Con optimismo y fe

Mi lata de cerveza empezaba a vaciarse cada vez más rápido mientras mis ojos no querían creer lo que veían: la U de Sampaoli, la que sacaba aplausos de hasta los rivales, estaba siendo goleada por un equipo ecuatoriano al que muy pocos tomaban en cuenta. Cuando Deportivo Quito marcó el cuarto gol, los sueños se hacían añicos, junto a la mirada de compasión de Diego, el mexicano que se agarraba mi amiga y que me había escuchado hablar toda, pero toda la semana sobre lo hermoso que era ver jugar al campeón de la Sudamericana.

La Jose se había ido a vivir a Ciudad de México hacía ya un tiempo y yo fui visitarla. Habíamos hablado harto de la U, ya que mi viaje coincidía con el juego por los octavos de final de la Libertadores. Bueno, quizás eran monólogos míos mientras recorríamos de bar en bar por Coyoacán buscando alguno que transmitiera el partido, sin ningún éxito. Aunque creo que les contagiaba mi entusiasmo hablando del mediocampo de ensueño entre el Príncipe y Carepato; o la tristeza por la partida de un Edu Vargas brillante, que se hacía menos mala gracias a Ángelo Henríquez, el juvenil y heredero de la 7 de Rivarola que nos había regalado la guinda de la torta de ese 5-0 inolvidable frente a Colo Colo: 26 pases seguidos, golazo y a celebrar con la de Goku en la galería sur del Nacional.

No sólo eran los triunfos, era la forma. Ver los partidos de la U era un placer. Los fanáticos del fútbol lo disfrutaban, pero a los hinchas azules tenían que regalarnos un babero. Andábamos con pajaritos en la cabeza, soñando despiertos. El aterrizaje fue forzoso: los 4 goles ecuatorianos nos mandaron al suelo sin escalas. La altura de Quito, las descoordinaciones en el fondo, la cancha que se hacía enorme, el Chavo Alustiza…; todo formaba parte de una pesadilla que me tenía hundida en el sillón, con la mirada perdida en ese 4-1 que embestía contra mis ilusiones, mientras Diego, el mexicano, alternaba palabras entre compasión y desengaño. Como si todo lo que yo le conté fuera fruto de mi imaginación. Y no se callaba el desgraciado.

Las cervezas sirvieron para pasar las penas y ya no me lamentaba por el partido, si no por estar lejos de Chile para el encuentro de vuelta. Parecía imposible, pero… Me obligué a no seguir pensando en ello y concentrarme en disfrutar el viaje. Aquello no duró ni cinco minutos; el amor es algo que no se puede controlar. Mientras recorría la ciudad, no dejaba de pensar en formaciones, estrategias y jugadas fantaseando con una remontada que nos haría tan felices… Incluso cuando fui al santuario de la virgen de Guadalupe, le pedí que hinchara un poco por nosotros, con una manda nada de despreciable: un mes sin tomar.
A veces hasta me avergonzaba un poco. Sabía que el fútbol era, en el fondo, un juego. Que a muchos la pelota no les interesaba y otros llegaban hasta a odiarla. Que la mayoría se entretenía con el juego, veían algunos partidos y hasta simpatizan con un equipo. Pero a los que nos tocó la bendita y maldita gracia de tener un club en el corazón, para nosotros no había remedio contra ese amor irracional, hermoso y de toda la vida. ¿Cómo explicarle a la Jose que no quería ir al concierto gratuito que iba dar el mismísimo Paul McCartney, en el Zócalo del D.F., solo porque a esa misma hora jugaba la U? ¿Qué argumentos podía darle para preferir ver un partido por internet, en pésima calidad y de un equipo que venía de ser goleado, por sobre presenciar el tremendo show de uno de los Beatles sin pagar un peso?

Por suerte mi amiga me quería, entendía los sinrazones del amor -bastaba con mirar a Diego- y no era tan fanática de los de Liverpool. Ese día fuimos temprano a comprar las cosas para hacer micheladas y tratar de distraerme un poco antes del partido de la noche. El reloj avanzaba cada vez más lento y para matar la ansiedad terminé hablándoles de la maravillosa final contra Católica. La hazaña los convenció un poco más, aunque Diego no perdía ese dejo de incredulidad cuando le decía que el mismo equipo de hace una semana era capaz de darlo vuelta.
El enlace de internet se veía don Francisco sin maquillaje, pero caminaba sin tropiezos. El estadio estaba lleno. Y Lorenzetti empezó a convencer al descreído mexicano con una habilitación perfecta para Junior y el gol a los 20’ que nos quitaba un poco el nerviosismo del comienzo. Pero su sorpresa y mi júbilo vinieron un par de minutos después, cuando el negro lindo se creyó el cuento y metió la comba desde el borde del área para que la pelota entrara justo por la escuadra contraria del arco norte. Golazo.

Necesitábamos uno más. ¿Así de fácil? ¿Así de rápido? El equipo aplastaba, era una erupción de intensidad, era el equipo del que yo hablaba. Las 10 camisetas azules estaban en campo rival y no había respiro para los ecuatorianos que aguantaban como podían. Ninguno pensó que después de un rechazo largo, el contención de la U iba a pegarle desde la mitad de la cancha, fe plena, tal como lo hizo el carapato, cerebro del mediocampo y culpable de la locura total que vino tras el desvío y gol. Grité como desaforada y celebré eufórica en el piso, de rodillas y con los puños apretados, ese tanto que nos devolvía la ilusión intacta. Y nuestras fantasías de remontada se concretaban cuando el keno Mena, tras un contragolpe genial en el segundo tiempo, enganchó y le pegó con la menos hábil, pero con el alma para ratificar que este equipo nos daba otra hazaña más que atesorar. Claro que ni en nuestros mejores sueños imaginamos que vendrían 2 goles más, en los pies de nuestro delantero formado en casa, que otra vez ponía un cierre de oro, tras los olés, a la fiesta azul que, a esa altura, ya era un carnaval. Llegó el quinto, llegó el sexto, yo ya no daba más de la emoción. Nadie se acordó de Paul McCartney.

La felicidad absoluta se extendió por varios días, pero esa noche de euforia nos lanzamos y brindamos con mezcal por el “brillante juego de los azules”, en palabras de Diego que pasó de incrédulo a admirador. Incluso un niño mexicano tendrá entre sus recuerdos a esa extraña turista que le pidió una foto en la plaza de Coyoacán con ella y una bufanda de la Universidad de Chile. Estuve un mes sin tomar, pero recuerdo haber ido cantando por las calles, con optimismo y fe, hasta que cerré mis ojos, tras una noche que para mí nunca acabó.

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