Cómo no quererte

Cómo no quererte si cuando Florentino fue de prepo a buscarte con todos sus billetes se los tiraste a la cara por honesto apego. Creíste, ingenuamente, que tus sentimientos serían suficientes para llevar al club que nunca cuestionaste a lo más alto. Y aunque no fue así, no lo abandonaste. “Qué idiota”, dirá un pragmático materialista, mientras su vida se consume en medallas sin sabor.

Cómo no quererte si en el vicio de estos tiempos, te mantuviste erguido y orgulloso representando la identidad de tus calles, de tu acento, de tus anhelos cuando el tiempo no era tema. De esos días en que te arrancabas de la casa por salir a patear a una pichanga, y luego de la escoba de la mamma Fiorella, mientras esta te gritaba unas cuantas verdades teñidas de furia. Y cuánto esperabas que el Babbo, en algún momento, ojalá una vez al mes, te llevara a la curva sur a cantar los goles que escuchabas por una radio a pilas que te regalaron para el cumpleaños número 7. Querías una pelota y te llegó esa maldita radio, que luego fue tu cómplice en cada trazo imaginado, y también, por qué no decirlo, con la que memorizaste otras canciones; esas que después tiraste al oído de muchachas de tu barrio que te rechazaron, con un no en la cara, y sufrías por dentro, caminado de vuelta pensando, sin más que eso y el nervio del cuerpo. Los ídolos se construían en las plazas imitando las jugadas relatadas; y un beso, ¿qué era un beso?, te preguntabas sabiendo que lo necesitabas.

Cómo no quererte si el simple y viejo fútbol fue el refugio de tus ideas y la excusa permanente para sonreír, al menos quince veces al día. Y también para luchar en algo el hacia adelante mientras las matemáticas, violentas, te engañaban a diario. Todos te buscaban; de Milán venían y venían por ti; de Lazio te ofrecieron zapatos y titularidad; pero tú solo querías abrazar una sola camiseta: la Giallorossa romana. El día que te vieron y te invitaron a ser parte, estuviste a punto de llorar, sin embargo, te negaste, solo corriste, corriste mucho y ya en tu pieza escuchaste que tu pecho se salía, y las rodillas, que como siempre estaban ensangrentadas, de pronto se curaban.
No dormiste antes del debut, ni tampoco el día previo a tu primer gol, que al hacerlo pensaste en la bicicleta que te prometió tu tío en caso de que mojaras. Pedaleaste desde la garganta y luego recorriste el barrio arriba de ella, tu eterno barrio.

Cómo no quererte si en el Calcio, cuando estaban los mejores y espacios no abundaban, botaste potrero y jugaste como sudamericano, alegrando a la tarde, a la vista y a la pelota.

Cómo no quererte si somos generaciones los que hemos hablado de ti, derrumbando las arrugas, emparejando un único lenguaje.

Cómo no quererte si en tu último partido jugaste con la espalda, metiste un taco y te fuiste silencioso, rápido, porque te devoraba la pena y lo tuyo nunca fue ser un súper hombre; sí un tipo digno y fiel a sus emociones. Hubo que ir a buscarte.

Cómo no quererte si jamás te vendiste, demostrando que el amor es una ilusión que merece ser vivido. El estadio hoy día estaba lleno solo por verte, por reconocerte, por decirte gracias. Roma no ganó grandes títulos, pero te tenía a ti, y eso ha sido más que suficiente para que la medalla tenga un sabor ilimitado.

Cómo no quererte si decidiste ser tú, cuando pocos se atreven ser sí mismos. Cómo no quererte si serás para siempre il capitano, el romántico, Francesco Totti. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 376 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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