un tiro de esquina que ejecuta Estay, Zamorano salta más que ninguno en el área, su cabezazo rebota en Pedro Reyes y le cae al ‘Matador’: no dudó y cayéndose puso el empate. Ahí está Salas. El nuevo jugador de la Lazio lo celebra en la esquina, con la multitud.

En el entretiempo, desde el camarín nacional, la idea es una sola: se puede. Sí, los italianos todos buenos jugadores, grandes pintas y el verso altivo de la historia, pero once contra once es eso, y los chilenos quieren demostrarlo y demostrárselos a sí mismos.

Chile saldrá a ganarlo, y aunque a don Nelson no le molesta el empate, también siente que es el momento.
Van tres minutos y Chile está apostado en campo contrario, intimidando al rival y a su propia biografía. Es en esa dinámica que un ataque nacional no logra perforar pero insiste: rebotes, rebotes, Clarence Acuña con un centro desde la derecha y Salas que se encumbra en esa cámara lenta que aparece cuando lo que deseamos comienza a suceder, y no es magia. Marcelo Salas se eleva más alto y por más tiempo que Canavaro y de cabeza la pone al ladito del palo izquierdo. Pagliuca no puede hacer nada, Salas explota, el estadio también, en Chile se quiebra el silencio. Se le está ganando a Italia. Es real y posible.

El resto ya se conoce: las piernas se cansaron, don Nelson se encomendó a eso que se conoce como “partido inteligente” y Bouchardeu terminó cobrando una mano sin intención de Ronald Fuentes en el área. Penal. Roberto Baggio, frente a un Nelson Tapia que había hecho el partido de su vida, no la falló.

Chile empató ese día 2-2, sin embargo volvía a un mundial de fútbol con el orgullo intacto, junto a la fe de una hinchada que aunque acostumbrada a perder dio el aguante, tratando de a poco y con humildad de revertir la tendencia de siempre. La pelota estaba a medio inflar, lo sabíamos. Fue el regreso de la selección al mundo, y fue increíble, dramático y fascinante. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*