Chileno

Eran esos años noventa en que Chile se abría al mundo, con las patas abiertas y la cabeza estrecha. El deporte, al igual que la ciencia y el arte, en el subsuelo de la importancia -nada ha cambiado-, sin embargo, con ese distintivo provocativo y luminoso: desbordar la pasión social, engranar culturalmente un lenguaje y transformarse en el espejo de la medida.

Años antes, Zamorano reivindicaba la dignidad de la presencia, con esfuerzo de calle, impronta de líder y en ese adagio tan propio con el que caminaron nuestros padres: ganarle a la vida. Paralelamente, desde el tenis llegaba Ríos, un pije de modales inmaduros y deliciosamente arrogante, quien despeinaba el cartuchismo y prometía lo que nadie en esta tierra era capaz de prometer: ser el mejor. Y junto a ellos, apareció uno de Temuco y sangre mapuche, de carácter corajudo, técnica de barrio y goles importantes: era el Matador, el Matador José Marcelo Salas Melinao.

“Desistió Boca. Mejor, allá se iba a perder”, se repetía. “Es que en Argentina no nos quieren y no se la van a tocar”, se reafirmaba. Y así, el tío del furgón, mi viejo, el guatón Ramírez; en realidad, casi todos. El hecho de que un muchacho de 21 años fuera a la conquista al otro lado de la cordillera parecía improbable y un riesgo innecesario en esos años noventa. Bajo la batuta de “la medida de lo posible”, el satélite Fasat Alfa (el primero que Chile mandaba al universo) denigrantemente perdido en algún lugar del espacio y Keko Yunge siendo hit de teleserie, no nos engañemos, era difícil creer que el Matador se podría hacer un nombre en aquella tierra de garbo prepotente.

No obstante, no pasó mucho hasta que el zurdo delantero era anunciado en el otro gigante trasandino: River Plate. Salas se iba lleno de confianza a un desafío temible y que hasta ahí ningún compatriota había superado. Además, el medio argentino miraba en peyorativo a un fútbol que consideraba infinitamente inferior. Venir a Chile a buscar un jugador pintaba a extravagancia. Así y todo, Salas llegaba nada menos que a River, con el burrito Ortega, Gallardo y Francescolli. Era un equipo de lujo, de paladar fino y ganador, en un torneo de ritmo constante, presión mediática y que gozaba de un alto prestigio planetario. El mundo miraba esa liga y a ese River.

José Marcelo jugaba bien: la pisaba, recortaba con estilo, buena velocidad, mejor aceleración; se recogía con naturalidad, no dudaba en buscar por el costado y aguantar no le era incomodo. Definía suave a los palos o con un bombazo de empeine cerrado. También presentaba un respetable cabezazo y un incipiente último pase. ¿Le iba alcanzar con eso? Esa era la pregunta. Es que el fútbol no es una secuencia de lógicas matemáticas ni características predecibles; existe el entusiasmo, el abrigo del deseo, por qué no la fortuna, y sin dudas, el carácter. Sin carácter no hay historia, lo dicen derrotados y ganadores: la valentía de quienes participan. El resto, el gran resto, es sólo un murmullo que se evapora en medio de la rutina. Salas fue, habló fuerte y no cambió el acento.

Si bien ya era seleccionado y había destacado en la libertadores de 1996 con Universidad de Chile, remó desde atrás. Y como se temía, pasaba de ser la lumbrera del fútbol local a una alternativa del conjunto “millonario”. Claro que cuando tuvo que hacerlo por primera vez de titular, le clavó a Boca y en la bombonera. Al Boca de Bilardo, el mismo que desistió de su contratación por tratarse de un chileno. De a poco, más goles, más presencias y un canto impensable tiempo atrás se hacía presente desde las gradas populares de la banda sangre: “¡¡Chileee, chileeenooo!!”

Los fuegos artificiales convierten la noche en día y no se trata de año nuevo: es la final de la Supercopa de 1997. En el monumental de River no cabe un alfiler y el de la 7 ya es un ídolo, de hecho, tiene a todos a sus pies e incluso le llaman ‘fenómeno’; se trata de Marcelo Salas, quien tras año y medio de su llegada, lo reconvirtió todo. A punta de goles, golazos, jugadas de capo y asistencias del mejor Laudrup -su gran evolución por esos tiempos-. Magnetiza la escena, nadie duda que es él quien va ganar el partido y si no es él, River no va ganar. Cuando alguien pregunta de qué se trata un crack, pues de eso, el resto es chamuyo.

Sao Paulo juega bien, pero el 0-0 en el Morumbí tiene al local como favorito para llevarse el único título internacional que le falta, y eso se vive en la calle, la galería y la cancha como una obsesión.

De arranque, una pared entre Francecolli y Salas, este último le filtra un pase de baba que termina en penal: el uruguayo, que las hace de cabrón, tira y falla. La efervescencia, que hasta ese minuto conmovía, se transforma en inquietante silencio. Salas sigue activo y todo lo que pasa por él es peligroso; encamina algo concreto, como ese amante que sabe lo que vale y no está para pendejadas. El juego es tenso, salvo Marcelo, que aunque no ríe, sabe qué hacer.

Llega el segundo tiempo y de entrada, el chileno mete cocos, roba en la salida y pica; la va a buscar, la encuentra, se la lleva por delante y hace un gol feo, ¡pero qué importa esa mierda, si está de ‘9’ y es una final! No dio respiro y aventajó a su equipo. El estadio delira, delira por ese delantero que gana juegos claves.

Sin embargo, tras cartón, el equipo Paulista lo empató con un zapatazo de fuera del área. Nuevamente el silencio.

Pero faltaba lo mejor… Sorín manda un melón con vino pa’ adelante; claro que un melón el matador puede hacerlo criptonita en el área: levanta la pierna zurda y el control en realidad es gambeta, ahí pasa uno; con la misma, engancha hacía adentro, ahí pasa el segundo para luego apurar el remate con la derecha, cayéndose, y la pelota viaja entremedio de las piernas del arquero, haciendo estéril el intento del tercero que venía. Un golazo para todos los idiomas, sin tiempo, que perfora y desviste la camiseta. Y el hincha de River ya no grita gol, no puede, ni tampoco grita por River, corea: ¡¡Chileee, Chileeeenoooo!! Con la fuerza del agradecimiento más sincero que explota de adentro.

Tuvo el tercero, pero la joya ya estaba y la Copa la dejó en su equipo.

4 días después, con un gol de cabeza, le daba el tricampeonato a la banda sangre, sacándole un punto a Boca. Las vuelta de la vida, una vez más. Es que Salas no desistió, puso carácter y se hizo de la historia.

Ese jugador rompió el molde, cambió un paradigma, se hizo leyenda donde aparentemente no se podía. Desde este lado no lo podíamos creer y el orgullo se hacía propio. Ese jugador mañana cumple 41 años, ya no juega e incluso ahora usa terno, pero tengo que decirlo en chileno: lo que hizo el matador es una hueá que no se olvida. Y espontáneo, aparece: ¡¡Chileee, Chileeenooo!! #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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