El mundial de Johan Cruyff

Argentina viene con pica, no ha pasado ni siquiera un mes del último amistoso entre ambos cuadros, cuando el equipo de Rinus Michel les dio un baile. «Un juego falso», «Nos pillaron volando bajo», «Nunca más nos comemos cuatro». Ese tipo de frases se repetían por todos lados en la concentración trasandina. Y por lo demás, «un mundial es otra cosa» aseguraban con los colmillos afilados, llenos de revancha. De Holanda, igualmente, se esperaban grandes cosas, bastaba mirar el pasado reciente y ver como el Ajax se había llevado la corona europea de clubes entre 1971 y 1973. Además, estaba Cruyff, el mejor jugador del momento, el crack que le había devuelto la vanidad al Barcelona.

El estadio de Gelsenkirchen está a tope, la hinchada holandesa lo tiene colmado. Danny lleva entre sus brazos al pequeño Jordy; está un poco nerviosa, su marido es la absoluta referencia. Anoche habló con él, lo vio inquieto por las criticas, porque todavía no convierte un gol, porque se espera demasiado del mito naranja. Y Argentina no es un bebé en esto del fútbol. Lo ve adentro del campo, con la número 14, dando instrucciones; se ve tan distinto a ese flaco frágil del que se enamoró una noche cualquiera. Con los estoperoles puestos, Johan se reconvierte, nace de nuevo, causa una revolución. Eso la acelera, la descoloca…pero es esa perturbación, la que determina esa frecuencia indispensable para enamorarse. La barra holandesa comienza a cantar, ella también, así se quita los nervios, después de todo, también es hincha.

En el entretiempo, Vladislao Cap, técnico Argentino, arenga al defensa Roberto Perfumo: «Roberto, dale, salí y anticipá, que si no, se nos viene un maremoto». Perfumo no se guardó nada y replicó de inmediato: «¡¿Y a cuál de los 5 querés que anticipe?! ¡¡Están en todos lados!!». La naranja mecánica brilla en la cancha, no hay cómo detenerlos: paredes por todos los sectores, hacia adelante, cambiando el ritmo, ofreciendo una marcha más. Es el fútbol total, y los rostros perplejos del rival ya no contienen disimulo. La posesión como circuito, la presión como eje, las posiciones se reconvierten. La estructura parece respirar, y el engranaje se mide tanto a los ancho -izquierda, centro, derecha-, como a lo a largo -defensas, volantes, delanteros-.

Cruyff lo resume, y con la cinta da el ejemplo. Va de centro delantero, pero retrocede al armado, luego a la punta derecha, también un rato por la izquierda, y cuando se da la circunstancia, de lateral y libero. Si el mejor la moja, el resto no cede. Pero no es sólo un tema de actitud, también de exquisita interpretación. El capitán holandés tiene una técnica fabulosa, movimientos elegantes y eléctricos, y como nadie es capaz de alterar y jugar con la velocidad; así engaña, así fastidia, así parece imparable. Argentina se traga nuevamente cuatro goles, Johan terminó con su sequía y Danny se siente aliviada.

Pelé en la tribuna y vestido como estrella de Hollywood, se tapa la cara. Ze María es un bruto, y en él se representa el estado del vigente campeón del mundo: desesperados, igualando a partir de mañas. Brasil, la cuna del regate, parece de madera. 2-0, Cruyff lo cerró con una volea en el aire, y a la final. Pelé, salió del estadio tranquilo: «sólo va ganar un mundial, yo tengo tres», pensó como piensa siempre. Pero ahí estaba el 14, Johan Cruyff, en la final de su mundial, cambiando la velocidad del fútbol, ejerciendo una revolución en el tiempo. Sólo hay un detalle que lo frena hacia la cima y el anhelo de toda una vida: Alemania, el país anfitrión.

Con 27 años, parece estar tocando la gloria, junto a un país que hace sólo veinte años el presidente de su federación se preguntaba la estrategia a realizar para mantener vivo el fútbol por esos lados. Fue un progreso en serio, sostenido en la obvia profesionalización, en la concepción generosa del juego, y en una generación que sirve de ejemplo para quienes creen en el destino. Neskens, Rep, van Hanegen, Rensenbrink, Cruyff, por mencionar a cinco.

El destino ya le había traído buenas y malas a Johan.

El flaco nació dándole a los limones de la tienda de frutas y verduras de su viejo. Sin bote, aprendió a dominarla y a arrastrarla. De cuna humilde, le hizo gala a los pies y de chiquitito supo moverse entremedio de la calle, acelerando y desacelerando, incorporando esa finta que se vuelve instintiva. La piedra a la cuneta y el gol; la piedra al auto y a correr. Johan era el más pequeño de la pandilla del barrio de Betendorp, esa presencia inicial le hizo pasar más de un mal rato a varios. ‘Jopie’, como le llamaban, tenía el don; de matemáticas nada, pero el cuerpo y la cabeza funcionando con la redonda y los espacios del juego. «Si piensas llegas tarde», es la frase de un niñato de 10 años, que de esa forma le explicaba a su hermano Henry como era capaz de taparle la boca a los grandotes. Finalmente explicaba la naturalidad con que su coloquial inspiración ejecutaba el fútbol. Se puede decir que para Johan, el fútbol siempre fue algo personal.

Su mamá a veces sacaba un laburito en el Ajax, en esos aseos, promocionaba a su retoño, que ya gastaba el rumor vecinal. El día de la prueba, le sacó sudor hasta a los conos. El monitor, aguantando el éxtasis, lo invitó a no irse nunca más. Cuando comenzaba su incipiente carrera, el duro golpe de la muerte de su padre. El temblor existió, aunque más firme era su pasión. Tuvo que aprender a usar las manos, arreglando la cancha, lavando camisetas, descubriendo que todos los calcetines tienen hoyos. Y siguió jugando. A los 14 años ganó su primer titulo juvenil, a los 17 debutó profesionalmente frente al Groningen: 1-0, se sacó al arquero, fue gol de Johan Cruyff.

Falta poco para el partido, está absolutamente concentrado, sabe que es posible, quiere jugar y ganar con espectáculo. No es pretensión, es la piel, así lo siente, es la única manera de entenderse a si mismo.

Arranca la final del mundo, la tiene Holanda; Cruyff se planta en el centro, desde él se distribuye y comienzan los desplazamientos. Toque, toque, toque, dieciséis veces, los de blanco sólo corren detrás del balón. Vuelve para atrás, la tiene Johan en el medio, ve un mínimo de espacio, suficiente para cambiar la historia: va, elude, sigue, cambia el ritmo, persiste, llega al área, lo tienen que botar, penal. En menos de un minuto. Espectacular. Sólo estuvo en la imaginación del protagonista, lo necesario para que tuviera opción de ser real. Neskens fusiló y Holanda con la ventaja.

No obstante, Alemania no se da por vencida, y bajo esa disciplina inalterable, continuaron un libreto estudiado. Dependían de cuatro factores: que Berty Vogts anulara al 14; que Beckenbauer manejara el juego desde atrás; que Muller no errara las que tuviera; y que Holanda mantuviera la tendencia de fallar muchas, pero muchas oportunidades de gol. Vogts jugó el partido de su vida, Beckenbauer manejó con lucidez, Muller no la erró, y Holanda mantuvo su falencia crónica. Como espectáculo, insuperables, pero a la mano le faltaba precisión. El fútbol como toda obra romántica, se reduce a humana, y el nuevo estilo que irrumpía con fuerza, era derrotado. Alemania lo dio vuelta 2-1. Así Johan Cruyff perdía su final, y parecía escapársele en 90 minutos el destino de leyenda.

Sin embargo, a veces la historia se escribe distinto, quizás con la ingenuidad poética que surge cuando el lápiz lo tiene la gente. El hincha no renunció, no tuvo el valor de darle la espalda aun vencido, por el contrario, se atesoró con agradecimiento porque la vista hizo migas con la emoción, el fútbol dio un paso adelante, y todavía hoy su arranque está fuera de norma. Y aunque todos sepamos que Alemania fue el campeón, cuando se habla del mundial de 1974, de inmediato a la cabeza viene un color naranja más el apodo de mecánica, y de corrido, el nombre del que era el mejor de todos: Johan Cruyff. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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