“¡Chupete!, ¡Chupete!”

La humedad desgastaba, Bielsa la desafiaba; al borde del infarto, impregnaba el alarido. Adentro de la cancha, el equipo jugaba con esa personalidad rebelde que de pronto se hizo identidad. Venezuela venía agrandada tras el empate en el Centenario. Parecía ser el momento de dar el salto y que la “Vino tinto” comenzara a cimentar su presencia, por primera vez, en un mundial. Chile aún en modo bipolar, no consolidaba el equilibrio, pasando de partidazos a papelones defensivos. Con todo, la roja asomaba nueva fuerza, la hinchada confiaba en el proyecto; parecían existir ideas y no una simple arenga.

Tres puntos claves y la roja salió por ellos, sin especular, imponiendo el toque. Porque si bien el equipo de Bielsa era más rápido y vertical que tocador, ese día, “La Roja” manejó el balón y tuvo al rival encerrado. El equipo del loco presionaba, achicaba la cancha, pero no daba con el arco. El local aguantaba y buscaba de contra o intimidaba con una detenida.

De una detenida, llegó el primero para Venezuela; un tiro libre ‘reboteado’ que descolocó a Bravo y a todos los que veíamos el juego, porque hasta ese minuto, ellos no habían hecho nada. Acostumbrados a un Chile blando de pera, ese gol en contra casi siempre era el definitivo; pero los tiempos que venían eran otros y el equipo fue a buscarlo con más fuerza, con mayor deseo, plenamente convencidos, con la inconsciencia necesaria.

Acelerando, rápidamente Chile lo dio vuelta; primero con un penal de Suazo tras falta a un juvenil Alexis. Luego, con una avivada al primer palo de Jara tras centro de Estrada. Gonzalo, que por ese entonces aún no soñaba con “el dedo de Dios”, lloraba, porque de reserva en su equipo, pasaba a mostrar que podía aportar. Sin embargo, una presumible desconcentración de ‘Chupallita’ Fuentes regalaba el empate y ya no quedaba nada. El empate no era malo, pero la mentalidad era ir por más y se buscó, como desde el minuto uno, y en la última llegó.

Chile que iba e iba, chocaba y chocaba, y Venezuela que despejaba como podía; de repente un orgullo nuevo.

La pelota que sigue ahí; Alexis y pase a Humberto; queda jugada y algunos segundos; la defensa se va con el ‘niño maravilla’, que entra al área buscando la pared; se abre el espacio, Suazo está fuera del área, por el borde derecho; es el instante de ser el goleador, de frotar la pierna y disparar con el alma. Le metió un derechazo imposible e inesperado, la clavó cruzada, alejada, por allá abajo; gol de último minuto, de figura de barrio, de hueón bueno pa´ la pelota.
3-2, y yo que no tenía cable y la señal me llegaba antes, fui el encargado de contarle a todo el edificio; el grito desenfrenado del gol, harto garabato entremedio, más el alivio del triunfo justo.

Bielsa se sacudió brevemente, reordenó a los suyos y mantuvo su mirada asesina; Suazo se besaba el escudo y mostraba qué significa ser un gana partidos.

Ya pude tomarme la piscola tranquilo, era jueves y con un amigo nos fuimos con la magia del 9, a ver qué pasaba, totalmente inspirados. Todos estaban exultantes, como pasa cuando se gana afuera y así.

El chupete salvó la plata, como hizo en casi toda esa eliminatoria y como tanta falta nos hizo en Sudáfrica.

Bajamos del ascensor, el conserje nos esperaba con una sonrisa eterna, los tres cantábamos, agitando los brazos: “¡Chupete!, ¡Chupete!” #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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