Carta a la colombiana

La primera vez que vi a Ricardo fue cuando teníamos siete años. Nuestras viejas eran amigas que después de mucho tiempo se reencontraban, y nos presentaron. Con las semanas, las copuchas entre las dos se hicieron habituales pero entre nosotros demasiada onda no había, él no jugaba a la pelota y la vez que salimos a parrandear por la calle, tras un “ring-ring, raja”, el pastel se quedó parado. Nuestra amistad parecía estar condenada a quedar reducida a un tibio ‘hola y chao’.

Un buen día la mamá de Ricardo llegó con un plan novedoso: ir a Cachureos, ese programa infantil de canciones divertidas y monos disfrazados. Todo iba dentro de lo normal, hasta que de pronto apareció ‘El Tiburón’, con sus dientes aparentemente afilados, junto a esa música tenebrosa que envolvía la escena cuando aparecía. Todos los niños comenzamos a gritar y a dejarnos llevar por la magia de tener a tal depredador cerca nuestro. La convulsión del ambiente, así como la cercanía del Tiburón perturbó a Ricardo, quien en vez de mantenerse piola en su puesto, soltó su mariconeo interno y avanzó escapando al lugar equivocado, directamente al escenario. Era qué no, el Tiburón no la pensó Y SE LO TRAGÓ EN VIVO EN DIRECTO. ¡Enterito para adentro, con las patas en movimiento, llorando! Fue maravilloso. Sí, Ricardo es de esas personas en Chile al que se lo comió el Tiburón de cachueros. Ya después de eso, imposible que me cayera mal; me reí tanto, y me sigo riendo.

El tiempo, naturalmente, nos fue distanciando. Una vez llegó la adolescencia, nuestro Ricardo abandonó la bicicleta y en modo Romeo, se hizo amigo del amor y no frenó de pololear. Siempre estaba exigiendo al corazón, desbordado por los sentimientos, bien empotado. Ya con falda, nos empezamos a ver menos, y en la dinámica del ‘te quiero’ se fue volviendo un hombre serio, responsable, con las uñas perfectamente cortadas y, aún peor, hincha de James Blunt.

Por esas casualidades que brinda un metro lleno, nos topamos mientras luchábamos por un mínimo de dignidad. El abrazo fue efusivo y nos bajamos por un trago. Estaba soltero, pero no solo, porque había una morena colombiana a la que había conocido no hace mucho y con la que perdía todas las batallas de whatsapp.

La historia de amor entre ellos era ese típico tira y afloja de una mujer no del todo segura frente a un pretendiente con los papeles manchados. Ricardo se había ganado la fama de rompecorazones, y las amigas de la morena se lo hicieron saber, con harto detalle. Buenas amigas ellas. Más si el grupo de solteronas querían defender a la que les jugaba de enganche todos los fines de semana. En buen chileno, sin dobleces, a nuestro pobre héroe se lo estaban cagando. Él tampoco ayudaba demasiado, porque insistía más de la cuenta, estaba muy pendiente y presente. Llegamos a la vieja y sabia conclusión que era momento de desaparecer. Y si en virtud de la ausencia ella se manifestaba…

Claro que había que establecer un hito, un punto de quiebre. La mesera te quitaba el aliento, y el plan apareció espontáneo: Foto de Ricardo con la chiquilla. La subimos a Facebook -con Like- y a ver qué pasaba. Un plan pendejo, pero no teníamos nada más. Al cabo de unas semanas, el truco había resultado: Ricardo recibió un “Hola”. Lo celebró como un gol en la final del mundo, me llamó, consultó estrategias con todos sus cercanos e incluso leyó el horóscopo. La colombiana, entre tanto, le escribía pero a la hora de que nuestro galán proponía una junta, ella reculaba.

Fue así, en la desesperación de la pasión, que me pidió como favor que lo ayudara a escribir una carta. No me lo esperaba, parecía algo de otra época, así que nos volvimos poetas. Para buscar cercanía le expresé que debía hacerla a mano; de puño y letra. Así que con un ‘Bic’ azul y una caligrafía claramente poco practicada, empezamos. Lo intentamos con muchas hojas, pero no nos salía nada. Es que tampoco estaban juntos y no se trataba de rogar. No era fácil encontrar el punto medio.

Era un martes, ya 12 de la noche y un par de pelotudos, con chelas en la mesa, escribiendo una carta de amor.

Ricardo me torturó un rato con James Blunt, pues decía que lo inspiraba, pero obviamente no salieron las letras. Cuando el bueno de James se quedó callado, todo fue más fácil. Una vez terminamos, la leímos y nos recagamos de la risa. El texto ‘le llevaba de todo’: humor, pasión, calentura y harta sinceridad. El clímax fue la descripción del mejor momento vivido hasta ahí: un paseo caminante que terminó en cama. Hicimos un salud y a esperar qué pasaba.

tras la carta fueron al cine y de ahí el resto. Ahora viven juntos. El año pasado los fui a ver, justo para el partido de Chile vs Colombia de cara a Rusia 2018. Fue empate a 1. La morena se gritó el gol de James Rodríguez con todo. Me invitaron para este jueves ir a ver nuevamente el partido con ellos. Tal vez vaya, y cuente la historia del Tiburón. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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