Cuando al Diego le cortaron las piernas

Pocos quedamos indiferentes al reciente doping positivo de María Sharapova. La rubia de piernas interminables se paró frente a una multitud de periodistas y de su propia boca confesó lo ocurrido. El shock fue inmediato, y más allá de sus excusas, sobre ella ya está la mancha y esa sombra torcida que es la desconfianza. La rusa de los gemidos nucleares se ha quedado sin muñeca y con el brazo de goma, esperando por la resolución que dictamine la WTA. Asegurar que su carrera está acabada es apresurarse demasiado, pero sin apuro y de forma inmediata recordé los dos casos más emblemáticos del deporte mundial en la materia: Ben Johnson, el velocista que impactó al mundo tras la final de los 100 metros planos en las olímpicos de Seúl 1988, y Diego Armando Maradona, luego del segundo partido de Argentina en el mundial de 1994, frente a Nigeria. El primero, por una razón de peso especifico de la competencia: la prueba icono de unos juegos olímpicos, además con una marca que hasta ahí parecía imposible: el canadiense detuvo el cronometro a los 9,78 segundos. El segundo, porque simplemente era Diego.

Maradona, ese petizo de barrio humilde y talante soberbio, que tan bien mezcla ese hibrido argentino de potrero y caviar, de poema y garabato, llegó a su cuarto mundial afinadito. Condenado luego de España 82, Dios tras México 86, y antihéroe de Italia 90, el pelusa, con 34 años a cuestas, portaba la cinta, y con un físico de guerrero, lideraba sobre sus hombros la esperanza de una nación pelotera y una albiceleste prometedora. Atrás había quedado el 0-5 propinado por Colombia un año antes y la angustiosa clasificación frente a Australia por el repechaje, el equipo trasandino tenía material, confianza y al 10.

Coco Basile caminaba engreído, Ruggeri se plantaba como si se tratase de Beckenbauer, Redondo que mataba el prejuicio del volante central zurdo, Simeone joven y sin pausa, Caniggia volando, Batistuta con la pierna de fierro, y el Diego pecho paloma, sabiéndose el distinto, con la champaña en la boca y los ojos llenos de fuego. Maradona buscaba el tercer mundial para Argentina, su segundo mundial, estirar su leyenda y cobrar revancha de una FIFA con la que nunca hizo migas. Porque al Diego podremos criticarle muchas cosas: sus salidas de madre, provocaciones absurdas y la pillería propia de quien no siente vergüenza; pero nunca calló, no gambeteó y siempre fue de frente ante al turbio recorrido de la mafia gobernante. Es que Maradona era un todo; negro, blanco y plomo. Así como en el 86 frente a Inglaterra, de la mano miserable, al slalom infinito.

Diego de niño, jugando a la pelota, porque así se escondía de todo lo que observaba su estomago sin comida; Diego de joven, flaquito, sin temor a ir de frente, con los huesos acostumbrados a la tierra, a las piedras; Diego el futbolista, buscando la gloria que percibía su esencia tenía, y con esa fuerza, una nación completa se iba a lapa; Diego, que tuvo la Copa, el llanto y el ostracismo, ahora volvía, con el mentón hacía arriba y un sólo objetivo: devorarse al mundo de la única forma en que su cuerpo, su cabeza y su corazón sabían, jugando al trapo redondo. Porque eso era él, jugador de fútbol, y el resto, resto.

Es cierto que el mundial de Estados Unidos no prendía, el partido inaugural no fue dado por ningún canal norteamericano y una semana antes la gente que sabía de la cita era increíblemente poca (no más de un 20%), de ahí el mito que la FIFA necesitaba a Maradona para subir los bonos de la competencia ha colado como realidad, sin embargo, buscar fantasmas en el demonio paga, pero erra. Porque según cuenta el mito, Diego habría tenido carta blanca para ponerse a punto de cualquier forma, y una vez visto lo visto, se lo manyaron. Y aunque la conspiración siempre da rating, lo cierto es que Maradona simplemente hizo lo que un flojo dietético le dio: y lo llenó de efedrina. Con 34 en el cuerpo y zorro ya da tanta batalla, ingenuo no era, aunque al ver que el frasco venía de la farmacia, el 10 tomaba tranquilo, bajaba de peso y se sentía con alas. Además que volver a pisar una cancha, el único lugar donde supo desaparecer y volver a ser, sentir el himno, filtrar una joya en un mundial…

Argentina partió en quinta, con el Diego a tope; Grecia dio caldo, se comió un 4-0 de precio, con gol del ‘pibe de oro’ incluido. ¡Lo que fue esa celebración! Cara de trainspotting, directo a la cámara. Y luego vino Nigeria, una selección en alza y que pintaba ruda, pero ahí también en la avivada se ganan los partidos: Caniggia, haciéndose el gil por el borde del área esperando el cobro de una falta; los morenos paveando, haciendo la barrera; y de pronto, un «Diego, Diego… ¡Diego! ¡Diego!» era Cani, y el 10 sin mirarlo, se la largó; el rubio partió, se metió al área como flecha y la clavó al ángulo en el segundo palo. Golazo. Argentina con oficio, fútbol y un Maradona a la altura de todo, sacaba adelante el resultado y los 3 puntos. El carnaval ‘che’ se desataba en todas las plazas y la esperanza del tercer titulo comenzaba conversarse sin murmullos. Pero algo pasaría.

30 minutos antes, el segundo médico de la delegación argentina sacó dos números: el 2 y el 10. Se trataba de los números del control de dopaje. Una rubia, llamada Sue Carpenter, ingresaba a la cancha, iba a buscar a ambos jugadores. Maradona miró a un chileno que por esos días comenzaba a apitutarse en la FIFA -no falta el chileno-, Harold Mayne Nicholls, y le preguntó: «¿Y esta mina?», Harold, con su carisma habitual, le devolvió un lacónico, «Es la del doping». Diego, sinceramente, no tenía miedo, pero todo el que vio la escena -una escena quizás tan o más recordada que el penal de Baggio- supuso que algo malo podía pasar. Por los antecedentes, por la cara de loco en el gol ante Grecia… porque nada nunca es tan bueno, y atender ese drama de la vida la hace tan así, especial, quizás cautivante. Claro que no para el Diego, que luego de eso vendría la amputación de su alma.

Dos días después, el rumor de un positivo en Argentina cobraba fuerza, y todos apuntaban al número 2. Sí, es que nadie quería que se fuera Diego. El 2 era Sergio Vásquez, el central que jugaba en la Católica y se parecía a Charly García. Todo Argentina rezaba porque fuera Vásquez. Ruggeri, su compañero de pieza, le preguntaba, «¿Pero estás seguro que no te metiste nada?», y el pobre Sergio Fabián que lo último que había hecho era tomarse una piscola antes del viaje, decía que no, con algo de culpa. Pero claro, era el Diego.

Basile se lo comunicó, y Maradona no paró de llorar. El burrito Ortega lo abrazaba, mientras el crack moría en vida, desecho, con la garganta acuchillada.

Argentina no se repuso, con su capitán suspendido y caído en desgracia, cayó frente a Bulgaria en el último partido del grupo y luego con Rumania por octavos, con Maradona en la tribuna, completamente angustiado.

Diego diría, «Me cortaron las piernas». Sin embargo todo pasa, cagadas van y vienen, la trampa es prima hermana del juego y la vanidad nunca está alejada de la gloria. Cayó en el pozo ciego, pero hay más recuerdos, los más importantes donde la pelota no se manchó. Vivir, al borde y en el transito del todo, sin mascara de ejemplo, como vale la pena en cualquier historia humana, porque tampoco idealicemos, y de ese modo honesto sin guillotina, es como todos tenemos piernas. Se equivocó, y pagó. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*